Seguidores

Novela gratis


Lady de los Justos.

Una novela romántica donde Lady de los Justos es una guerrera con un corazón de lo más tierno, tanto que se enfrenta a las dos de las peores bandas que asolan un mundo dónde el mejor es el más fuerte. 
Entre esta guerra de asaltos, de incursiones y asedios, Lady de los Justos encontrará el amor.
¡No te la pierdas!


1

La luz de la luna bañó los campos y las praderas.  Todos los contornos y perfiles de la naturaleza, desde una minúscula  piedra hasta los árboles del monte brillaron en plata confiriendo al paisaje una belleza mágica, sub real.

Un viento helado, nacido de las oscuras entrañas del mar hizo oscilar el fuego prendido de las hogueras en el interior del campamento.

- ¡Lo he notado! - exclamó Viviana borrando sus palabras entre suspiros.

Una llama azulada se alzó ante sus ojos comenzando a contonearse con lentitud dibujando intrincadas formas.

 La silueta de una mujer, apareció bien definida, bailando sensualmente, agitando las caderas de un modo excitante, girando sobre sí misma, como una serpiente sinuosa que se enrosca en la rama de un árbol.     En menos de un minuto la llama descendió absorbiendo la última chispa azul que luchó por seguir ascendiendo sin ningún éxito.

La hoguera se extinguió.

Viviana observó a Diego con una sonrisa satisfecha en su boca deforme. Esa mueca hizo  que el labio superior  quedara descentrado respecto al de abajo.

El hombre se encogió de hombros.

 - Sé desde hace tiempo que eres bruja y no me sorprendes – señaló con el fuerte mentón las grises cenizas que amenazaban con desplegarse en espera de una brisa ansiada.  Las cenizas se asemejaban a un pequeño montón de partículas plateadas, a un gris indefinido. - ¿Qué has visto?

-  Si no me vas a creer, para que decírtelo.

Viviana la hechicera siguió sonriendo. Buscó con la mano las zapatillas que comenzaban a enterrarse en la arena fina.

Diego observó en silencio como recogía sus cosas casi con prisa. La detuvo antes de que se incorporara.

-Dímelo. Sé que ahora iras a contarle lo que has visto a algún mayor.

-¡Pues sí! - Viviana se arrodilló sobre una manta bastante usada.

Alrededor se veían varios puntos iluminados con personas charlando en voz baja. Más personas dormían acurrucadas en mantas, resguardándose del frio de la noche.

 –Iré a decirles que te preparen, que te hagan creer un poco en mi brujería. La revuelta se avecina. Muy pronto todos seremos libres.

Diego la miró impávido, sin embargo no tardó en llegar una chispa de humor a sus ojos dorados.

-Te diré una cosa hechicera - sonrió divertido, -Tienes razón; no creo en tus profecías.

-¿No tendrás miedo, verdad? - Viviana apretó la manta con fuerza.-El heredero de los Torresino llevará a su pueblo a la revuelta de la mano de  su enemigo. Él tendrá el poder.

-Lo siento.- se encogió de hombros- lo he oído antes. No lo creo. Si eso es lo que vas a decir a los mayores puedes marcharte ya si lo deseas.

-¿Por qué no puedes pensar que la profecía habla de ti, Diego Torresino Cifuente?  Tú eres el corazón de nuestro pueblo. Todos confiamos en ti. Eres nuestro salvador, tú y…. nuestro enemigo.

Diego alzó los ojos con cansancio y observó admirado la luna. Nunca antes había visto su esfera de plata tan cerca, con la sensación de poder rozarla con las puntas de los dedos.

-¿Crees acaso que no me gustaría ser yo? Mira, hechicera, ¿ves a todas estas personas haciendo guardia? Mira bien, estamos obligados a hacer esta vigilia continuamente, nosotros y seis pueblos más. Personas que están en nuestra misma situación. -  Agitó la cabeza. Su rostro se había convertido en una máscara fría, vacía. - ¿Me preguntas si tengo miedo? - Asintió imperceptiblemente.- Al llevarlos a todos a una batalla donde moriremos la mayoría.

-¡Óyeme bien, muchacho! Tarde o temprano iremos a esa guerra.

-Sí. Iremos, hechicera, serviremos de apoyo, haremos todo lo que podamos. Pero no seré yo quien inicie todo esto.

-no estarás solo, según la…

-¡Ya! No sigas con eso. Yo creo lo que veo. Márchate al pueblo. Usa tu brujería para encontrar a todos los traidores que nos rodean.

La hechicera no volvió a hablar. Diego se quedó allí, sentado, en silencio, con los ojos clavados en los árboles de un bosque cercano.

No sería él el cabecilla de nada. Suficiente con intentar mantener a su gente con vida. Aquella gente que eran familiares, tíos, primos, sobrinos…

Eran su sangre. Gente corriente que en estos últimos años se habían sentido perseguidos, acosados, encerrados.

En esos últimos meses la comida había comenzado a escasear. Las vejaciones y los maltratos eran continuos si se sobrepasaban los límites.

Moría de la rabia. Alguna vez había podido responder con sus armas y sus puños; pocas, para su gusto, pero no podía excederse.  Su gente dependía de los hombres jóvenes y fuertes del pueblo, y él, sin duda, tenía su propia gente de Torresino, un pequeño ejército de treinta hombres.

No estaba mal. Eran unos buenos protectores, hombres capaces de defender sus vidas y las de su familia con uñas y dientes. Pero ellos no estaban hechos para la guerra; no estaban preparados para atacar.

Diego suspiró volviendo al presente y miró las ascuas apagadas y los troncos apilados.



2

Diego ascendió la escalera subiendo los peldaños de dos en dos, quitándose el grueso jersey de lana oscuro lo arrojó sobre la cama de su dormitorio y se metió en el aseo. Faltaban dos horas para ir a recoger los alimentos que alguno de los poblados se habría atrevido a introducir.

No sabían desde cuando llevaban así. Al principio los camiones que abastecían los supermercados iban acompañados por autoridades del país y pasaban sin problemas; luego, la supuesta fuerza de autoridad, se había lavado las manos haciendo la vista gorda a robos efectuados por las bandas territoriales de los Corsos y los Justos.

Los camiones ahora solo llegaban una vez a la semana.

Había varios poblados que cruzaban los límites y salían en busca de víveres a las ciudades más cercanas. Ir y volver era una preocupación total. Los Corsos y los Justos parecían conocer todos los movimientos dentro y fuera del pueblo, por eso iban con precaución a la hora de hablar con extraños.

De momento el actuar así parecía haberles dado más confianza.

-En el centro hablan de otra desaparición- Seth se colocó una cazadora de tela vaquera forrada con lana de borrego. Cruzó la habitación, ante la mirada cansada de Diego y recogió las llaves de una pequeña mesilla de madera. –Voy a ver si me entero de algo.

 –Espera- avisó Diego agitando los oscuros cabellos que desprendieron multitud de diminutas gotas que volaron por el dormitorio. –Voy contigo.

-Échate a dormir, acabas de llegar de una guardia, ¿no?

 Diego asintió buscando ropa limpia en el armario.

 –Quiero ir.  La hechicera estuvo anoche por allí y vio no sé  qué  cosa… De seguro que habla con los mayores y no me apetece que me pongan la cabeza como un bombo.

-Lo que tienes que hacer es decirle un par de cositas lindas a la pelirroja que trabaja con Carmele y perderte unos días con ella.

Diego sonrió. Terminó de vestirse y palmeó el hombro de su hermano:

 - Eso es lo que voy a hacer algún día. Por el momento me vuelve loco Alicia, la amiga de Carmele.

Seth la evocó fugazmente. Alicia era una mujer de carácter fuerte y una belleza morena que más de una y de dos envidiaba.

-No está mal.

-¿Qué no está mal? - Preguntó Diego entre risas - ¡está buenísima!

-Yo diría que la pelirroja está más buena.

Diego se detuvo a observarle  pero Seth continuó descendiendo la escalera y Diego se encontró con los ojos clavados en su espalda.

-Si te gusta, ¿por qué no haces…..?

-Lo he intentado. - Seth se giró observándole con una sonrisa y un guiño. –No me hace caso, ni a mí ni a nadie. ¿No te has fijado que solo tiene esos hermosos ojitos claros para ti?

Diego frunció el entrecejo con extrañeza. ¿Cómo es que nunca se había dado cuenta de eso?

-¡Es una tontería! Ni siquiera recuerdo como se llama. -  Ambos hombres salieron a la calle y Seth se acomodó en la furgoneta blanca, esperó a que su hermano se sentara junto a él.

-Se llama Dani.

-¡Es verdad! – recordó. - No he hablado mucho con ella, pero no la quiero Seth. Insiste tú.

-¡No!-rió-Ella no es para mí.

-Pareces muy seguro.

-Sí - afirmó Seth. - A veces las cosas no se pueden forzar.

-Sabiendo que te gusta nunca iré a por ella del modo que te imaginas. Ni de ese ni de ninguna manera. Creo que estoy algo enamorado.

-¡Diego!- Seth soltó una carcajada. - O estás enamorado o no, pero eso de algo… no es amor.

-Lo sé. - Diego asintió totalmente serio. - Mientras vivamos bajo el asedio de los Corsos y los Justos, no puedo permitirme enamorarme, ni soñar con tener un futuro con alguna mujer. No  hasta que todo esto acabe. No, mientras sigan desapareciendo personas sin saber de qué manera se las llevan.

Seth apretó con fuerza el volante. Diego tenía razón. Las cosas eran bastantes claras, mientras durara la opresión, no habría felicidad para nadie. Siempre era inevitable que esos pensamientos cruzaran sus cabezas.

Seth era dos años menor que Diego aunque pareciera que ambos tenían la misma edad, rondaban los veinticinco.  Ambos altos, de hombros anchos y cuerpos atléticos. Quizá Seth tenía un rostro más suave, no tan fiero como el de Diego que imponía con su sola presencia.

-¿Cómo te has enterado de que ha desaparecido alguien? –preguntó Diego con sus ojos dorados atentos al hermoso paisaje de verdes prados sembrados.  Los colores verdes de la hierba y las hojas de los árboles se mezclaban con los tonos dorados del trigo confiriendo una apariencia bella y repleta de tranquilidad, algo que duraría bastante poco ya que el invierno se echaba encima.

-Salieron anoche algunos de los chicos al centro.  -Seth observó a Diego de reojo. -  Por lo visto todos hablaban de eso - Un par de naves industriales aparecieron sobre un pequeño cerro  y justo detrás, un local de dos plantas en forma de |_|.

El negocio de Carmele.

“El Muro”

En otro tiempo, el local y las naves, así como otros negocios del pueblo habían sido bastantes lucrativos. Ahora ya, no quedaba dinero; hacía meses que todas las monedas habían desaparecido y subsistían a cambio de trabajos compartidos, turnos de guardia y planeando incursiones a las ciudades vecinas, que si bien no ignoraban lo que estaba sucediendo en el sur del país, se hacían los desentendidos, convirtiendo a la gente de los poblados en ladrones.

Frente al local de Carmele se hallaba una vieja estación de servicio, que por milagro o no, aún surtía a la localidad cuando podía…

Llegaron al aparcamiento del  “Muro”. Era temprano para la entrega y siempre había gente en el local.

 “El Muro” era un punto de encuentro  para las personas de los siete poblados que lo rodeaban.

Diego vio enseguida a Alicia. Ayudaba a descargar un remolque junto con varios de los hombres que parecían perennes en el “Muro”. Era imposible no mirarla, llevaba unos escotes de escándalo mostrando la mitad de los senos y los hombros. Normalmente su cabello negro como el tizón, lo llevaba suelto, largo, rozando su estrecha cintura. Esa mañana estaba sujeto por una pinza para facilitar el trabajo. Sus caderas, estaban un poco llenas pero quedaban de fabula bajo el pantalón de piel que se ajustaba a sus piernas como un guante.

Sus ojos negros, piel morena y aterciopelada, maquillada hasta las cejas, exuberante.

Diego agitó la cabeza y soltó un suspiro ronco. Miró a su hermano y con la cabeza señaló las puertas dobles del local.

-Vamos a ver qué averiguamos.

-Primero los negocios, ¿no? - Seth rió divertido.

Desde la ventana de la planta alta, unos ojos ansiosos, límpidos, observaron la entrada de los hermanos Torresino. Ambos eran hermosos, sin embargo Dani, no podía dejar de admirar al mayor, a Diego Torresino Cifuente. No tenía mucho contacto con él, pero los comentarios de Alicia picaban su curiosidad de mujer y ahora, estaba allí, espiándolo e irremediablemente enamorada del hombre que perseguía a su prima. ¡Qué asco de vida!



3                  - Dos años antes. Los Justos-

La crisis económica que estaba asolando al país, se hacía cada vez más insostenible. Los altos cargos habían optado por dejar al sur del país a merced de las bandas callejeras que siempre habían frecuentado los alrededores.

Los llamaban bandas callejeras, sabiendo a ciencia cierta que no eran más que un puñado de poblados. Tenían campos y gente, de ese modo daban por sentado que sobrevivirían.

Los Justos y los Corsos eran las únicas barriadas pertenecientes a la ciudad, encargados de la protección frente a la oleada de robos provocados por los poblados. Eso es lo que ellos querían demostrar, pero muy en el fondo pensaban en el futuro de las tierras. Tierras abandonadas por el mismo gobierno y que tan solo pertenecían a la escoria del sur.

De momento, los Justos y los Corsos  habían unido sus fuerzas para echar a la población. Ansiaban construir una gran capital independiente. ¡Qué deseos de grandeza!, cuando la escoria solo pretendía sobrevivir de la mejor manera posible.

Cuando empezaron a presionarlos con las amenazas y la falta de alimentos, consiguieron enfurecerlos. No lo suficiente para que se enfrentaran, pero si para defenderse y sitiarse. Las personas de los poblados recién ahora comenzaban a entrenarse en el arte de la guerra, pero eran tan pocos los instructores que nada podían hacer.

Los Justos contaban con el factor más primordial, evitar la unión de los poblados entre sí para evitar su ataque.

¿Cómo lo conseguían?; Ensañándose con un poblado cada vez; el que mayor problemas daba recibía todos los golpes y el resto se apartaba por el bien de su propia gente.

Aquello era una guerra abierta. Los pueblos no traspasaban los límites que los acercaban a la ciudad. Los Corsos y los Justos…lo hacían, envueltos entre las sombras; Incendiando edificios habitables sin importar el dolor de las víctimas, el daño producido  en las granjas y en los campos.

La alianza definitiva entre los Justos y los Corsos llegaría esa semana, cuando Lady de los Justos se desposara con Bernardo Corso de los Silva-Duran.  Una vez los dos clanes dispuestos, emprenderían una encarnizada lucha por las tierras.

Bernardo Corso estaba encantado con los planes; adoraba todo lo relacionado con la violencia. Sus amantes más fieles eran un par de dagas con mango de oro que siempre llevaba consigo. Respecto al matrimonio con Lady, tampoco le molestaba en absoluto, la joven había nacido para comandar al ejército que les llevaría a la victoria; había sido entrenada junto a sus hermanos, con los mismos derechos que los varones. Por si esto fuera poco, la muchacha prometía ser preciosa cuando  terminara de desarrollarse.

Bernardo Corso ya podía verse como rey o emperador, lo único que sabía es que llevaría esa nueva capital a una nueva conquista.

Lady de los Justos era diferente. La única hija entre tres varones, la pequeña de la familia; posiblemente la única que tuviera algo de corazón, alguien que entendía que todas esas ansias de poder no les iban a detener.  Ella no participaba en el juego, sí, entrenaba. Era la mejor, pero nunca había sido puesta a prueba; ¿hasta dónde debería llegar? ¿A dar la muerte a una persona? ¿Por qué?; No  entendía que mal hacían la escoria cuando asaltaban las tiendas de alimentación, ¡tan obvio que era para comer! Pero su duda más fuerte, ¿por qué los poblados no hacían nada? Ella, si fuera del sur, ayudaría a salir a su gente adelante, les demostraría como enseñarlos a… No, esa clase de pensamientos últimamente la roía el cerebro, exactamente desde que conoció su compromiso con el heredero de los Corsos.    Una cosa es que hubiera soportado los insultos de su padre por haber nacido mujer, haber sido criada entre brutos, locos por poder.

 Había estado allí, escuchando algunas de sus fechorías que celebraban con orgullo. Lo último fue el agua que toca el borde del vaso. Habían secuestrado dos mujeres de un  poblado encerrándolas en un cuarto. Lady, nacida para matar, había emprendido una guerra interna entre el bien o el mal, siempre ante todo imperaba la justicia. Cuando el agua rebosó fue su compromiso. ¡Con que derecho pactaba alguien una boda con ella! ¡No!; eso era lo último que toleraba y ya no importaba que fuera su padre, el hombre más cruel y aborrecible de todos, quien diera la orden.

Con esos pensamientos, Lady paseó de un lado a otro de su dormitorio; no podía dormir sabiendo que la quedaban menos días para casarse, además, si quería salir de allí tenía que ser lo más pronto posible.

No muy convencida recogió sus partencias en una bolsa. Aquel lugar era el único sitio que conocía, el único hogar que consideraba... ¿el qué, un hogar?

Pensó en sus hermanos, los echaría de menos, sus broncas, sus escándalos. Tragó con dificultad al pensar en Javier, por él sí que sentía lástima. Javier era el único hermano que la había prestado algo más de atención en su infancia. Javier era bueno y solo hacia lo que le ordenaban. Eso quería pensar Lady por no enfrentarse a la verdad, Javiche era un Justo y por mucho que tratara de ocultar su verdadera naturaleza ella lo sabía.

Javiche era especial, apenas les separaba un año de edad y él se sentía mayor. Protector de la mujer, del símbolo de la debilidad, no podía marcharse sin despedirse de él, ¿acaso sería capaz de detenerla?

-“por supuesto”- decía la vocecita de su cabeza. No la detendría porque huyera, lo haría porque no tendría dónde ir, donde su apellido podría jugarla una mala pasada. ¿Dónde ir? , ese era otro tema.

El plan se mostró fugaz en su mente; se escondería en el único sitio donde nunca irían a buscarla.

                                                           4

Lady se apoyó contra la pared fundiéndose con las sombras, rezó para que nadie atravesara el corredor a esas horas; si la descubrieran, su destino sería peor que la muerte, conocía de sobra la maldad de su padre, la avaricia y el orgullo que un día acabarían con él.

El pasillo estaba sumido en la penumbra, el silencio insoportable, tanto que el mismo silencio provocaba ruido. Ese tic-tac, el corazón de Lady que golpeaba salvajemente su pecho.

El miedo se reflejaba en su rostro, en su mirada de adolescente, su respiración agitada resonaba nerviosa en sus oídos.

 Llegó hasta la puerta y escuchó con atención, no tuvo sospechas al abrir; su valor se vino abajo al descubrir a una muchacha joven, de su misma edad aproximadamente, encadenada en un rincón de la habitación.

La muchacha enfrentó su mirada desafiante y Lady, por primera vez en mucho tiempo deseó llorar.  Esa joven había sido golpeada salvajemente, su rostro estaba sucio e hinchado.    

 - ¿y la otra mujer? - Lady no tardó en romper las cadenas con una larga Catana.  – No tenemos tiempo –. Pateó un balde con agua sucia, -Hay que salir de aquí.

-¿Quién eres?

-Lady de los Justos- la miró arqueando una ceja. -¿vienes?

-Sin dudarlo-. La muchacha se quejó en silencio durante unos segundos. – Se llevaron a la otra mujer.

Lady asintió preocupada; el cuarto estaba sucio y tenía un olor espantoso.  Un colchón viejo y roto cubría una buena parte del suelo.

-¿Te han…?- Lady no acabó la pregunta por el temor de oír la verdad. La joven volvió a enfrentarla con los ojos llenos de valentía. No contestó.

Lady salió del cuarto con el arma en la mano. Era consciente de que la muchacha retrasaba su huida, pero la necesitaba. 

 Lograron salir al patio.

-Estabas tardando- dijo la voz de una tercera mujer. Se hallaba sobre una moto de gran cilindrada, vestida de cuero negro de la cabeza a los pies.

-La chica está herida- explicó Lady acercándose a otro moto idéntica. No se sorprendió de ver a su prima. –Deberán creer que salimos de la ciudad hacia el norte; daremos un rodeo- Lady observó a la joven que se había arrodillado en el suelo. –Nos ayudas y te ayudamos.

-¿Cómo?

-Llévanos a tu poblado, con tu gente. Os serviremos de ayuda, lo prometemos.

-Lady habla por ti, yo…

 -¿Quieres quedarte aquí, prima? Quizá seas tú la que se case con Bernardo de los Corsos.

-Pero, ¿al sur? ¿Sabes que harán  con nosotras?

-No será peor de lo que harán los Corsos y mi familia si nos encuentran.

Hablaban en susurros mientras empujaban las motos hacia la arboleda.

-¿habláis en serio? ¿Queréis ir al sur, a los poblados?

-Sabemos luchar- insistió Lady. Estaba admirada con el temple de esa joven y la fortaleza de la que hacía gala.

-Lo segundo después de salir de aquí será cambiarle el nombre a Lady de los Justos- asintió la muchacha - Me llamo Cruz.

-¡Monta de una vez, Cruz! - Ordenó Lady entregándola un casco oscuro, -Y no te marees.

Entre los árboles pusieron en marcha sus vehículos. Cruz herida, febril, se aferró a la estrecha cintura de Lady de los Justos sintiendo su calor, sus nervios, los latidos de su corazón.

Lady cerró la visera de su casco y asintió decidida. Comenzaban una nueva vida. 

Apenas de refilón observó el que había sido su hogar durante todos esos años.  Evocó las risas con su hermano Javier, el dolor de haber perdido a su madre con siete años. Para bien o para mal era lo que ella había conocido, lo que de alguna manera había amado.

¡Ojala su padre se olvidara de ella! ¡Que no viera en su huida la humillación que le dejaba ante los Corsos! No iba a invocar ni a pedir deseos; ya no era ninguna niña que vive de la esperanza, era una mujer enfrentada a las injusticias de su padre y si tuviera que ser ella la que debía comenzar aquella lucha, no dudaba en hacerlo; su objetivo primordial seria entorpecer los planes de los Justos, devolver golpe por golpe.  

 –Javiche- murmuró tragándose las lágrimas. Enfocó los ojos sobre el negro asfalto.

Ambas motos corrieron juntas, en paralelo; vigilantes en busca de sombras. La noche era muy oscura, y triste, muy triste.



                                          5 – la actualidad-

Diego observó el taciturno rostro del hombre que se hallaba sentado ante una larga mesa de madera. Carmele parecía hablar con él consolando de alguna manera la pena de saber que su hija de dieciséis años había desaparecido.

Todos hablaban de secuestro, esta vez los malvados Justos se habían acercado al pueblo demasiado. Diego pensó en su familia. Había varias primas jóvenes y bastantes mujeres bonitas; deberían extremar la precaución.

 No acababa de entender muy bien porque las bandas habían actuado tan cerca ¿por dónde habrían traspasado los límites?

Era normal que todos estuvieran recelosos con las cabezas llenas de sospechas pero sin atreverse a exponerlas. ¿El traidor sería un poblado entero ó ciertos individuos?

-Los Justos y los Corsos buscan nuestra enemistad para no poder enfrentarlos juntos- Esas eran palabras que había oído decir mil veces a los mayores pero ¿y si realmente había traidores? No quería pensar cómo podría acabar todo esto, le parecía muchas veces increíble que aún continuaran con vida y defendiéndose bajo el asedio al que eran sometidos.

-Pobre hombre; debe de ser horrible para él pasar por todo esto- Diego se enderezó en su asiento cuando Alicia se sentó en un taburete cercano; se había soltado el pelo, estaba más bonita.

-Dicen que fue cerca de aquí.

-Eso dicen – respondió la muchacha con su voz ronca y sedosa. Miraba a Carmele y al hombre que hablaban entre susurros.  Diego la vio tan… rota, con un gesto apenado en su bello rostro moreno y los ojos brillantes abnegados en lágrimas que sintió compasión.

-¿Les conoces? – preguntó  sumamente intrigado.

 Alicia negó con la cabeza y dejó que su negra y oscura mirada vagara por el interior del local.

-Solo sé lo que harán con su hija- musitó con angustia -Será una suerte si la volvemos a ver.

Diego la miró fijamente, pensativo.

–Pareces muy segura.

Alicia asintió mordiéndose el labio inferior.

-No es la primera mujer que secuestran ni  seguramente será la última, nos están provocando.

Diego no contestó; estaba harto de escuchar al mundo quejarse y nadie hacer nada. Apretó los dientes con fuerza y sus ojos dorados volvieron al padre de la criatura. El hombre estaba pálido, destrozado. Era una lástima ver una persona madura, un hombre hecho y derecho, llorando por haberle arrebatado a su hija.

Pensar en los sentimientos de la muchacha era una pesadilla, pero ver el sufrimiento de aquel hombre le producía una rabia asesina. No era concebible. Esa joven había perdido no solo su futuro, si no que posiblemente su vida.  Sí, Alicia tenía razón. Una muchacha de dieciséis años era un tierno bocado para los desalmados que se hacían llamar los Justos. Justicia, ¿para quién?

Diego apretó un puño con fuerza junto a  su pierna.

- ¿Está el padre solo? -preguntó.

-Su gente van y vienen; están desesperados.

 Diego caminó hasta la mesa para apoyar las manos en el tablero. Tanto Carmele como el hombre alzaron la vista para observarle.

-¿Van a hacer algo?  - le preguntó con voz firme.

El hombre mayor abrió y cerró la boca un par de veces pensando la contestación.

-¿Qué puedo hacer? ¿Estáis dispuestos a colaborar? –preguntó el hombre a su vez.

Diego sintió la mano de su hermano Seth sobre su hombro; le miró, no les iba a meter en medio.

-No hace falta que contestes- continuó el hombre incorporándose de la silla. – Voy a intentar negociar con los Justos.

-¿Y qué les darás? – Preguntó Carmele con voz dura - ¿a tu otra hija?

El hombre se volvió a sentar, esta vez cubriéndose el rostro con las manos.  Nadie volvió a hablar durante un buen rato. Personas que acababan de enterarse de la noticia se acercaron palmeándole los hombros.

Diego volvió junto a Alicia seguido por Seth. La muchacha se limpió una solitaria lágrima.

-Le están dando el pésame-musitó ella con rabia contenida.

Era cierto. Aquello parecía la sala de espera de algún tanatorio.  Las pocas voces  que se oían se habían convertido en susurros. En la calle se había levantado  un viento fuerte y frio que empujaba los postigos de las ventanas que golpeaban contra los muros.

-Torresino- saludó una voz femenina. Diego observó a Dani y por primera vez reparó en aquellos ojos grandes, grises como el cielo de invierno, transparentes. ¿Grises?, era un color tan auténtico como la plata derretida, metal liquido. El iris estaba delineado en un tono más oscuro, perfecto.   

Ella le miraba con una tímida sonrisa aniñada.  De repente se le antojó muy tierna, las mejillas tersas, pálidas; los labios ligeramente abultados, ni muy gruesos ni muy finos dejaban entrever una perfecta dentadura de piezas blancas y pequeñas.

Diego observó a Seth de reojo. Temeroso de lo que el otro pudiera pensar, sin embargo Seth caminaba hacia la salida. En el aparcamiento habían comenzado a hacer el reparto de alimentos. Volvió a mirar a la joven que distraídamente trenzaba el oscuro y negro cabello de Alicia.

-Hay bastantes legumbres-comentó Dani con voz suave. –Viene muy bien para este frio.

 Alicia asintió.

 –Cualquier cosa que llevemos a la boca viene de perlas.

 Ambas jóvenes entablaron una larga conversación sobre alimentos.

Diego no hizo ninguna intención por salir a cargar la furgoneta si no que se quedó allí, escuchando a las muchachas y estudiando furtivamente a Dani.

Posiblemente no se hubiera fijado en ella si Seth no le hubiera comentado nada aquella mañana, pero la curiosidad de conocer el tipo de mujer que llamaba la atención de su hermano, era demasiado fuerte. Un error fatal al que sucumbió cuando Dani dedicó la más hermosa de sus sonrisas a alguien que acababa de traspasar la puerta del local. Sintió el súbito deseo de besar sus labios preguntándose a que sabrían, mordisquear las blancas mejillas. Ella, bajó por un momento la vista y las largas y rizadas pestañas de color humo acariciaron la piel. Diego, asustado por sus emociones, apartó la mirada.

Alicia se incorporó y le miró divertida.

 -Te ayudaré a cargar. Seth se está dando la paliza él solo.

-Tienes razón- Diego apartó la banqueta con desgana. –He tenido guardia esta noche y estoy cansado; cuanto más pronto vuelva a casa,  mejor.

-Estamos todos un poco bajos de moral-  explicó Dani. Sus ojos grises, casi plateados, observaban el exterior a través de una de las amplias ventanas situadas junto a la puerta principal.

Diego volvió a reparar  en ella, en la boca tentadora, en la diminuta lengua que asomaba entre los dientes.  No era pelirroja, era una extraña mezcla entre  dorado  y caoba, dependiendo de la luz que provocaba reflejo en varias gamas del castaño, como oro viejo y bronce brillante.

Dani era espigada, alta. Senos pequeños y apretados bajo el suave jersey de lana azul. Cintura estrecha, trasero pequeño y redondeado.

Diego apartó de nuevo la vista de ella, incómodo.  Aterrorizado con su mente calenturienta, avergonzado del rumbo que habían tomado sus pensamientos y con la promesa de no volver a mirar a Dani como un hombre en celo, deseoso de enterrar su cuerpo en ella. Dani era para  Seth.  Miró a la mujer morena. Alicia ya no le parecía tan hermosa.

Confundido salió del local.



                                                   - 6 –

A medida que pasaban  los días estos se volvían más fríos y oscuros.  En invierno, las noches inmensamente largas se volvían tediosas para los vigilantes.

Alrededor de las hogueras y cubiertos con mantas procuraban entretenerse con historias sub reales o sueños que a priori parecían imposibles. 

Los vigías habían cambiado el turno antes de que el sol se ocultara. El resto, o bien bajaban  al “Muro” a entretenerse o lo pasaban junto a la familia.

-Diego – llamó un hombre mayor de pelo cano, era Abel, uno de los mayores y hermano de su padre.-Quieren hablar con el responsable de los Torresino.

-¿Quién? – contestó frunciendo el ceño.

El hombre  se apartó del marco de la puerta dejando pasar a las visitas. La confusión se hizo evidente en el rostro de Diego cuando Carmele, su hija y uno de los perennes del “Muro” traspasaron la  entrada.

-Diego Torresino Cifuente- saludó el hombre tendiéndole una mano.

Diego le conocía de verle a diario pero nunca había hablado con él. Era un hombre extraño. Alto y desgarbado. Ocultaba su rizada cabellera bajo un sombrero descolorido de cowboy. En edad sobrepasaba los sesenta años pero no lo aparentaba. Sus ojos eran serios, calculadores, pero la sonrisa que pintaba en su boca rebosaba amabilidad. Sí recordó haberle visto charlando con Dani y Alicia en bastantes ocasiones.

Seth y otro Torresino se acercaron curiosos.

 - Le llamamos el Vaquero- dijo Carmele presentándole. La mujer rozó con la punta de los dedos el sombrero del hombre.   –Hemos venido para negociar algo importante- Carmele observó la sala. Era una estancia agradable y acogedora. Un sitio donde reunirse a pasar el rato.

 - Adelante. Sentaros.

Los recién llegados se acercaron hasta la chimenea.

El Vaquero saludó al resto de las personas y por fin se volvió hacia Diego.

-Los Justos y los Corsos ya nos vigilan muy de cerca, y necesitamos ayuda.-

Diego le miró de arriba abajo, nervioso sintió la boca seca:

-¿De qué se trata?

-Necesitamos entrar en la ciudad dando un rodeo por tus tierras- explicó sin tapujos.

-¿En la ciudad?- preguntó Seth que se había detenido junto a su hermano-No lo entiendo.

El Vaquero le observó con ojos dilatados. Fue Carmele quien informó:

-Torresino ¿no te has preguntado por qué y cómo conseguimos los víveres para comer? ¿Y las medicinas?

-Me he preguntado quiénes lo conseguían- respondió Seth cruzando los brazos sobre el pecho.

Se hizo un profundo silencio. La hija de Carmele y el Vaquero cruzaron una mirada de complicidad.

La joven negó:

-No os vamos a poner en peligro, Torresino. Os hemos estudiado todo este tiempo.  Limítate a conformarte con lo que podemos dar, que no es poco.

Tanto Diego como Seth clavaron los ojos en la muchacha. Conocían a Cruz y sabían que era una persona más bien arisca y malhumorada.

Carmele y ella eran altas y delgadas, ambas muy parecidas.

-Pretendemos que tus hombres no nos ataquen cuando crucemos los límites. – dijo Vaquero dirigiéndose a Diego.

-¿Qué nos daréis a cambio? – preguntó Abel Torresino pasándose la mano sobre las canas de su cabello.

Carmele exclamó en silencio. Diego fulminó a su pariente con una severa mirada. ¿Qué más quería su tío? Esta gente les proporcionaba…Todo. ¡Cómo se atrevía a pedir nada!

Cruz bajó la cremallera de su cazadora de cuero y dio un paso hacia Diego mirándole con fijeza, con expresión fría.

-Si tenéis algún problema con los Justos o con cualquier poblado nosotros mediaremos. A los Justos los matamos- se giró hacia Abel que la observaba boquiabierto y finalmente posó sus ojos en Seth, donde parecieron reflejarse adquiriendo una repentina serenidad. - La mayoría de los poblados están aliados. No vais a tener ningún problema con ellos.

 -Si los Justos saben que pasáis por nuestras tierras ¿Vendréis? - continuó Seth

- Torresino…- Cruz se colocó las manos en las caderas. -Seth- volvió a empezar llamándole por su nombre- Nosotros ganaremos esta guerra.

Diego carraspeó cuando los ojos de la muchacha se posaron sobre él interrogantes.

-Por supuesto que tenéis permiso, ayudaremos en lo que podamos.

Carmele sonrió aliviada.

-Me gustaría pedir algo más- intervino Seth. Todos los ojos se clavaron en él con intriga. El joven tragó con dificultad cuando su mirada se cruzó con la de Diego -deseo unirme y colaborar con vosotros. Quiero acompañaros.

-¡Seth!- exclamó Abel horrorizado. Estaba totalmente preparado para darle una pequeña charla pero Diego le interrumpió antes de que comenzara su perorata.

-¡Tío, es suficiente!

-Nos vas a meter en un problema- insistió.

-Eso no es cierto- Seth alzó la voz para hacerse oír. Todos hablaban a la vez excepto la incrédula Cruz que disfrutaba de la escena ocultando una sonrisa  con una mano enguantada. -Lo que yo haga… –le gritó a su tío- …no tiene nada que ver con vosotros; es mi vida.- Miró a Diego con ojos enfurecidos y suplicantes. –Yo decido.

Diego asintió:

-Estoy de acuerdo Seth- dijo el otro hombre que se había mantenido en silencio hasta entonces. Era el más anciano de la familia. Una túnica blanca le cubría desde el cuello hasta los pies. Caminó con lentitud hacia Vaquero. –Soy el mayor de Torresino, padre de mi heredero Diego y su hermano Seth.

 - Empezamos siendo muy pocos – explicó Vaquero observándole. - Ahora tenemos un grupo que forma la resistencia, gracias a la valentía de hombres como su hijo, vemos que el final será a nuestro favor – se giró al joven de Torresino - ¡Claro que estás aceptado Seth!

El padre de Diego tomó a su hermano Abel del brazo empujándolo con amabilidad hacia una puerta en el fondo de la sala.

Cuando desaparecieron Cruz llamó la atención de Diego:

-No me fio de tu tío; hazle vigilar - siseó antes de salir al exterior.

Seth salió tras ella.



-Mi hermano Seth es muy impulsivo-dijo Diego. - Todo lo que dice es verdad. Siempre ha querido luchar contra la opresión. De hecho, estoy seguro que más de uno de mi gente deseará unirse. – posó sus ojos dorados  sobre Carmele con una triste sonrisa. - Yo mismo lo haría.

-Sé lo que sientes Torresino- Carmele apoyó una delgada mano en su brazo. – Todos los responsables de los poblados temen lo mismo que tú. – se apartó para mirarle. Diego vio pena y cansancio en aquellos ojos acuosos. Multitud de arrugas rodeaban sus ojos pequeños. -Tenéis una labor para con vuestra gente, y alguien debe llevarla a cabo. Ese eres tú Diego, y me parece un acto muy responsable y valiente. Tu gente te necesita. –Se encogió de hombros. - Puede que algún día decidáis luchar por vuestro futuro.

Diego asintió con los labios apretados. Él no era un cobarde y sin embargo se sentía como tal.

Deseó poder hacer lo mismo que su hermano. Abandonar. Despedirse con un hasta luego si volvía de visita. Ser libre sin que nadie dependiera de él para poder enfrentarse a los Justos y a los Corsos sin temor a que dañaran a su familia, solo porque era Diego Torresino Cifuente.

-Seguramente que tengas razón Carmele, pero en este momento estoy partido. Querría acompañar a Seth para protegerlo, pero no puedo dejar esto.

-Seth tendrá quien le proteja, Diego. Le enseñaremos a luchar.- Vaquero le miraba a los ojos totalmente emocionado con lo que le estaba revelando. –Mi consejo para ti es el mismo que para los demás poblados, preparaos porque el momento se acerca. Seth podrá ir enseñando lo que vaya aprendiendo.



                                                      -7-

-No sabía que eras tan borde.

Cruz se detuvo antes de subir a la moto y se giró sorprendida al ver a Seth. Cada vez que le miraba sentía como la sangre se agolpaba en su rostro. No podía dejar de sentir ira por él. Un sentimiento superior a  sus fuerzas cuando un hombre joven y además tan apuesto como era Seth, la miraba siquiera.

Cruz actuaba así  con el sexo masculino. Ocultaba el terror que sentía por ellos en el fondo de su alma, el que recubría  con un duro y frio caparazón difícil de traspasar.

 Era borde, muy fría y hasta cruel. Era miedo a enamorarse por primera vez, a dejar pasar la oportunidad de conocer a un hombre bueno, a su reacción cuando ella le contara que no era digna. ¡Un justo malévolo la había violado!, un enemigo, un canalla.

No conocía el nombre de aquel animal pero recordaba con total claridad  su rostro rubicundo, sus cortos cabellos dorados, su mirada llena de burla y lujuria; su hermosa boca sonriendo con crueldad.  

Aún podía sentir la fuerza de sus puños en el estómago, los mordiscos de sus pechos, los pellizcos en las piernas y nalgas.

Jamás se entregaría a un hombre. No antes de haber acabado con la vida de su violador. Sólo cuando cumpliera su venganza.

Cruz apoyó la mano con descuido sobre el asiento de su moto, como si le aburriera hablar con él.

-Pues ve acostumbrándote. A partir de ahora, quizá debamos pasar mucho

 Tiempo  juntos.

 -¿eso es malo? – cualquier otra muchacha habría hecho al menos un gracioso mohín. Ella ni parpadeó.

 -¿Qué ocurre? ¿Estas falto de amigos Seth?

 -Digamos que los tengo más vistos y quisiera explorar nuevos horizontes.

 -¿te estas haciendo el graciosillo conmigo?

 - Trataba de ser simpático, pero veo que contigo no funciona.

 - Pues no lo intentes. Hagas lo que hagas, no me caes bien. –le volvió a dar la espalda. Seth y Diego tenían los mismos ojos dorados, el mismo cabello castaño. Pero igual que Diego tenía el cabello recortado sobre el cuello, Seth lo llevaba largo y suelto sobre los hombros.

-No me asustas- comentó el hombre.

-No pretendo hacerlo-. Cruz se montó en la moto y se colocó el casco. Podía haber levantado la visera, pero no lo hizo. No deseaba seguir escuchando aquella voz acariciadora que la hacía temblar. Un extraño frio la invadía siempre que aquel Torresino se hallaba cerca.

 -¿Qué tengo que hacer? – preguntó Seth.

Cruz agitó la cabeza de un lado a otro y puso el motor en marcha.  Le dejó allí, parado en la puerta de una bella casa campestre. La fachada se veía blanca, como si la hubieran pintado recientemente.  Poco rato después, Carmele y Vaquero se introdujeron en el Citroën verde de la mujer y desaparecieron por el camino principal.

Cruz aceleró al pasar la curva. Fuera de la vista de Seth se relajó. Sentía arder sus mejillas. Decirle que iban a pasar  bastante tiempo juntos había sobrado, o debería sobrar. Ella mandaba; ella era la fuerte y por descontado la más inteligente.

También era cierto que Seth no se parecía en absoluto a nadie que hubiera conocido nunca.  Le había visto bastantes veces. Era un hombre que podía pasar de la risa al enojo en un abrir y cerrar de ojos.

Tendría que controlar a Seth muy de cerca, su forma de ser tan impulsiva… ¡que tonterías! Su forma de ser era encantadora. Su porte, su apariencia, la forma en que bromeaba con las demás chicas o como sonreía… ¡sería un infierno pasar con él tanto tiempo!

 También estaba la historia con el tío, uno de los mayores Torresino. No le gustaba pero en verdad ¿Quién la gustaba

Debían andar  con pies de plomo si no querían perder esta batalla con los Justos.

Hubo un tiempo en que no estaba convencida de nada. Pensaba que si evitaba problemas con las bandas de la barriada, ellos la respetarían. No había sido así.

Recordó el cruce de miradas con aquel hombre cruel. No la asustó, era joven, guapo, embaucador y ella una muchacha llena de ilusión. Una persona cargada de sueños románticos, alguien que esperaba a su caballero de dorada armadura a galope de un hermoso semental  y que con su fuerza rescataría a los poblados convirtiéndola en la mujer más feliz de la tierra.

El caballero llegó, alto, fuerte, envuelto entre las sombras, rodeado de maldad, buscando el peligro, la sangre, a ella.

Cruz fue el juguete donde él depositaba todo su odio, sus insultos y entre la aceptación de su propia muerte apareció Lady de los Justos.

El mundo volvió a brillar y ella renació del dolor y la pena logrando enterrarlo bajo falsas apariencias, tan solo con una promesa grabada a fuego en su corazón.

Ya no deseaba ese liberador porque ella misma se encargaría de ajusticiarse. No necesitaba de ningún hombre y su fuerza.



Diego escuchó el leve sonido de un motor lejano antes de que varias luces asomaran tras pasar la curva de la entrada al poblado.

Salió cubierto por una gruesa cazadora.

Una ráfaga de aire helado golpeó su rostro. El frio comenzó raudo a deslizarse por el interior de la casa silbando junto a sus oídos.

Iba a nevar, lo olía al respirar.

Miró por un momento hacía los hombres que le seguían de cerca. Su gente le conocía demasiado bien como para intentar calmar su ansiedad.

En el poblado, la mayoría de los ojos se escondían tras las ventanas emocionados, esperanzados, deseosos de poder saborear la libertad. Para todos ellos aquello era una etapa importante.

Diego dio un paso más y se detuvo sorprendido y extasiado.

Ante sus ojos, un ejército de motoristas vestidos de negro desde las ruedas hasta el casco abría la marcha de un vehículo grande seguido de otro más pequeño.

Diego entrecerró los ojos protegiéndose de la luz de los faros hasta que estos volvieron a girar.

Las motos pasaron de largo siguiendo su marcha hasta el campamento.

Diego identificó el último coche como el de Carmele. Con rostro sorprendido se acercó a la ventanilla cuando el vehículo se detuvo.

 -Vaquero y varias personas se quedaran en tus tierras hasta que regresen los demás – le avisó.

Diego asintió maravillado ante tal despliegue de fuerza. Levantó la cabeza más confundido aún. Un enorme tráiler oscuro se acercaba perezosamente por la carretera. Volvió su vista a Carmele.

 -¿Estáis seguros que esto lo habéis hecho antes? – bromeó.

8

Diego no salía de su sorpresa. No había esperado que se atreviesen a cruzar los límites con ese vehículo tan grande, tampoco había esperado ver tantos motoristas.

Sin duda alguna últimamente se estaba llevando bastantes sorpresas.

 -¿subes? – le preguntó Carmele.

Diego rodeó el Citroën y se sentó junto a ella. Vio sobre la guantera de piel una escopeta recortada, brillante, como si la hubiesen limpiado para la ocasión, lo que no era de extrañar en Carmele, en el “muro” se pasaba todo el día con un trapo en la mano limpiando las mesas.

 -Una noche fría – dijo Carmele con los ojos fijos en la carretera.

 -En esta época encontrareis niebla en el puerto y posiblemente nieve.

 -El invierno es peor para todo – asintió ella mirándole de refilón – Y este año va a ser muy duro. Acuérdate que el invierno pasado sufrimos muchas necesidades. Claro que este año somos más.

 -No  había esperado todo esto, ni siquiera se me había pasado por la mente que estuvierais tan bien preparados. – reconoció Diego. Aún seguía con la sorpresa inicial.

Llegaron al campamento. Las motos habían desaparecido en dirección a la ciudad por los caminos secundarios y el eco de los motores descendió paulatinamente.

 -Estamos conectados por radio frecuencia. Cualquier cosa Vaquero nos pondrá en contacto y viceversa – dijo Carmele.

 - Todas esas motos…

-Somos bastantes. Nos estamos preparando para atacar de un momento a otro pero queremos estar seguros de poder apoderarnos de la ciudad. - Carmele detuvo el coche y se giró para mirarlo. – queremos evitar el derramamiento de sangre de gente inocente y en la ciudad… tenemos amigos.

 -¡Queréis atraerlos al sur! – exclamó Diego adivinando sus intenciones.

 -Exacto. Nuestras tierras son el mejor sitio donde provocar emboscadas.

Los ojos de Diego brillaron jubilosos. Se despidió de la mujer con un gesto de cabeza y descendió del Citroën.

Bajo el frio de la noche observó como Carmele cruzaba los limites precediendo al tráiler. Se volvió hacia el vehículo que había parado tras él. Vaquero descendió seguido por un par de hombres. Le saludaron con un apretón de manos y todos juntos caminaron hacia la hoguera más cercana.



Las motos entraron en la ciudad por la zona este. Todo estaba en silencio. Las farolas brillaban en las esquinas de las anchas calles industriales.

Robar los comercios y las tiendas de alimentación ya no era un reto.

Esa noche todas las sombras se desplazaron hacía uno de los almacenes más grande de la ciudad.

Solo seis motoristas acompañaron al tráiler mientras los demás aguardaban escondidos junto a Carmele en un camino circundante al polígono industrial.

Era sencillo, cargar y marcharse. Todo ello sin peligro alguno. Pero otra vez el dolor de la conciencia, la frustración y la rabia deseaba convertirlos en animales salvajes. En zombis a las órdenes de un todo poderoso.

Aquello no podía quedarse así, ofrenda por ofrenda, golpe por golpe.

Los Justos iban a recibir una nueva humillación.

Aún no terminaron de cargar el vehículo cuando dos de las motos acelerando a todo gas desparecieron en paralelo internándose en la ciudad.

Cruz las observó con preocupación. Conocía de sobra sus intenciones. ¡Que Dios se apiadara de ellas!





Diego apenas había pegado ojo en toda la noche. La emoción que sintió cuando vio regresar a Carmele y al resto le había impedido cerrar los ojos en el poco tiempo libre que le quedaba.

Su corazón saltaba alegre. Si cerraba los ojos veía la imagen de los motoristas haciendo cabriolas y celebrando el éxito en su campamento. Si los abría observaba a su padre que eufórico conversaba con el resto de los mayores.

Lo que había sucedido en la noche era todo un triunfo.

Cuando Diego entró con paso firme en el “muro” todas las miradas cayeron en él y el silencio fue repentino.

 -Torresino – le llamó Vaquero alzando una mano.

El local estaba semivacío. Todos prosiguieron sus charlas con un buen café caliente entre las manos.

El olor a tostadas y mantequilla inundó el lugar mezclándose con los troncos secos que ardían en la chimenea de piedra.

 -Vaquero – le saludó tomando una silla y colocándose a horcajadas sobre ella.

 -¿un café, Diego? – preguntó Carmele que sin esperar le sirvió una taza del oscuro liquido manchándolo con la leche de un brick.

 -Yo también Carmele, por favor.

Diego escuchó otra vez aquella voz tan serena y calmada. Había estado pensando a menudo en Dani desde que reparó en ella, aunque también había pasado la mayor parte del tiempo apartándola de su mente.

No quiso mirarla pero sus ojos no le obedecieron, sentía que Dani poseía un enorme imán que era capaz de atraerle irremediablemente.

Ella lo estaba mirando y apartó su vista con rapidez cuando Diego levantó la cabeza.

Dani aún llevaba una oscura cazadora de cuero abrochada hasta el cuello. Unos pantalones de piel se ajustaban a sus largas piernas. Llevaba negras botas de motorista. El descubrimiento le hizo comprender y aun tiempo empalidecer. ¿Por eso Seth estaba tan dispuesto a unirse a ellos?

Pero Dani ¿motera? Nunca lo habría imaginado y eso que en la noche había fantaseado con el rostro de los motoristas pensando si conocería a alguno.

¡Mujeres! Había pensado en la posibilidad de que Alicia fuera una de ellas, de hecho iba a la perfección con su personalidad igual que Cruz. Sin embargo Dani parecía tan tierna, tan suave y frágil.

Clavó sus ojos en ella con atención. Dani lo supo porque enfrentó su mirada sin más expresión en su cara que perplejidad.

 -¿Qué tal? – la saludó Diego incomodo, luchando por salir del pozo gris perla de sus ojos que lo habían capturado.

 -Mucho frio – contestó ella con voz cansada.

Vaquero se acercó lentamente a ella desde su silla y chocaron las manos.

 -Deja que hagan el reparto los demás y sube a descansar. Yo lo haré por ti, chiquita – se ofreció el hombre.

 -Después del susto de muerte que nos han dado – Carmele miró con enojo a Dani y se marchó a servir más cafés.

Vaquero riendo fue tras la mujer.

 -La has enfado bien – se burló Diego moviendo su café con una cucharilla.

Dani rio al tiempo que asintió con la cabeza:

 -A veces cree que soy su hija.  – se sentó frente a él.

Diego no pudo apartar los ojos de aquella boca tan linda. Dani se veía preciosa con las mejillas arreboladas y el flequillo revuelto sobre su frente lisa. Impulsivamente tomó un mechón caoba entre sus dedos y lo retiró de los ojos.

 -Carmele será muy madraza – dijo arrepentido de haber tenido ese gesto con ella. Clavó sus ojos dorados en el café y procedió a tomarlo con prisa a pesar de estar ardiendo.

 -Es muy protectora con todo el mundo. Tiene mal genio pero un corazón de oro. ¿Tienes madre, Diego?

 -¡claro! – volvió a mirarla. Nunca había visto unos ojos tan límpidos y sumamente expresivos. Unos ojos que le miraban con el deseo pintado en ellos.

Miró su boca, ella estaba muy cerca, sus piernas se rozaban bajo la mesa. Quiso acariciar las tersas mejillas, tomar la delgada mandíbula con sus manos y apoderarse de sus labios hasta dejarlos hinchados. Todo su cuerpo se endureció, cada musculo luchó contra su voluntad.

 -¿nunca viene al muro? – insistió ella soplando su taza.

 -No. No se la ha perdido nada por aquí.

 -No me digas que eres de esos tipos machitos que prefieren a las mujeres en casa. ¡No lo puedo creer!

Diego alzó las cejas divertido por el tono despectivo de Dani.

 -¿a que no me imaginabas así? – le preguntó.

 -Es mentira, tú no eres así.

 -¿tú crees? – él trataba de no reír mientras Dani le observaba con una mueca infantil tratando de leer en su mente.

 -¡es mentira! – exclamó por fin entre risas golpeándolo con su diminuto puño en el hombro.

Ambos rompieron a reír.

 -La verdad es que no salen mucho. En el poblado se suelen reunir todos los días con los familiares. Nosotros y los jóvenes somos los únicos que venimos para tener un poco de contacto con el mundo real, enterarnos de las últimas noticias… ya sabes, desentendernos un rato de todo lo que está sucediendo.

 -¿te gusta ser quién eres? – Le preguntó Dani apoyando los codos en la mesa y dejando que su delgada barbilla descansara entre sus manos – me refiero a ser jefe de un clan.

 -Lo he asumido – se pasó la lengua por el labio inferior pensando en silencio. –No todos estamos de acuerdo con lo que nos ha tocado. Supongo que cuando las cosas ocurren es porque no hay más remedio.

Diego hablaba sin poder apartar la vista de ella. Estaba fascinado con aquellos ojos cambiantes como si fueran aguas cristalinas que se mecían al compás de la luz agitada del local, una docena de bombillas que colgaban del techo balanceándose por el aire que se filtraba en el sitio, sus ojos tenían el tono de diminutas olas que rompían en un mar embravecido dejando crestas blancas.

Dani ocultó un bostezo con la mano. Esta vez el hombre acarició su respingona nariz con el dedo.

 -¡estoy muerta de sueño! – Susurró entrecerrando los ojos - ¿no puedes delegar en otra persona? – continuó preguntando.

 -No soy capaz de pasar mi responsabilidad y mi deber a nadie.

 -Sería muy injusto para la otra persona ¿verdad?

 -Ya lo creo – respondió viéndola luchar con fuerza por mantener los ojos abiertos.

 -¿y para ti? ¿No es injusto para ti?

¿Qué podía contestarla? La injusticia era lo más normal y cotidiano en su vida, si no que le preguntaran por que no era capaz de abrazarla y llevarla algún sitio más privado. Por Seth. Por no moverse entre las filas rebeldes degollando a cuanto Justo y Corso se cruzara en su camino. Por su gente.

Ojala tuviera otra conciencia menos leal.

La puerta principal del “muro” se abrió con demasiado fuerza. Un marco con el espejo hecho añicos cayó contra el suelo desparramando trozos de vidrio.

Todos observaron en silencio la llegada de tres hombres.

 -Os doy las gracias – gritó con voz ronca uno. Diego le reconoció, era el mismo al que habían secuestrado a su hija – Os doy las gracias – repitió recorriendo el local con la vista, depositando sus ojos en todas y cada una de las personas que había en ese momento.

 -¿Qué ocurre? – preguntó Vaquero acercándose a él.

 -Esta madrugada unas personas de buen corazón me han devuelto a mi pequeña – se limpió las lágrimas de alegría con el dorso de las manos y pasó a contarles como la joven había aparecido en la puerta de su casa.

Diego se sobresaltó cuando Carmele dejó caer un plato de tostadas sobre la mesa. Dani, que ya se había dormido levantó la cabeza desorientada con una exclamación ahogada.

 -¿Qué pasa? – susurró.

Carmele se había vuelto a marchar esta vez más enojada que antes. Diego no entendió la actitud de la dueña. Estaba sorprendido.

Los moteros debían haber rescatado a la joven ¿Quién si no?

Estudió a Dani con atención adivinando que ella estaba involucrada. Ese ere el motivo de que Carmele estuviese enfadada con ella. Se acercó hasta Dani posando sus labios en la oreja donde colgaba un solitario brillante:

 -¿Entrasteis en la fortaleza de los Justos?

 -¡¿Qué?!

Diego señaló con la cabeza al hombre que seguía contestando preguntas sobre el rescate de su hija frente a la puerta. Vio como los ojos de la joven se dilataron repentinamente.

 -No puedo hablar de eso – murmuró mirando con pena las altas escaleras – no siento los huesos, no puedo moverme – gimió incorporándose con lentitud. El sueño y el sopor se apoderaban de ella por momentos.

 -Si me dices cuál es tu dormitorio te llevo, es lo menos que puedo hacer. – dijo sin saber porque se había ofrecido.

 -Subiendo la escalera a la derecha, la cuarta puerta de la izquierda – antes que él se levantara, Dani lo detuvo apoyando las palmas de sus pequeñas manos en los anchos hombros – Gracias Torresino, pero yo puedo sola – le guiñó un ojo divertida.

 -¡Yo que me estaba haciendo ilusiones! – fingió decepción. Se había dado cuenta que le encantaba estar en su compañía. Por bromear, por iniciar una amistad tampoco iba a pasar nada ¿verdad? Imaginó que Seth no se molestaría con eso.

 -Ya me he dado cuenta – se burló ella con una risa ronca, sensual, cargada de sinceridad, espontanea. Dani se agachó y le besó una mejilla antes de girarse dispuesta a subir las escaleras.



9

Dani soltó una exclamación al sentirse elevada por encima de la barandilla de la escalera.

En un acto reflejo intentó girarse pero su cabeza golpeó con la de Torresino. Nariz contra nariz. Frente contra frente. El hombre bizqueó.

 -¡Ay! – se quejó. Continuó subiendo los peldaños con cuidado de no tropezar.

 -¿Qué crees que estás haciendo? – preguntó ella rodeándole el cuello con su brazo. Estaba físicamente agotada aunque emocionalmente se sentía flotar. No por el hecho de estar a una buena altura del suelo si no a lo sucedido entre Diego y ella. Esa charla tan cálida la habían dejado un buen sabor de boca.

 -¿a la derecha? – Diego se había detenido en el largo corredor mirando a ambas direcciones.

 -Sí, la cuarta puerta de la izquierda – repitió Dani entre risitas.

Diego tenía una mano bajo sus piernas y la otra sujetaba sus caderas. La sostenía como si ella no pesara más que una pluma.

Atravesó el pasillo y la dejó en el suelo frente a la puerta. Ella alzó la mirada observándole con expresión risueña, Diego se frotaba la frente donde poco antes se había golpeado.

 -La culpa ha sido tuya – le regañó Dani – me has cogido tan de improviso… - dejó la frase en el aire. Aquellos ojos de león se clavaban en su rostro de una manera directa. Supo que la miraba los labios ¿Por qué no la besaba si veía el deseo escrito en su cara?

Él se apartó y sonrió levemente antes de empujar la puerta con una mano sin hacer el menor esfuerzo por pasar.

Dani se dio cuenta de su repentino cambio. A penas dos minutos antes él había estado a punto de besarla y sin embargo se había retractado ¿Por qué? ¿No la gustaba?

 -Tienes la cabeza muy dura -  la provocó Diego con un guiñó.

Dani extendió la mano y la posó en la fuerte barbilla del hombre con ternura. Había sido un impulso difícil de controlar. Le veía todos los días tan guapo y tan lejano.

Durante una temporada se había imaginado como serían las cosas si ella fuera su mujer. Había soñado con sus miradas, con su voz. Se había excitado con solo pensarlo.

Diego Torresino Cifuente, el amor de su vida aunque él nunca llegara a saberlo. El hombre que estaba interesado en la bella Alicia.

¡Alicia!

Dani apartó su mano con un suspiro apagado. Trató de sonreír pero el recuerdo de su prima convirtió su sonrisa en una apenada mueca.

 -Me he enterado que Seth se ha unido a nuestras filas y me alegro mucho – comentó dando un par de pasos al interior del dormitorio.

Una cama de grandes dimensiones ocupaba la mayor parte del cuarto. Un armario, una mesilla y un arcón eran los únicos muebles que decoraban la habitación.

El lugar era bastante impersonal y frio. Ningún cuadro, ningún retrato.

 -¿Dani, y tu familia? – preguntó Diego curioso desde el hueco de la puerta.

Ella anduvo hasta el arcón y se despojó la cazadora. Llevaba una camiseta de licra negra ajustada a su cuerpo. La prenda se adhería como una segunda piel aplastando sus senos. La hacia más delgada y sin formas. Era el precio a pagar si quería llevar ropas cómodas que no impidieran sus movimientos en sus salidas nocturnas.

Se sentó en el arcón inclinándose para desatar los cordones de las botas.

 -Supongo que estarán en casa – contestó sin mirarle, totalmente concentrada en los finos cordones que aflojaba con lentitud – imagino que estarán planeando algo.

 -¿de qué poblado eres?

Dani se sacó una bota y le miró.

 -De aquí – lanzó el calzado contra el costado del armario – mi casa es el “muro” Conocí a Cruz hace tiempo y la convencí para que me dejara quedar – abrió los brazos como si quisiera abarcar la habitación entera – Esta es mi casa hasta que no consigamos la libertad.

 -¿y si no lo conseguimos?

 -Si pensara de esa manera ni siquiera me esforzaría en intentarlo – se puso en pie y caminó hacia la única y estrecha ventana – Mira – espero a que Diego se asomara junto a ella. En el aparcamiento la gente se arremolinaba esperando recoger los alimentos que habían conseguido esa noche - ¿Qué harían esas personas si no tuvieran que comer? – Se volvió a él con seriedad - ¿Qué harías tú?

Diego tardo en responder observando el exterior con actitud pensativa.

El lugar se había llenado de vehículos y personas que charlaban mientras cargaban sus camionetas o esperaban que les repartieran los cajones con los víveres.

 -Lo ponéis tan fácil que no se me ha cruzado por la cabeza hacer nada – contestó apoyando la frente contra el cristal de la ventana – pero si realmente eso sucediera, no tendría más remedio que salir a buscarlo.

Dani asintió satisfecha:

 -No te rendirías ¿verdad? – Suspiró admirando el perfil bronceado, el grueso cabello castaño– No tendrías nada que perder. Sales a robar y pones a tu gente en peligro, no sales y se mueren de hambre.

Diego la observó con sus ojos dorados cargados de remordimientos y Dani sintió todo el peso de su pena. Le cogió una mano y entrelazó los dedos con los de él.

Ambos se quedaron en silencio observando los rostros que reían emocionados en el aparcamiento después de haber recibido las primeras necesidades. ¡Con que poco se conformaban! Solo con sobrevivir.

Alguien carraspeó junto a la puerta y Dani se apresuró a soltar a Diego volviéndose hacía la entrada.

Alicia con rostro cansado atravesó el dormitorio y se sentó en la cama.

 -va a caer una buena tormenta – comentó como si encontrarse a Torresino allí fuera lo más normal del mundo.

Dani fue hasta ella para recostarse en el colchón. Tenía agotadas las pocas fuerzas que la quedaban. Si hubiera un momento en que ella estuviera más indefensa era precisamente ese.

Alicia rozó su muslo con las puntas de los dedos en una suave caricia.

Diego las observó envidiando a la belleza morena. Era él quien deseaba acariciar a Dani, velar sus sueños.

La joven se quedó dormida antes que aquellos dos abandonaran la habitación cerrando la puerta con suavidad.



10

La espalda de Seth golpeó contra el suelo del cobertizo, otra vez.

Diego hundió la cabeza entre sus manos evitando soltar la ruidosa carcajada que amenazaba con brotarle en la garganta.

Dani en cambio no tuvo ninguna consideración con Seth que con las mejillas teñidas de rojo la miró con el ceño fruncido. Empero él era decidido y no tenía problemas para entrenar a pesar de los espectadores que se habían reunido curiosos.

 -Cruz, no le des mucha caña – bromeó Alicia divertida. Se hallaba sentada en un cajón de madera observando el entrenamiento.

Varios jóvenes, lejos de reírse miraban el combate con interés.

 -¿Por qué no pruebas tú, Diego? – le picó Dani con una sonrisa inocente.

Diego se arremangó las mangas del oscuro jersey pero no se levantó de su sitio.

 -Creo que es más interesante ver como mi hermano cae una y otra vez.

La tarde fría y lluviosa había obligado a los jóvenes a cobijarse y como el “muro” estaba repleto a esas horas (nunca sabían dónde podían estar los traidores) habían acudido al cobertizo que se hallaba en la parte trasera del local.

Solo había personas de confianza aunque Diego tuvo que reconocer que a muchos de ellos no les había visto nunca.

Cuanto más observaba a Dani, más se preguntaba porque no había reparado en ella hasta que Seth le abrió los ojos.

¡Lástima que fuera demasiado tarde! ¡Nunca podría competir con su hermano por una mujer!

Recordó sus palabras; solo tiene ojitos para ti… y era cierto. Él lo sabía, lo notaba, sentía el calor de aquella mirada gris, sus tímidas sonrisas, el hermoso rubor que pintaba sus mejillas.

La mente de Diego era una continua guerra contra el súbito deseo de estar con Dani. Por supuesto su raciocinio siempre predominaba pero no podía evitar bromear con ella, reír con ella.

Tan solo habían pasado unas semanas desde que descubriera que se sentía atraído y cada vez que pasaba más tiempo cerca de ella, más se le iba metiendo en la sangre.

Era un pecado, lo sabía. Una traición más honda que cualquier otra. Robarle la mujer a un hermano. ¡Impensable!

Ya no solo por la gente y el que dirán que le traía al fresco. Incluso ese no sería el castigo para dos personas que se aman. El castigo, la crueldad seria perder un hermano.

Diego amaba a su familia, adoraba a Seth al que siempre había protegido o eso había querido creer. Solo ahora comprendía que Seth había sido el menos cobarde, el primero en todo.

Nunca había pensado mal de su hermano, al contrario, eran confidentes, todo el día juntos de un lado para otro, inseparables.

Dani le gustaba para él, no para Seth. Dani estaba enamorada de él, no de su hermano y a pesar de conocer esas verdades ¿Qué puñetas podía hacer?

No quería alejarse de Dani, ¡no lo haría! Prefería sufrir viéndola cada día de su vida a no volver a verla más.

Siempre tendría una gran amistad con ella, un cariño fraternal, después de todo serían cuñados.

 -¡que cobarde! – le provocó Dani mostrando su hermosa dentadura en una amplia sonrisa. – no me digas que sientes miedo.

 -¿contigo? – Preguntó mirándola con los ojos abiertos -¡Dani si con una mano podría derrotarte!

 -¿Eso crees?

No contestó porque alguien comenzó a golpear la puerta. Todos guardaron silencio.

Vaquero ingresó hasta el centro donde Seth y Cruz habían detenido el entrenamiento.

 -Han quemado una de las granjas de los Castro -Irún – dijo con voz alta – el poblado donde desapareció la muchacha.

 -¿Daños? – le preguntó Alicia sin levantarse del cajón y moviendo una pierna con indiferencia. Diego porque la vio mover los labios si no, no hubiera sabido con exactitud quien habría hablado.

 -Una familia de cinco miembros pudieron huir. Animales, campos, edificios, todo ha sido calcinado – explicó el hombre agitando su sombrero contra su muslo para sacudir las gotas de lluvia.

 -¡pues sí que se han ofendido los Justos! – exclamó uno de los muchachos más jóvenes del grupo.

 -Pues que rabien – dijo otro.

Un grupillo de varias personas continuó una pequeña charla dichosos de haber estropeado en cierta medida el plan de los Justos con la muchacha raptada, aunque las consecuencias habían sido feroces.

 -¿Los han visto? ¿Qué ha pasado con esa familia? – insistió Cruz adelantándose hasta Vaquero.

 -¿sobre qué hora? – intercaló Alicia levantándose de su asiento.

 -Un par de horas a lo sumo. La familia está bien, cuenta que entraron utilizando la fuerza.

 -¿no vinieron escondidos? – Se interesó Dani – Eran moteros ¿verdad?

 -No se han escondido, tres motos.

Diego escuchó con atención cruzando la mirada con Seth en varias ocasiones. Dani seguía cerca de él, la sentía sin verla.

 -¡vámonos! – ordenó Cruz.

Diego sorprendido vio como todos se lanzaban a la puerta casi con prisas.

 -Seth – llamó Dani elevando la voz – vienes conmigo – dictaminó con un tono de timbre firme y peligroso.

El corazón de Diego latió a mil por hora. No pudo explicarse el incipiente temor que afloró en su pecho. Miedo a que pudiera pasar algo aquellas dos personas a las que amaba. Por qué a Dani la amaba ¿no? Posiblemente se diera cuenta en aquel preciso momento. Lo que sentía por ella no era una simple atracción, no señor, había mucho más.

Un sudor frio le cubrió la nuca y salió al exterior con los demás.

Las motos aparecieron como por arte de magia ¿Dónde las tenían escondidas?

Seth montó tras Dani que ya se había colocado el casco.

Observando las motos de gran cilindrada se fijó en que cada una a pesar de ser negras, llevaban una corta y ancha pincelada de un color diferente, en algunas dos pinceladas. Eran como una forma de identificarse entre ellos.

Solo había seis motos de todas la que sabía que había. Las chicas de Carmele, Seth y otro joven que también iba de paquete. El resto se quedaba en el “muro” a esperar.

Seth y él intercambiaron una rápida y preocupada mirada. Le vio ponerse el casco y abrazarse al estrecho cuerpo de Dani.

A punto estuvo de bajar a su hermano de allí y ocupar su lugar. Seth estaría seguro en casa y él se encargaría de proteger a Dani con su vida.

Las motos desaparecieron de su vista.

Vio a Dani elevar la rueda delantera durante una fracción de minuto y agitar la mano hacia él a modo de despedida, comunicándole en silencio que volverían a verse.

Carmele le sobresaltó colocando una mano sobre su hombro:

 -No te preocupes, no van a exponer a tu hermano al peligro. Son guerreras Diego. Ellas no defienden ni esperan…Simplemente… atacan.

Carmele se giró para entrar en el local. Diego dudó unos segundos antes de dirigirse a su furgoneta y poner rumbo al poblado.

Frenó en el cruce de caminos mirando a ambos lados. Nada le impedía acercarse a las tierras de los Castro - Irún. Agarró el volante con fuerza y respiró ruidosamente. Siguió el camino que había iniciado. Esperaría a su hermano en casa y las palabras de Carmele cayeron con fuerza sobre sus hombros: Son guerreras y atacan.

11

Un viento frio cubrió las tierras silbando entre los árboles y los edificios con aullidos fantasmales. Copos de nieve cayendo por doquier volaban salvajemente golpeando todo lo que se pusiera por delante, dejando su manto blanco extendido por los campos.

Las carreteras principales se habían convertido durante la noche en largos espejos resbaladizos cual trampas mortales, esperando con ansia las indefensas ruedas de las motos.

Dani observó a Cruz con una media sonrisa en los labios. Podía ocultarle al mundo que se estaba enamorando de Seth Torresino pero no a ella que en poco tiempo había llegado a conocerla y quererla como a una hermana. ¡Qué tendrían los hermanos Torresino para haberlas tocado en la fibra más sensible!

Dani se alegraba por Cruz, al menos ella podía pasarse el día cerca de Seth, claro que difícilmente el hombre pudiera penetrar en el corazón de su amiga para mostrarle todo el amor que existía.

Cruz lo había pasado muy mal en manos de los Justos, habían destrozado sus ilusiones marchitando su ingenuidad de adolescente, enterrando en profundidad el deseo de una caricia o de una tierna palabra.

Seth estaba cambiando todo eso y prometía ser constante.

Dani veía sus miradas cargadas de pasión mal disimulada, sus fingidos enfados. Realmente no eran el perro y el gato que querían hacer creer a los demás. No eran insensibles a los sentimientos del otro como querían aparentar.

Cruz necesitaba al hombre aunque no estuviera dispuesta admitirlo, aunque su cuerpo luchara contra el deseo y su frio y vacío corazón se negara aceptarlo.

Quizás no lo sabía pero le amaba. Sus ojos le buscaban en todo momento, sus cuerpos se rozaban incapaces de apartarse el uno del otro.

Dani estaba segura que poco a poco Seth sabría ganársela consiguiendo despertar su cuerpo de mujer y haciendo que olvidara que un hombre cruel la tomara por la fuerza. Él podría conseguirlo si realmente la amaba.

Ver a Cruz en aquella situación era como verse a sí misma observando a Diego, expiándolo, soñando con sus besos y sus caricias.

Estaba decidida hablar con Alicia. Se habían criado juntas rodeadas de armas y violencia. Podía recordar cuando escapaban en las tardes de verano y tumbadas en la verde hierba bajo un frondoso árbol se contaban sus sueños de niñas, como miraban una y otra vez las revistas de moda admirando las hermosas ropas femeninas que ellas nunca habían poseído.

Vivian bien pero no felices, conocedoras de la dureza del mundo, de la muerte de sus seres queridos, del odio y a su vez del amor a la violencia que las habían inculcado desde que tuvieran uso de razón.

Dani luchó por hacerse ver, por hacerse oír. Había necesitado tanto una caricia de sus hermanos, unas palabras de cariño por parte de su padre, sin embargo lo único que tuvo fue Alicia con quien jugaba a las muñecas escondidas bajo la cama.

Risas ahogadas por sus pequeñas manos, confidencias tras las sabanas, juguetes infantiles escondidos en los armarios.

Habían sido niñas disimulando que aún quedaba restos de ellas, aparentando una fría y espeluznante madurez, una dureza que recubría sus cuerpos como una espesa costra.

¡Cuántas veces había querido llorar! ¡Cuántas veces se había tragado las lágrimas delante de su padre! ¡Cuántas veces había fingido indiferencia ante el inocente apartando la vista hacia otro lado! ¡Cuánto odio adherido a cada fibra de su ser! Ser hija del Justo no era fácil.

Dio las gracias a su decisión de huir alejándose de los Justos, a Cruz y su gente que las habían proporcionado un amor desconocido, un cariño regalado, unas sonrisas sinceras acompañadas de un profundo afecto acogiéndolas como si se trataran de una misma sangre, de una misma familia. Alicia, Cruz, Vaquero, Carmele y seguía un largo etcétera. Había aprendido amarles a todos, a conocerles y lo más importante, a respetarles. Sin ellos no podría seguir viviendo, no deseaba hacerlo.

No quería pensar en sus propios sentimientos por Diego. No hasta que no hablara con Alicia.

Cuando un pensamiento de futuro afloraba en su mente, ella solía hacerlo desaparecer. Sabía que a lo largo, si el amor de Diego no la perteneciera no podría quedarse allí, incapaz de ver la felicidad reflejada en los ojos de los amantes y aunque fuera su destrucción, la dicha de Alicia era lo más importante para ella.

Dani regresó a la realidad. Cruz y Seth discutían.

La hija de Carmele en encaraba con él por algo que Dani no alcanzaba a comprender. Les miró durante unos momentos, no tenía intención de mediar entre ellos. Abandonó el salón del “Muro”.

Era tarde y los perennes estaban jugando a las cartas. Carmele les observaba desde una silla cercana.

Se dirigió al dormitorio de Alicia, muy similar al suyo. La puerta estaba abierta, la cama deshecha.

Alicia salió del pequeño aseó y sonrió a Dani al tiempo que se sentaba sobre la cama con las piernas recogidas.

Dani subió al colchón sentándose junto a ella.

 -¿Qué estás leyendo? – preguntó tratando de leer el título del libro que su prima tenía en las manos.

 Alicia se lo entregó:

 -el secreto de consentir – leyó Dani. Se lo devolvió -¿Qué tal está?

 -Me gusta, es diferente. Agentes infiltrados, amor incondicional, buen sexo… ya sabes, todo eso que pasaba cuando las autoridades aún existían.

 -Tiene que estar bien. Bueno, te dejo que sigas leyendo, no te molesto más.

 -¿Ocurre algo Lady?

 -¡no! – mintió. Ocurría que echaba de menos a Diego y que no sabía cómo preguntarla que era lo que sentía ella por él hombre ¿o era miedo de escucharla decir que tal vez amaba a Torresino? – Me voy a dormir ¡me parece tan extraño que hoy no salgamos a la ciudad!

 -Como están las carreteras es del todo imposible ¿te apetece hablar un rato?

Dani negó. Impulsivamente se abrazó a Alicia temblando.

 -¿Qué ocurre? – echó la cabeza atrás para mirarla.

Dani era muy diestra en ocultar sus emociones. Fingió una sonrisa que no llegó a reflejarse en sus ojos. Ambas se abrazaron en silencio. Dani no hablaría esa noche y Alicia no iba a obligarla.

12

 -¡Me saca de quicio! – exclamó Seth agitando sus largos cabellos negros, sacudiendo briznas de paja y diminutas astillas.

Diego le miró con una ceja arqueada. Estaba recostado en su cama con los brazos bajo la cabeza.

 -¿Quién?

 -Cruz ¿Quién si no? – Respondió enfureciéndose de nuevo por algo que su mente repasaba una y otra vez -¡menuda imbécil! – explotó.

Diego se incorporó extrañado. Nunca había visto a su hermano tan alterado con alguien que no fuera ni los Justos ni los Corsos.

  -¿Qué ha pasado?

 -Que ya no sé cómo actuar con ella. Todo lo que hago o digo la parece mal – miró a Diego con sus ojos dorados relucientes de indignación – Creo que la gusta estar de bronca conmigo – tomó asiento junto a su hermano -¿Por qué es tan diferente de Dani?

Diego apretó los labios con fuerza. No quería hablar de ella con Seth. Por nada del mundo se metería entre ellos.

 -Dani es respetuosa con la gente, dulce. ¡Maneja la moto de miedo! – comentó con total admiración.

Diego suspiró y se apartó de Seth fingiendo indiferencia. No quería que su hermano le viera el rostro y pudiera leer los celos que le corroían hasta el alma. Respiró hondo.

 -Te gusta mucho ¿verdad? – se atrevió a preguntar en un susurro. Cerró los ojos esperando con el corazón encogido su respuesta. Seth estaba tras él aún sentado sobre la cama.

 -¡la adoro! ¡Dani es auténtica! – Diego apretó los dientes llegándole a doler la mandíbula – Ella es especial – continuó diciendo Seth sin percatarse de la postura rígida de su hermano. – pero eso tú ya lo sabes ¿verdad?

Diego se volvió a él. Estudió su rostro pensativo.

 -Me parece algo infantil – mintió como un cobarde – me gusta como amiga.

 -¿infantil? Dani podrá tener muchas cosas pero no la veo tan infantil – la defendió – si fuera como tú dices podría apostarte que Dani no saldría en las incursiones. Es muy valiente. Pocas personas actúan como ella. Pasa lo mismo con Cruz – se encogió de hombros - ¿te he dicho que no encontramos a los que incendiaron la granja de Castro –Irún?

Diego asintió. Era lo segundo que había preguntado después de saber que todos estaban bien y no habían tenido ningún incidente.

Seth volvió a narrarle su viaje en la moto de Dani, sus ojos brillaron emocionados.

Diego supo que su hermano estaba disfrutando como nunca y aunque por dentro su corazón sufriera lo indecible no podía dejar de alegrarse por él.

Unos golpes en la puerta los sacó de su conversación.

Diego se había echado sobre la cama de nuevo y escuchaba a Seth que no hacía más que moverse por el dormitorio.

 -Seth – llamó la voz femenina y dulce de una muchacha. Una de las primas más jóvenes de Torresino –Te busca Cruz.

Los golpes se repitieron nuevamente y Seth perdió el culo por abrirla.

 -¿Dónde está? – preguntó ansioso.

 -Abajo – la muchacha asintió con la cabeza – como tardes mucho los mayores la van a bombardear con preguntas.

 -¿ha pasado algo? – insistió Seth.

 -ah, no lo sé. – respondió ella.

Diego se incorporó, sentía frio. Tocó las tuberías de la calefacción que apenas estaban templadas.

Ese invierno iba a ser demasiado largo y aunque tenían reservas de maderas apiladas en los almacenes, posiblemente si no tuvieran cuidado podían acabar muy mal.

 -Voy enseguida, prepárala un café o algo caliente mientras bajo – Seth hizo girar a su prima empujándola con suavidad hacía el piso inferior – Espero que no haya pasado nada más. No me gusta mucho que los Corsos y los Justos comiencen adentrarse sin estar nosotros preparados del todo.

 -Pero eso es lo que dijo Carmele que querían. La lucha se debe efectuar en las tierras del sur.

 -Si pero aún necesitamos armas – Seth se acercó a Diego para hablarle de forma confidencial junto a la oreja – Estamos esperando un cargamento de contrabando. La recogida será dentro de nuestros límites pero aún no tenemos fecha.

 -¿estás seguro que es esto lo que quieres? – preguntó Diego preocupado.

 -Quiero una vida feliz, una mujer, hijos. Demostraré a Cruz que soy su protector.

 -¡¿Qué?! – Diego dio un respingo -¡pensé que querías proteger a Dani! – Su sorpresa era evidente – Hace un momento has dicho que adorabas a Dani, entonces…

 -¡Y es cierto! También te dije el otro día que ella no tiene ojitos para nadie excepto para ti. Cruz… me gusta, me enfada, me vuelve loco. A veces creo que no la soporto y sin embargo no puedo apartarme de ella. En verdad que es muy extraño esto de los sentimientos. – se encogió de hombros.

 -¿te has enamorado?

Seth observó a Diego con fijeza.

 -Lo único que sé es que deseo estar con ella en todo momento.

 -¿y Dani?

Seth se colocó una gruesa chaqueta de lana verde.

 -A Dani la admiro. Me parece increíble que sea tan valiente como para querer cambiar el mundo. Siento mucho respeto por ella y me parece un bombón de mujer, pero Cruz… -hizo una pausa estudiando a Diego – me gustaría saber qué es lo que Cruz esconde. Podías preguntar a Dani, sutilmente por supuesto.

 -Ah, no, no – se negó Diego -¿preguntarla cosas sobre Cruz? No, no – volvió a negar.

 -¿Por qué? Dani y tú os lleváis bien.

 -¡no! ¡Sí! Nos llevamos bien – suspiró y se dejó caer en una silla que crujió peligrosamente – Hasta que tú no me hablaste de ella ni siquiera me había fijado.

Seth sonrió:

 -A veces todos necesitamos un empujoncito – le tendió una mano y ambos se estrecharon con afecto – para eso estamos los hermanos.

 -No voy averiguar nada sobre Cruz – avisó Diego antes que su hermano abandonara el dormitorio. Mentía, por Seth era capaz de cualquier cosa, y más ahora que sentía como la sangre fluía libre por sus venas al tiempo que los remordimientos y las dudas le abandonaban definitivamente. Tenía el camino libre con Dani. Estaba eufórico.



13

Las dos motos se deslizaron por la carretera helada, en silencio, despacio.

Pasando totalmente desapercibidas entraron en la estación de servicio de la ciudad. La única que por las noches mantenía abierto.

Una señora de mediana edad, sentada tras el mostrador de frio aluminio, observó la entrada de los dos motoristas con el ceño fruncido.

 -Hoy no hay vigilancia – dijo la mujer levantándose de su asiento – Piensan que solo un loco cruzaría los limites en una noche como esta.

Uno de los motoristas se quitó el casco mostrando una sonrisa alegre y divertida.

 - Vamos que nos estas llamando locas por toda la cara – bromeó Alicia depositando el casco sobre el mostrador.

Dani se levantó la visera.

 -Solo danos combustible que no podemos ir muy cargadas.

 -Hay varios bidones en el almacén – la mujer salió del mostrador, Dani y Alicia la abrazaron con cariño – Últimamente se están escuchando muchas cosas por aquí, están todos muy intranquilos.

 -¿sospechan algo? – indagó Alicia observándose en el pequeño espejo que colgaba del techo. Su maquillaje seguía perfecto.

 -Sospechan, sí, pero nada que tenga que ver con vosotras. Aún creen que seguís fuera del país y tu padre – señaló a Lady – está buscando hombres para que vayan a buscarte a dios sabe dónde, creo que cada vez está un poco más nervioso.

 -Manuela – Dani no dio importancia a las noticias de su padre - ¿has vuelto a saber algo de Bernardo Corso?

 -Lo de siempre, está deseando coger a Lady de los Justos y humillarla hasta verla implorando arrastrándose por los suelos – se encogió de hombros – Ya sabes, la misma cantaleta de siempre. Pero esto cada vez va peor, he oído que el gobierno está estudiando en abandonar también esta ciudad – agitó la cabeza furiosa – esto no va acabar nada bien y Bernardo tiene poder sobre los Justos.

 -Eso es lo que mi padre les quiere hacer creer porque se necesitan mutuamente, pero no te equivoques de bando Manuela, los Justos siempre hemos sido más fuertes y más numerosos, bueno, ya no me cuento como uno de ellos.

 -¿Quién quemó la granja? – preguntó Alicia volviendo la atención a ellas.

Manuela se encogió de hombros.

 -Ambos estaban igual de furiosos cuando os llevasteis a la muchachilla. Fue una burla meteros en su propiedad. Desde luego lo de locas se os queda pequeño.

Alicia y Dani intercambiaron una mirada divertida.

 -Aún no has visto nada Manuela – rio Dani emocionada.

 -Vamos a cargarnos una de tus competencias.

Manuela abrió los ojos con sorpresa incapaz de pronunciar palabra.

 -Vamos a volar por los aires la gasolinera perteneciente a los Corsos. Necesitamos saber quiénes son los dueños, si viven allí y todas esas cosas. Ve ilustrando a Alicia mientras voy cargando el combustible.

Manuela no tardó en darle toda la información a la belleza morena.

Ambas jóvenes confiaban en Manuela plenamente. Se habían conocido hacía año y medio cuando las muchachas penetraron en su estación para robar combustible. Manuela había reconocido a Lady de los Justos, a la hija del hombre que dio muerte a su esposo cuando se negó a pagarles a cambio de protección. Conocer el hecho de que Lady se había convertido en una de las cabecillas de la revuelta del sur la devolvió el coraje y en cierto modo la tranquilidad de su conciencia.

Su marido no habría visto bien que se sometiera a las órdenes de los Justos y los Corsos pero ellos eran ahora la autoridad. Cuando Manuela vio la posibilidad de vengarse de ellos a cambio de colaborar con Lady y la gente del sur, no lo dudó. La mujer se había convertido en el principal contacto de Lady encariñándose con ella y con sus ideales de libertad, fingiendo asaltos, escondiendo mercancías, proporcionando información de vital importancia…

Manuela siempre estaba enterada de todo, tenía muy buenos contactos desperdigados por la ciudad.

Estaban ya por despedirse cuando la mujer tomó el brazo de Dani deteniéndola:

 -El último día del año, a las doce de la noche cuando todos los relojes anuncien el cambio de año, atacaran al poblado de los Damales. Incendiaran la iglesia.

 -¿Por qué ese campamento? – Dani se extrañó con un mal presentimiento. Los Damales estaban más alejados de la frontera - ¿Por qué traspasar tanto los limites?

 -Los Damales tienen por costumbre reunirse en la iglesia entre las once de la noche y las dos de la mañana.

 -Sería una masacre – susurró Dani espantada.

 -Esperaba veros antes de que ocurriera aunque mi hijo Juan prepara un cargamento para llevároslo la semana que entra.

 -¿van las armas?

 -Sí.

 -Tú hijo es un  cielo – agradeció Dani.

 -¡un cielo o me lo estáis volviendo tan majara como vosotras! – replicó algo enojada.

Alicia y Dani se echaron a reír a pesar de que las noticias eran sumamente desagradables.

 -dile que se cuide – dijo Dani antes de abandonar el establecimiento.





Hubo varias explosiones acompañadas de ruidos ensordecedores antes de que estallara el edificio principal e hiciera volar todo tipo de fragmentos por el aire. Una gran llamarada cubrió la zona con una larga lengua de fuego. Hierros y neumáticos salieron lanzados como proyectiles contra un grupo de vehículos aparcados. Una nube densa comenzó a ascender sobre los tejados de uno de los barrios de los Corsos.

Ninguna de las motoristas miró hacia atrás. Estaban más preocupadas por no encontrar ningún obstáculo en la dichosa carretera cubierta de nieve y hielo.

El temporal parecía haber empeorado y una fuerte ventisca rugía entre los árboles.

Había sido una locura esta pequeña escapada, Dani supo que Alicia había tenido toda la razón al intentar desanimarla en su empeño. ¡Todo había salido bien! ¡Estaba saliendo bien! Habían aminorado la velocidad, incapaces de observar el rumbo de la carretera. Copos de nieve golpeaban con fuerza contra las viseras y sus trajes de cuero negro.

Si los Corsos sacaban sus vehículos a tiempo lograrían darles alcance. Dani era consciente del peligro que corrían. La opción más obvia seria salir huyendo por el bosque, sin motos. Con el frio y la tormenta, si no las cogían morirían congeladas.

Dani se limpió la visera con la mano enguantada. Tenía los nervios a flor de piel. Se detuvo e hizo que Alicia la imitara.

 -Iremos por Castro – Irún – gritó. Alicia la entendió a la primera.

Ambas salieron de la carretera para bordearla. Las ruedas quedaron profundamente señalizadas en la nieve.

Pasar por las tierras de Castro – Irún era lo más sensato dado su reciente y reiterada enemistad con los Justos. Las guardias estaban redobladas y el poblado totalmente preparado para un posible ataque.

Por la mente de Dani cruzó los rostros de sus aliados. Estaba haciendo lo que ellos querían, estaba acercando el momento de la batalla final, claro que a ver que iban a pensar cuando aquella noche los sacara de sus camas para enviarlos a pasar frio y hacer más guardias todavía por la próxima amenaza de los Corsos.

Si todo salía bien, Dani solo quería volver a ver a Diego y… dormir. Estaba tan cansada últimamente con tanta salida nocturna que las fuerzas flaqueaban y la velocidad de sus músculos se ralentizaba por minutos.

Al cabo de un par de horas la tormenta se suavizó. Las motos entraron en el campamento sorprendiendo a los hombres de Castro que no tardaron en reconocerlas como las chicas de Carmele.

14

Aquella mañana las noticias volaron como la pólvora y el bullicio en el “muro” era notable, tanto, que Dani despertó con el ruido y los gritos alegres de los que ocupaban lugar en el local.

Terminaba de despertarse cuando la puerta se abrió con un golpe seco.

Dani, medio incorporada, observó a Cruz extrañada.

 -¿Qué ocurre?

 -¡Como si no lo supieras! – cerró la puerta con el pie y caminó hacía Dani con paso firme -¡fuisteis solas! ¿Qué pasa Dani?

 -Nada – respondió fingiendo no entenderla.

 -¡no ibas a salir! Nunca eres tan impulsiva ¿Qué te movió hacer esa locura?

“Locura” ¿es que todos la iban a tachar de loca? ¿Por qué? ¿Por cumplir su promesa? Golpe por golpe. La diferencia es que ella no infligía daño físico a nadie siempre que no fuera un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, eso era harina de otro costal.

 -¿Por qué crees que fui yo quien ideó ese plan?

 -Me lo ha dicho Alicia ¿Qué ocurre Dani? No creo que esa sea la manera correcta de llamar la atención del Torresino. ¿Por qué no le dices claramente todo lo que te gusta y…?

 -¿y qué hago con mi prima Cruz? Diego y ella… ya sabes…

 -¿están juntos? – preguntó curiosa.

 -Pues creo que sí.

 -¿lo crees  o lo sabes?

Dani bizqueó pensativa durante unos segundos.

 -No sé cómo hemos llegado a esta conversación. No era de Diego de quien me hablabas y además, no llamo su atención de ninguna manera. No quiero ni pensar en lo que dirá cuando se entere que soy un Justo. Él y muchos.

 -¡pues que van a decir Lady! Te admiran, no importa ni el nombre ni el apellido que lleves. Eres tú y… - hizo una pausa para mirarla con una sonrisa torcida – me hubiera encantado estar allí y ver la cara de los Corsos.

 -Y a mí también pero te confieso que por primera vez pasé miedo. No estaba muy segura de que pudiéramos regresar con el temporal. ¡Les dimos un susto de muerte a los Castro – Irún! – rio.

 -Allá andan jactándose de saber del incendio de la ciudad antes que nadie. Menudo revuelto habéis montado, desde luego ahora sí que pesa una grave amenaza contra los poblados.

 -Y antes también – Dani la relató los planes de los Justos en la iglesia de los Damales.

 -¡que hijos de puta! Los Justos son capaces de todo y no debería extrañarme, pero quemarlos vivos…

Dani buscó los ojos de Cruz que se había quedado pensativa con la vista clavada en un punto fijo de la pared. Dani tragó con dificultad. Cruz no terminaba de superar lo ocurrido en su vida hasta que no acabara con aquel Justo que la había arrebatado su virginidad y su alma de mujer. Dani no pensaba impedírselo. Imaginaba que el culpable sería uno de sus hermanos mayores o algún primo… cuando llegara el momento, cerraría los ojos y dejaría a Cruz efectuar su venganza. No porque no quisiera tomar partido o le diera miedo o pena por tener su misma sangre, sino porque era algo que había prometido a Cruz a cambio de quedarse en el “muro”. Solo rezaba para que Javiche no hubiera tenido nada que ver.

 -He pensado en prepararles una emboscada cuando se acerce la fecha. Deberán internarse bastante en nuestras tierras y tendremos mucho tiempo para jugar con ellos.

  -¿jugar? – Cruz negó con la cabeza -¡que mueran!

Dani se mordió el labio inferior con una sonrisa burlona.

 -Bien, les haremos creer que en la iglesia estarán todos reunidos, viendo lo que hagan ellos así actuaremos nosotros.

 -Cada vez se pone más peligros e interesante.

 -Y esto va a peor – Dani sacó la ropa del armario y comenzó a colocársela en un brazo – me ducho y bajo a celebrarlo, por cierto hemos traído algo de combustible, lo dejamos en el cobertizo, abastece primero las motos porque no hay mucho – Dani se metió en el baño y cerró la puerta.

Las cosas iban a peor sin remedio. Era como lanzarse a un pozo y coger velocidad al tiempo que el final se apresuraba.

¿Por qué había sido tan imprudente? ¿Por qué había puesto en peligro no solo su vida si no también la de su prima?

Bajo el chorro de agua golpeando su cabeza se prometió ser más cuidadosa. Era bueno planear todo con anticipación evaluando los pros y los contras.

Sintió el agua templada presionando su cabello, deslizándose de forma agradable por su cuerpo llenándola de una sensación tibia y cálida. Los músculos se relajaron y terminó por dejar la cabeza hacia atrás empapando sus hombros y su rostro.



Más tarde, cuando descendió la escalera, sus ojos claros repararon en los hermanos Torresino que charlaban con Vaquero tomando un café caliente. No pudo apartar los ojos de Diego, de su rostro moreno, de su cabello oscuro, de su fuerte cuerpo. ¡Cuánto deseaba echarse sobre  él! Besarle los labios y alegrarse de seguir con vida un día más.

Dio un ligero respingo cuando la mirada dorada del hombre se posó en la de ella.

Dani, ruborizada apartó la vista y continuó bajando.

Carmele la detuvo en su camino frunciendo el ceño con disgusto.

 -¿has visto a Cruz? – la preguntó doblando un sucio trapo entre sus manos.

 -Sí, hable con ella hace un rato.

 -ah, bueno – la mujer se atrevió a sonreír – ¿Estaba muy enfada?

 -Solo un poco – rio Dani.



Carmele la apretó con fuerza dándola un rápido abrazo.

 -Me alegro de que estés de vuelta – dijo con sinceridad.

 -Yo también – sonrió Dani – yo también.

15

Diego la observó con atención. La joven aún tenía el cabello cobrizo húmedo sobre la espalda aunque el flequillo comenzaba a revolverse como de costumbre. La vio hablar con Carmele y el rápido abrazo entre ellas ¿podría ser verdad lo que sospechaba su hermano Seth?  ¿Dani había tenido algo que ver con el asalto a la gasolinera?

Se hacía tantas preguntas en torno a ella que le confundían ¿Por qué Dani no le habló de su familia? ¿Por qué no decir a que poblado pertenecía exactamente?

Si, Dani buscaba la libertad como todos, pero ¿Qué la retenía en el sur del país? Y es que una pregunta llevaba a otra y ni siquiera estaba seguro de querer conocer todas las respuestas.

 -Buenos días chiquita – saludó Vaquero - ¿has desayunado algo?

 -Buenos días – contestó ella – Ahora me traerá Carmele algo – miró a Diego con una sonrisa – Eres muy madrugador y eso que hoy no hay reparto.

 -Lo sé – hizo una mueca burlona, la dejó un hueco junto a él y al moverse observó al grupo de tres hombres que se dirigían a una mesa. Era consciente de no conocer a muchos de los presentes pero algo en ellos llamó su atención. Quizá la manera en que miraban a Alicia que conversaba con una de las chicas. – Vaquero – le llamó en voz baja - ¿Quiénes son esos?

Seth y Dani con disimulo también miraron.

Escucharon la exclamación de Dani antes de colocarse de espaldas a ellos.

 -¿Quién? –Vaquero la miró preocupado.

 -Corsos – Dani se escabulló a la salida entre la gente.

 -Ve a buscar a Cruz – le dijo Vaquero a Seth.

 -¿Qué hacemos? Puede haber más.

Vaquero asintió nervioso.

 -Deben estar demasiado furiosos para que hayan llegado hasta aquí – masculló entre dientes.

Diego, fingiendo una tranquilidad que no sentía apoyó la espalda en el mostrador de local intentando adivinar qué era lo que tramaban esos hombres.

Una buena venganza seria destruir el “muro” No iba a seguir con esa incertidumbre mucho tiempo. Antes de dar un paso hacía los Corsos, Vaquero le detuvo por el brazo.

 -No vas armado – le avisó – Toma.

Diego tomó la automática que le entregaba. La culata estaba fría en su mano. La guardó en el bolsillo de la cazadora y dejó su mano descansando sobre el acero. No estaba seguro de lo que hacer, cruzaban mil pensamientos por su cabeza.

No podía quedarse de brazos cruzados sabiendo que los Corsos habían atravesado los límites hasta el “muro”

Sin vacilar y con paso firme caminó hasta ellos.

No hablaban, solo miraban, estudiaban rostros y constantemente detenían sus miradas sobre Alicia.

Uno de ellos se volvió en su asiento topándose directamente con los fríos ojos ambarinos que habían tomado un tono oscuro y vacío, intimidante y peligroso.

Diego no dejó que el hombre se incorporara y le señaló el bolsillo donde guardaba el arma. Inclinó su cabeza hasta quedar muy cerca de la del Corso. Los otros hombres se giraron a él expectantes.

 -Los Corsos no son bienvenidos por aquí – les dijo con voz amenazante – Vamos fuera.

 -¿y si no lo hacemos? – preguntó el que estaba más alejado. Hablaba burlonamente pero las diminutas perlas de sudor en su frente le delataron.

 -Lo haréis – siseó Diego tajante retirando el seguro de su arma dentro del bolsillo.

En el local nadie sospechaba de nada, seguían hablando de varios temas a la vez. Algunos hacían mucho que no se veían y lo celebraban entre risas y abrazos, otros ya se atrevían hacer planes de futuro. Seguramente en el local hubiera hombres de los siete poblados felices por compartir un poco de placer en las noticias, de saludarse como antaño, de salir a divertirse.

 -Vayamos fuera – dijo uno de ellos. Era apenas un jovencito recién salido del cascaron – veamos lo que quiere – les dijo a sus colegas.

 -Si – intercaló Diego con una sonrisa que pretendió ser presuntuosa – No dejo de preguntarme que diría toda esta gente si supierais quienes sois. ¿Hacemos la prueba?

Dos de aquellos hombres se miraron entre si durante unas décimas de segundo, se incorporaron del sitio recién adquirido y precedieron el paso a Torresino.

Seth y Cruz ya estaban esperando fuera apuntándolos con sendas escopetas.

 -Al cobertizo – les indicó la muchacha – Más vale que no intentéis nada porque estoy deseando poder apretar el gatillo.

El sujeto más joven de todos negó rápidamente con la cabeza y se giró para buscar a Diego.

 -No teníamos planeado hacer nada – explicó.

El mayor de Torresino se encogió de hombros despectivamente.

 -Pues tú dirás a que habéis venido.

 -Vamos dentro – insistió Cruz sin dejar de apuntar a los Corsos. Vestía de cuero negro como era habitual. La calma que solía poseer se había esfumado y una rabia intensa se reflejaba en sus emociones.

En el interior se hallaba débilmente iluminado. Había cajas apiladas contra la pared.

Una ráfaga de viento balanceó la bombilla que colgaba por un cable suspendido en el centro del inmueble. Las demás luces no las habían encendido y las sombras danzaron suavemente sobre el piso.

Los tres hombres arrojaron sus armas a los pies de Diego quien finalmente sacó la automática para apuntarlos.

 -¿y bien? – preguntó con voz ronca. Su mano no temblaba sobre la culata. Su apariencia era totalmente peligrosa, sus ojos lacerantes y fríos como el hielo - ¿Qué hacéis aquí?

Silencio. Resonó desde el fondo del cobertizo los percusores de varias armas.

Al principio Diego pensó en haber caído en alguna trampa, pero Cruz y Seth no se habían sobresaltado al escuchar el ruido entre las sombras.

 -¿Quién va a contestar? – instó Diego sin cambiar un ápice la expresión de su rostro.

 -Yo, yo – dijo uno de ellos levantando sus manos en alto – ¡la hemos cagado! – se mostró muy nervioso casi atemorizado. Los otros dos no se hallaban en distinta situación, temblaban y el miedo asomaba a sus ojos.

 -Era un prueba – se adelantó otro – ¡Es que no os lo vais a creer! – se golpeó la cabeza con una mano – Anoche bebimos algo más de la cuenta y decidimos cruzar los limites. Solo queríamos chulearnos ante los Justos… no pensábamos hacer nada, pretendíamos ver que podíamos escuchar – el que hablaba se mordió las uñas nervioso. –Averiguar quien de vosotros atacó anoche…

Diego frunció los labios en una mueca divertida y arqueó las cejas.

 -Yo diría que estabais expiando.

 -Sí, se puede decir así pero… - levantó la mano con la palma abierta – Algunos de los Justos saben que estamos aquí, salimos con ellos y apostamos a que llegaríamos hasta el “muro” y como prueba debemos aportar alguna información sobre algo, no importa sobre qué.

Diego, casi olvidándose del arma pero siempre pendiente de aquellos tipos se cruzó los brazos sobre el pecho.

 -¿y ya sabéis lo que vais a contarle a los Justos?

 -Acabamos de llegar – respondió otro.

Cruz aflojó la escopeta que sostenía bajo la axila pero enseguida la agarró con fuerza cuando la puerta del cobertizo se volvió abrir.

Alicia entró con la vista clavada en los Corsos. Su mala leche flotaba como un aura trasparente en torno a ella.

Diego la observó intrigado. Ella pareció reconocer a alguno porque les saludó fríamente con un seco movimiento de cabeza.

 -¡Sois uno niñatos! – dijo la joven entre dientes fulminándoles con la mirada.

Los sujetos dieron un paso atrás. No se atrevían a moverse más recordando los percutores que escucharon al poco de entrar.

 -¡no diremos nada Alicia! ¡Esto no va contigo! – dijo uno.

 -Por favor – gimió el más jovencito de todos – No nos hagáis nada.

Alicia no supo si echarse a llorar o a reír del estado tan patético en que se hallaban esos tres, se giró a Diego que la notó preocupada, indecisa.

 -No podemos dejar que se marchen – le susurró Alicia.

Diego Torresino aspiró con fuerza. Deseó que Cruz o Seth tomaran las riendas del asunto. Los Corsos estaban en el “muro”, eran prioridad de ellos ¿y si hacía o decía algo indebido que les llevara a todos al peligro?

Era responsable de su gente, de los Torresino, no de todas las personas que estaban ahí. ¿Qué debía hacer? No podía pensar en matarlos y tampoco sabía cuál importante era la información que los chicos habían podido recabar.

 -De momento no os podemos dejar que os vayáis – explicó Diego aceptando que todos habían cometido locuras siendo jóvenes, sobre todo cuando estaban relacionadas con apuestas, él personalmente lo llamaba novatada. Claro que aquello no era lo mismo. Los Corsos eran luchadores y sabían perfectamente donde se estaban metiendo cuando acudieron al local de Carmele. Era una gilipollez haberse adentrado hasta la misma boca del lobo.

 -¿los vamos a retener? – Alicia se enderezó – van a tardar mucho en poderse ir, quizá todo el invierno.

 -¿Qué sugieres tú? – le preguntó Diego con una semi sonrisa, pensaba que Alicia lo único que pretendía era meter miedo a los niñatos como había dicho ella.

 -Yo los mataba ahora mismo – se sinceró. Diego descubrió en su mirada que no bromeaba.

 -Por favor, haremos lo que digáis – rogaron los Corsos con diferentes palabras todos a la vez. Nadie les prestaba atención.

Seth miró a Cruz con indecisión y está asintió:

 -Lo que ellos saben es algo que hemos mantenido en secreto durante un tiempo, un par de años – Cruz respiró con angustia y la escopeta tembló ligeramente – Si ellos hablaran no solo tendríamos una batalla con ellos, también generaría enfrentamientos internos entre nuestra propia gente.

 -No te sigo – dijo Seth con rostro preocupado.

Dani y dos muchachas más salieron de entre las sombras. Estas últimas, cargadas con escopetas, se detuvieron junto a Cruz y Seth pero Dani continuó hasta acercarse a los Corsos.

Uno levantó la vista hacia ella con temor. La observó desenvainar una larga Catana, brillante y afilada.

Diego también la miró con sorpresa y un extraño escalofrío recorrió su columna vertebral.

Dani parecía hallarse en trance, concentrada. Los ojos grises refulgían furiosos. Su boca, un rictus frio e inexpresivo. Vestía de cuero oscuro y brillante con unas pesadas botas también negras. Tenía un cinturón plateado alrededor de las caderas que dejaba ver la pistola sobre su muslo derecho. Su cuerpo delgado y esbelto y su rostro de niña no intimidaban tanto como su pose peligrosa y su silencio.

El Corso más joven exclamó al toparse con los ojos de un Justo. La mente le traicionó cuando soltó un suspiro de alivio. No estaban en peligro si no con aliados, porque Lady era aliada ¿no?  Solo sabía de la muchacha que había huido porque no quería casarse con Bernardo, pero la verdad es que todos pensaban que estaba fuera del país.  Fuera del país no era lo mismo que en el Sur junto a la escoria. ¿Estaría infiltrada?

Dani balanceó la larga hoja con suavidad y dibujó ante los ojos de un Corso medio aro.

Diego la vio cerrar los ojos con fuerza luchando contra ella misma, dudando.

 -Serán encerrados – Se colocó junto a Dani y apoyó su mano sobre el brazo de ella que sostenía el arma. Por un segundo sus ojos se clavaron en el brillante acero, hipnotizado al ver su propio reflejo y el de Dani, apenas separados por milímetros. Una imagen clara y bien definida. Dani le observaba en silencio – Les pondremos en la estación de Servicio.

 -No te preocupes más por este tema Diego. Tú ya tienes suficiente con tu familia – Dani volvió a observar a los Corsos – Los tres iréis al poblado de los Damales. Seréis…

 -¡No! – gritaron los retenidos como si se hubieran vuelto locos de repente. Todas las armas volvieron apuntar sobre ellos.

 -Seréis encerrados en la iglesia – continuó diciendo Dani – eso es lo correcto ¿no?

Diego enarcó las cejas cuando la muchacha le miró.

 -¿los Damales estarán de acuerdo? – preguntó Seth extrañado.

 -Lo estarán – asintió Alicia – Estos planean incendiar la iglesia la noche de fin de año. Si no lo consiguen atacaran su poblado como poco.

 -¿Cómo lo sabéis? – lloró un Corso llevándose las manos a la cabeza con desesperación.

 -¡Eres una traidora! – gritó otro con histeria en dirección a Dani.

La espada de Dani, con una velocidad impactante se apoyó contra el cuello del que la increpó, presionando ligeramente. Un hilo de sangre oscura descendió sobre la cazadora del intruso.

Nada la impedía golpear un poco el arma y abrir el gráznate de la carne blanda. Deslizó la hoja hacía un lado rozándole la oreja, la piel volvió a sangrar.

 -¿es cierto? – Diego se enfureció de nuevo y buscó la respuesta en los ojos de Alicia.

 -Nos enteramos anoche.

El mayor de Torresino con paso firme tomó al Corso de las solapas de su cazadora alejándole de Dani y le elevó obligándole a ponerse de puntillas:

 -Vamos a tener una charla – Rugió Diego – si no me gustan vuestras respuestas yo mismo os quemaré vivos.

16

Dani observó cómo Vaquero y varias personas más trasladaban a los Corsos a la estación de servicio.

El viento soplaba helado golpeando contra los maderos del tejado del porche.

Habían registrado el “muro” y sus alrededores sin hallar rastro de ningún enemigo más. Por otro lado, la mayoría de los presentes ya conocían la existencia de aquellos pobres malditos y se habían reunido en el exterior para observar quienes eran, dispuestos a lincharlos si alguien no lo remediaba.

 -¿vienes Dani? – Diego la tomó del codo.

 -Deja que Cruz o Vaquero se encarguen de ello. Yo voy a comer algo que estoy famélica.

El hombre la empujó con suavidad hacía el cobertizo de nuevo. No quedaba nadie más por allí.

 -¿de qué les conoces Dani? – Preguntó con voz firme – si te das cuenta estoy involucrado en esto más de lo que debiera. Yo y todos después de lo que sucedió anoche. Tenemos que estar unidos pero necesito saber…

 -Mi nombre no es Dani – susurró con voz temblorosa. Intentó leer en los ojos masculinos ¿la vería como a una enemiga?

Diego sin embargo la miraba con incertidumbre, con un profundo calor que abrasó hasta la fibra más sensible de sus nervios.

– No soy del sur.- Estaba nerviosa bajo los atentos ojos dorados. Sintió la boca seca con un ligero sabor a oxido que descendió por su garganta.  Se acercó más al hombre casi rozando su cuerpo grande – Soy un Justo.

 -¿del clan o la ciudad? – preguntó. No pareció extrañado. Esa respuesta era algo que había esperado y bastante lógica dado todos los misterios que la rodeaban.

Dani se estremeció, la voz de Diego era terciopelo sobre su rostro. Pudo sentir el calor que desprendía todo él y como volaba hasta el suyo convirtiéndose en pequeñas corrientes eléctricas viajando por sus venas.

No supo por qué pero algo la dijo que podía confiar en el mayor de Torresino. Se llenó de fuerza, aspiró el frio oxigeno que invadió sus pulmones como si de coraje se tratara.

 -Soy Lady de los Justos. Hija del Justo y ex prometida de Bernardo de los Corsos – forzó una sonrisa nerviosa y le observó atentamente.

Diego abrió la boca sorprendido, las palabras no salieron de sus labios. Frunció el ceño uniendo las cejas, incapaz de apartar sus hermosos ojos dorados de ella.

 -¿estás hablando en serio? – preguntó finalmente con perplejidad.

 -Si – Dani asintió y elevó una mano hacia la frente del hombre queriendo alisarle la multitud de arrugas que se habían formado – Sé sincero conmigo Torresino – tragó con dificultad y distraídamente llevó sus dedos a una de las ásperas mejillas por la barba incipiente que comenzaba a brotar. Seguro que Diego se había afeitado en la mañana pero la muestra de su masculinidad estaba allí de nuevo. - ¿seguirás confiando en mi a sabiendas de ser quién soy?

Diego encerró la muñeca femenina en una de sus manos sin apartarla de su pómulo. Sus ojos seguían clavados en los de ella.

 -Tanto como lo hace Carmele, Vaquero y todos lo que te rodean.

 -No todos saben la verdad – respondió dubitativa. Se estremeció cuando Diego comenzó acariciarla la parte interior de la muñeca. El hombre ni siquiera se había percatado de estar rozando la piel sedosa donde un latido descompasado pujaba por traspasar la vena.

 -¡Estas sangrando! – exclamó él en voz baja. Llevó la otra mano hacía el labio de Dani donde un pequeño corte brillaba con el color rojo oscuro de la sangre. No la importó. Su única preocupación era la conversación con Diego, la reacción ante su verdad. Él no parecía molesto con su identidad.

 -¿no me vas a decir nada Diego? – Dani se apartó y él la soltó.

El hombre caminó hacía las cajas apiladas, se quitó la cazadora y la colocó sobre las tablas de un cajón. Se giró hacia Dani arremangándose con lentitud, observándola fijamente.

Dani quiso agitar la cabeza para despejarse del repentino sopor que la estaba envolviendo. Vio los bíceps de Diego endurecerse cuando se cruzó de brazos. ¡Era tan guapo! Estaba hipnotizada, subyugada por la mirada ambarina que ardía en el interior de las cuencas.

Fuera del cobertizo el murmullo del viento era incesable, en el interior los huecos del silencio, abrumadores.

 -¿Cómo llegaste hasta aquí, Lady de los Justos?

Dani sonrió presuntuosa, alegre de no haberse confundido con él al dedicarle toda su confianza. Alzó una ceja divertida.

 -En vista de aquí en el sur nadie quería rebelarse contra mi familia ni los Corsos, decidí que yo lo haría.

Diego se echó a reír.

 -Dani o Lady… - abrió las manos. Sus ojos chispearon con diversión – No sabía que los Justos tuvieran ninguna hija – admitió un poco confuso – Háblame de tu familia.

 -¿me quieres sacar información?

Ambos rieron.

 -Siento curiosidad por tu… ex prometido. Puede que en algún momento coincida con él, y con tus hermanos. Dicen que son guerreros expertos ¿no?

 -Son personas obsesionadas con las armas y la lucha, con deseos de poder y grandeza. No conozco mucho a Bernardo, más bien de vista de haber coincidido en la ciudad. Venia por casa como todos los que se relacionan con los Justos, pero yo personalmente no he cruzado con él ni dos palabras.

 -¿y entonces…? – Se sorprendió -¿fuiste su novia?

 -¡no! En cuanto me enteré del compromiso me marché – como Diego volvía a fruncir el ceño, Dani continuó: - mi padre es que el que ordena y manda, arregló el noviazgo con los Corsos como una especie de alianza.

 -¿Cuánto hace de esto?

 -Cerca de dos años. Pocos saben que estoy aquí en estas tierras.

 -¿y si tu familia se entera? ¿Qué ocurriría? Me refiero, aparte de destrozarnos a nosotros ¿insistiría con esa boda?

 -¿Qué? – Dani abrió los ojos al tiempo que negaba con la cabeza – mi padre me mataría si pudiera ponerme una mano encima.

 -¿eres la única hija?

 -Si – pasó a relatarle a grandes rasgos lo que había sido su vida como un Justo, no obstante a ella no le pasó por alto la apenada mirada con que Diego seguía su historia. Seguramente él trataba de imaginar a la niña desdichada que jamás había vestido ni sentido como mujer.

No la interrumpió en ningún momento. Ambos habían tomado asiento sobre las cajas, muy cerca el uno del otro.

La intensidad con la que Diego la observó después de terminar de narrarle su vida, la hizo ruborizar.

El hombre alargó su mano para acariciar el revuelto flequillo caoba.

 -¿Qué tienes con mi prima? – Preguntó Dani de sopetón. Sus mejillas adquirieron un tono rosado, sabía que se iban a besar.

Diego deslizó la mano hasta rozar la tersa mejilla y la llevó tras la cabeza de la joven para enredar los dedos entre sus cabellos. Acarició los mechones pensativo, embriagado por el olor dulzón que desprendían.

 -Nada – murmuró con voz ronca atrayéndola hacía él.

Dani no creyó que estuviera cediendo al impulso del Torresino. Vio los labios acercándose a los suyos con lentitud y sintió la firmeza de la mano aferrando su nuca.

Deseó ese beso. Quería averiguar cómo seria, que es lo que sentiría pero la imagen de Alicia cruzó repentinamente por su mente.

Descendió la cabeza en el momento mismo que el hombre fue a besarla. Los labios masculinos chocaron en su frente.

Diego la apartó ligeramente para observarla.

 -Creí que te gustaba Dani – la voz de Diego sonó ronca, cálida. Acercó los labios a su mejilla y dejó un camino de fuego allí donde rozaba la piel.

Dani se estremeció y asintió asustada.

 -Prométeme que entre Alicia y tú no hay nada – suplicó tratando de resistirse a los suaves besos de Diego que dejaban surcos abrasadores.

El hombre la tomó la cabeza entre sus manos y fijó la vista en sus ojos.

 -Te juro que nunca hubo nada Dani.

No la permitió titubear, esta vez se apoderó de su boca con firmeza, presionando con pasión contenida.

 Esperó que ella entreabriera sus labios y se rindiera a su boca.

Dani no opuso resistencia y se sintió enloquecer. Era la primera vez que alguien la besaba y cuando saboreó a ese hombre igual que él hacía con ella, lamiendo sus labios y su lengua, explorando cada pared de su boca, sus dientes… una corriente nerviosa nació de la parte baja de su vientre  pidiéndola algo más, deseaba más. Se apretó contra él buscando su cuerpo, devorando los labios, mordiendo la suave piel, succionando con avidez.

Ambos respiraron agitados, sin aliento. Olvidándose del resto del mundo durante largos minutos, envueltos en la calidez de lengua contra lengua que se acariciaban ansiosas, se retorcían y se buscaban trasmitiendo ocultos sentimientos.

Hacia frio pero ninguno de los dos lo sentía. Dani le había rodeado la cintura con ambos brazos y se estrechaba contra él con total determinación. Si ella no hubiera sido virgen, si hubiera sabido en el estado de excitación que Diego estaba alcanzando, seguramente hubiese huido de aquel lugar. La mano del hombre bajó hasta la estrecha barbilla e intensificó el beso.

17

Dani notó cuando Diego elevó la cabeza abandonando sus labios. Algo había llamado la atención del hombre.

Ella pestañeó varias veces y como una endemoniada despertó del trance en que se hallaba. Una helada y seca ráfaga de aire golpeó su nuca con brusquedad.

Cuando giró vio a Seth que esperaba en la puerta abierta. Tras él, una espesa niebla se zarandeaba con la ventiscan formando numerosos remolinos.

Difícilmente podía verse el exterior. El ruido ascendía haciendo gritar los tejados de los edificios, las tablas crujieron.

 -¿vienes? –la preguntó Diego rozando su mejilla con los labios antes de apartarse del todo.

Dani le miró de reojo y negó con la cabeza.

 -Diego si quieres hablamos alguno de nosotros con los Corsos – le avisó Seth tamborileando con los dedos en la vieja madera de la puerta donde parte del barniz se había desconchado hacía tiempo.

 -Tu hermano tiene razón – Dijo Dani volviéndose a observar cómo se bajaba las mangas del jersey y se colocaba la cazadora de nuevo. Diego estaba bastante serio por lo que se le venía encima.

 -Ellos han decidido los Damales pero podría haber sido cualquiera de los poblados incluido el nuestro. Es hora de comenzar a unirnos porque no creo que tarden en entrar en nuestras tierras arrasándolo todo.

 -¿y los mayores? ¿Y todo lo que pensabas…?

 -Todo está cambiando. Es el momento que estábamos esperando – Interrumpió Diego a su hermano.

 -Sí pero deberías discutirlo con la familia – insistió Seth – Sabes que te apoyaran…

Diego se encogió de hombros y guiñó un ojo a Dani.

 -Si tengo que ser yo el que os dirija, así será.

Ella le abrazó:

 -Prefiero no escuchar lo que dicen los Corsos – le dijo a Diego con ojos brillantes pensando aún en el beso. Las palabras de Diego, algo que había esperado desde hacía mucho tiempo la llenaron de dicha. Por fin Torresino aceptaba el mando.

La guerra había comenzado hacia años pero el final, el enfrentamiento que decidiría el destino de todos se hallaban presente. Más cerca de lo que creían y en este momento el sur no podía actuar por separado.

 -Ir vosotros – Dani acompañó a Diego hasta la puerta – Nos vemos después.

El hombre asintió subiéndose la solapa de su abrigo. Dani corrió hacia el “muro”. Copos de nieve movidos por el viento se enredaron en sus cabellos humedeciéndoles.

Aún había gente diseminada por las mesas del local, muchas menos personas que las de primera hora de la mañana pero un número bastante importante.

Con pasos ligeros se acercó hasta el mostrador, en su rostro se dibujaba la preocupación o incluso la sorpresa.

No había escuchado entrar a Seth cuando Diego la besó. Para su padre, el Justo, hubiera sido un error imperdonable. De haber sido algún enemigo no tenía la seguridad de haber reaccionado a tiempo.

Cierto que junto a Diego se sentía más tranquila y relajada, la misma sensación que con Alicia.

Al recordarla aspiró con fuerza. No podía postergar más el asunto. Debía sincerarse con ella, hablarla con el corazón pero sin dañarla. Si viera el mínimo gesto de dolor en el amado rostro de su prima, ella se alejaría de Diego aunque su alma se fuera con él.

Por otro lado también le parecía una solemne tontería pensar en ese tema en aquel momento pues sin lugar a dudas, había otras cosas mucho más importantes en que pensar. Hechos que no dependían tan solo de ella o de alguna persona en concreto.

Se mordió el labio con suavidad y la lengua pasó sobre el pequeño corte que comenzaba abultarse. ¡Había sentido tanta rabia al ver a los Corsos…!

Apoyó las manos en el mostrador y agarró el saliente de la base con fuerza.

Carmele se acercó a ella de frente. El trapo que normalmente  llevaba en la mano, colgaba de una trabilla de su pantalón Vaquero. Era un paño que debía ser blanco sin embargo lucia amarillento con grandes rodetes colorados de tomate.

 -Como nos hagan muchas visitas nos quedaremos sin alimentos en menos de una semana – comentó sirviéndola un vaso de cerveza.

 -Esperemos que Juan llegue antes – levantó la vista y la clavó en la ventana situada junto a la puerta. La estación de servicio se desdibujaba a través de la neblina.

 -¿os reconocieron? – preguntó Carmele deseando poder enterarse de algo.

 -Sí. ¡Menuda información se hubieran llevado! – Agitó la cabeza – están completamente desesperados, se arrepentirán de haber llegado hasta aquí – bebió un largo trago y desabotonó el cuello de la cazadora.

No había calefacción eléctrica pero con la chimenea chisporroteando con fuerza y el bullicio de la gente, la temperatura era bastante agradable.

 -No me gustaría estar en sus pellejos.

 -Los Corsos se han debido pensar que esto es un juego. Les enseñan unos cuantos ataques y varios golpes y creen que son los suficientemente mayores como para imponer su propia ley.

 -Mayores no Dani, pero sí muy peligrosos si fueron entrenados como tú.

 -Pues seguramente así sea – asintió con una mueca desagradable – podría apostar a que nunca han participado activamente y de momento tampoco les hemos dado oportunidad de ello. Veremos a ver qué hace Diego, se enfureció bastante con lo que piensan hacer con los Damales.

Carmele volvió a llenarla el vaso con más cerveza.

 -No me extraña, podía haber sido su poblado el elegido.

 -Eso es lo que ha dicho él – Dani saboreó el líquido dorado. Ni siquiera sabía porque lo bebía. La cerveza era fuerte y amarga, nunca la había gustado. Se lamió los labios retirando un hilillo de espuma – Necesitamos reunir a los representantes de todos los pueblos. Habría que avisar a los montañeros para que coloquen trampas y enviar a algunos de los muchachos para que saquen la máquina quitanieves…

 -No tiene combustible – interrumpió Carmele. – Voy a concertar un día para ultimar detalles y sobre todo hablaré con los Damales, parecían reacios a decidirse por la unión aunque después de lo que los Justos planean no creo que se opongan. 

 -Eso espero. No tengo intención de obligarlos ni de amenazarlos pero deben entender que si quieren nuestra protección deberán colaborar – apartó el vaso dejándolo más cerca de Carmele que de ella – Me repatea las tripas cuando apartan la vista hacia otro lado si no es a ellos a quienes atacan. ¿Cómo podemos defendernos si no responden en la lucha? No son más que una panda de…

 -¡Dani! – Carmele detuvo sus palabras con enojo - ¡no todos somos como tú!

 -¿Cómo soy yo? – Preguntó incrédula – Lo único que quiero es acabar con todo esto, que mi padre deje de creerse dueño y señor de todo cuanto le rodea, si consigue ganar esta guerra…

 -que no lo hará.

 -Pero si lo hace, su afán de conquista iría a más. Sería como un nuevo Napoleón que llevará a mucha gente a una muerte segura.- Los ojos de Dani se volvieron ansiosos al mirar a Carmele – si no estamos atentos moriremos todos.

 -No estamos asustados Dani – aseguró la mujer palmeándola el brazo con afecto – muchos de nosotros estamos muy bien entrenados. ¡Solo tienes que mirar a mi niña!

Dani rio por lo bajo. Cruz no tenía el mejor de los entrenamientos pero si una firme resolución y una rabia infinita que la ahogaba en vida.

 -Carmele yo jamás he sentido temor por los demás. Posiblemente sea capaz de entregar a cualquiera sin un resquicio de remordimiento.

 -¿me entregarías a mi o a Vaquero? ¿A…?

 -¡no! ¡Claro que no! Me refiero… - Dani tragó con dificultad, no sabía cómo decir las cosas sin herir a Carmele. Prefirió callar.

Carmele guardó silencio y la miró fijamente. Conocía a Dani y sintió un repentino escalofrío descendiendo por su columna vertebral al ver la fría y peligrosa mirada de determinación en los ojos grises.

Dani era capaz de muchas cosas, entre ellas de cerrar los ojos ocultando sus verdaderos sentimientos bajo una gruesa capa del más duro cemento. Sin embargo no la culpaba, la habían criado en una fortaleza inculcándola el amor por la batalla, entrenándola para gobernar una nueva e independiente capital y Carmele, como todos los que rodeaban a Dani, confiaban en que les llevaría al triunfo, a la libertad. Solo ella podría conseguirlo pensando como un Justo.

 -Dani, llegado el momento tú corazón te dirá de qué lado estas – los labios de Carmele dibujaron una sonrisa carente de emoción – yo siempre lo he sabido.

Dani la observó alejarse para atender a recién llegados.

¡Claro que sabía de qué lado estaba! Defendería a muerte a todas las personas que consideraba su auténtica familia.

Recordó que Diego estaría hablando con los Corsos y no pudo dejar de preguntarse cuáles serían sus artes en la lucha. Un miedo atroz se alojó en su interior. ¿Y si le ocurría algo a Diego? ¿Podría protegerle como hacía con Alicia?

Nunca había sentido nada parecido por alguien. Nunca había conocido el amor entre un hombre y una mujer, y desde luego ese sentimiento no era igual que lo que explicaban en los libros. Nadie le había dicho que la palabra amor iba acompañada del miedo. Terror a perder a la persona amada. Levantarse una mañana y descubrir que todas las emociones que el amor te da, también te las puede quitar con un mal golpe del destino.

¿Eso era amor? ¿Cómo podía estar segura?

No ver a Torresino cada mañana seria doloroso, no quería prescindir de ello. ¿Enamorada? Sí, soñaba con él en un mundo distinto, diferente. Sentía nostalgia al pensar que si hubiera seguido con los Justos, tarde o temprano se hubiera enfrentado a Diego sin llegar a conocerle.

18

El viento silbaba entre los escasos edificios rugiendo de forma fantasmal, aullando como un lobo herido. Ráfagas de aire frio penetraban por todas las rendijas y huecos de la casa llenando el ambiente con el olor del húmedo invierno. Las ramas de los pocos arboles de la avenida principal se zarandeaban descompasados en una danza caótica con pequeños intervalos de helada quietud. Cuando la fuerza del viento aumentaba, sus bramidos encolerizados sacudían los cimientos y hacían temblar los fuertes tejados, amenazando con derribarlos.

La lluvia caía incesante en forma de enormes goterones que golpeaban contra el piso, salpicando por doquier las calles embarradas, repiqueteando con insistencia y produciendo un eco metálico al chocar contra las chapas de los vehículos del aparcamiento.

Grandes charcos de agua sucia rodeaban al “muro”, allí por donde desaguaba el porche y sobre todo por los sitios donde las tuberías se hallaban partidas u oxidadas, picadas y deterioradas por las inclemencias del tiempo. El lugar se había convertido en un importante lodazal de nieve, agua y barro.

El cielo completamente gris ceniza parecía estático, vacío. De vez en cuando alguna estela de nube de un tono más oscuro, cruzaba el cielo velozmente.

El día estaba dando paso a una oscuridad siniestra. Una noche intransitable para ningún ser vivo. El aroma de la tierra mojada potenciaba la fragancia de la hierba que cubría la ladera, oculta por una espesa capa de nieve blanca y dura.

Dani estaba sentada en el suelo junto a la cama con la espalda apoyada en esta. Se sobresaltó cuando la puerta del dormitorio se abrió de repente.

Había esperado que fuera Diego en lugar de su prima. La miró fijamente estudiando el rostro cansado. El maquillaje de los ojos se había extendido hacía las sienes dejando varios trazos oscuros. La preocupación se dibujaba en la comisura de sus labios.

 -¿Qué ha pasado? – preguntó Dani. Se puso de rodillas como si así estuviera más cerca de ella.

Alicia movió la cabeza con suavidad. Tenía el cabello mojado.

 -Lo que sospechábamos. Quieren quemar la iglesia si los Damales no se rinden a ellos.

 -Una amenaza en toda regla – murmuró Dani sin dejar entrever ninguna de sus emociones. No podía dejar que Alicia la viera dudar.

 -Lady ¿crees que estamos preparados?

 -Este tiempo es horrible. No creo que nadie venga a sacar a los Corsos de aquí por el momento. – por la manera en que Alicia enarcó una ceja, Dani supo que no estaba respondiendo a su pregunta ¿pero que podía decirla? -Somos fuertes. Acuérdate que la mayoría no había cogido un arma en su vida. Ahora somos buenos guerreros. Aprendieron a manejar la moto casi mejor que nosotras mismas y eso que no recuerdo cuando empezamos. También contamos con el factor de que son personas muy inteligentes. Si ven algo mal o no están de acuerdo, exponen sus puntos de vista para analizarlas ¡a ver cuándo iba yo a contrariar una orden de mi padre! Nunca – se respondió ella misma – Mi padre no deja que nadie piense por sí mismo. ¡Lo que él manda, bien hecho esta! Sin embargo esta gente no tiene ese afán por luchar o hacer daño, tan solo tratan de defenderse. – a medida que Dani hablaba se iba convenciendo más con sus palabras -¿Cuántos poblados faltan aún por unirse? – Se puso en pie – Alejandro y Cruz quiero que se vayan al poblado de Torresino, necesito saber cómo están ellos en la lucha y que los ayuden a mejorar. Con un poco de suerte cerramos toda la línea norte impidiendo que entren por la playa. Si para la primavera aún no se ha solucionado todo, invadiremos la ciudad y…

 -¡para, para! – Rio Alicia – has dejado volar tu imaginación.

 -¿crees que es exagerado lo que digo? ¿No tiene sentido?

 -¡claro que sí! Pero también es descabellado…

 -¿Qué parte?

 -apoderarnos de la ciudad.

Dani asintió en silencio aunque no compartía la opinión de Alicia.

 -Descabellado no. Quizá apresurado – admitió cruzándose de brazos – pero muerto el perro se acabó la rabia.

 -Cuando llegue ese momento lo planeamos ¿vale? – contestó Alicia desechando la idea a un lado.

 -Vale. Por cierta Alicia, cambiando de tema, te quiero preguntar algo, es sobre Diego.

 -Estás loca por él, no puedes disimularlo – la belleza morena soltó una carcajada – A él también pareces gustarle.

 -¿y tú qué opinas? – se atrevió a preguntar por fin.

 - creo que es tu tipo de hombre. Guapo, fuerte y posiblemente el único que consiga ganar en una discusión contigo.

Dani sonrió aliviada:

 -Pensaba que te gustaba.

 -¡claro que me gusta! – Alicia gimió al estirar los músculos de sus piernas – pero hay otros que también me gustan y de momento no tengo preferencia.

 -No te entiendo.

 - Todavía no ha llegado el hombre que me haga sentir algo especial pero sé que llegará.

 - Te lo mereces prima.



Diego estaba deseando regresar al “muro”. Los Corsos se hallaban encerrados en una habitación apenas iluminada por una pequeña lámpara. Los generadores ya no daban más de sí y el ruido que hacía era monótono y cansado.

 -¿y bien? – Preguntó Vaquero pasándose una mano por sus rizos enmarañados - ¿se quedaran aquí?

 -En un par de días los trasladaremos a los Damales. Han admitido ser ellos quienes incendiaron la granja Castro-Irún. Alguien debería quedarse a vigilarlos esta noche.

 -No te preocupes Torresino, lo han echado a suerte. Cruz y Seth se harán cargo. ¿Tu que vas hacer?

 -Le dije a Dani que pasaría hablar con ella – lo estaba deseando. Desde que había probado el néctar de sus labios apenas podía pensar con coherencia en algo más. Era como si su mente se hubiera llenado del sabor de ella y él deseaba más.

Había escuchado la historia de Lady de los Justos con cierta compasión por la niña que careció de infancia. También había visto el rostro de Dani tratando de echar a suerte a que Corso mataría primero. Se había sorprendido por la fuerza de su brazo al desenvainar la Catana.

 -Entonces ve – dijo Vaquero – Yo me quedaré aquí mientras tanto.

La oscuridad reinaba en el exterior a excepción de las débiles luces del local de Carmele. Den interior del edificio  provenía un suave rumor de conversaciones entremezcladas.

Diego la vio nada más poner los pies en la entrada. Dani se hallaba en una mesa junto Alicia charlando con voz apagada. Cuando ella levantó la vista y le miró con las mejillas sonrosadas, Diego se sintió arder, inflamado por los cuatro costados.

Desde que se había fijado en ella, gracias a Seth, no había vuelto a retozar con ninguna de las mujeres de su campamento, es más, ninguna había logrado ponerle tan duro y desesperado como la pelirroja de ojos grises que lo devoraba en ese momento con la vista.

Diego dudó que solo sintiera un deseo físico, era más bien una necesidad carnal de hundirse en el cuerpo blando de esbeltos miembros.

Dani agitó una mano invitándole acercarse y él no se demoró. Por un momento observó a Alicia y una extraña mezcla de nervios se apoderó de él al recordar la pregunta de Dani: ¿Qué tienes con mi prima?

Alicia era preciosa, pero Dani ante sus ojos lo era más. Y ya no solo la hermosura y la belleza exterior, eran las cosas que Dani le hacía sentir. Se había enamorado de ella y por primera vez veía la luz al final del camino y un futuro que todos podrían disfrutar.

 -¿Por qué no descansas un poco Diego? Llevas horas encerrado con los Corsos – dijo Dani apartándole la silla contigua a la suya.

Carmele llegó en el acto y sobre la mesa le colocó una bandeja con un plato de humeante potaje y un mendrugo de pan. Tenía hambre, no había probado bocado desde la mañana y el guiso caliente fue un regalo de Dioses.

 -Me voy un rato con Cruz y Seth – comentó Alicia palmeando los hombros de Dani – cuando discuten me parto de risa. No se ponen de acuerdo ni para ver quien sale primero del “muro”

Siguieron la vista de Alicia. Cruz se hallaba con los brazos cruzados y con un pie golpeaba el piso con impaciencia. Seth sostenía la puerta para que ella saliera primero. Ninguno se movía.

Dani rio divertida. El rostro de Seth, rojo de furia, era una mascara de rasgos oscuros y amedrentadores.

 -¡salid ya y cerrad la puerta! – Gritó Carmele atizando el fuego de la chimenea -¡se escapa el gato!

Cruz bufó como un toro y de nuevo se obligo a dar la espalda a Seth. Nunca la había gustado abrir camino.

Las personas que quedaban en el local rieron.

 -Carmele, el Torresino tienen comida la moral de tu hija – dijo alguien bromeando.

 -Mientras no la coma otra cosa – respondió la dueña soltando una carcajada. Volvieron a escuchar más risas.

Dani cruzó los brazos sobre la mesa y observó a Diego con una sonrisa ladeada.

 -tu hermano es el tío más paciente que he visto nunca.

Diego se limpió la boca con una servilleta.

 -No debe ser nada fácil llevar a Cruz. Tanto genio junto no debe ser bueno.

 -Ya pero Cruz tiene sus motivos para ser como es – susurró.

 -¿Y esos motivos son…?

 -¿crees que te lo voy a decir? – él asintió. Dani frunció los labios divertida – come y calla Diego Torresino. Jamás desvelaré secretos que no me conciernen. Por cierto – apoyó la delicada barbilla sobre sus manos. Tenia una pose tierna e infantil - ¿te gustaría tener una cita conmigo?

 -¿una cita?

 -Si – las mejillas de Dani se tiñeron de rojo – una comida, un paseo, un baile. Yo me pondría guapa para ti.

 -Tú siempre estas preciosa para mi – quiso imaginarla vestida de señorita con tacones, con bolso… Mentira, su mente calenturienta solo deseaba desnudarla no vestirla. Dani nunca había tenido una cita, nunca había sido una mujer en toda la extensión de la palabra. Diego sería su primer hombre, el único – de acuerdo – asintió él sin poderse quitar de la cabeza como acabaría aquella cita. Ambos desnudos y con los miembros entrelazados - ¿Qué te parece mañana para comer? Tendremos toda la tarde por delante.

Dani le miró entusiasmada con una sonrisa en sus labios.

 -Se te esta haciendo tarde Torresino. ¿Te quedaras a dormir o vas a tú casa?

Diego estaba apunto de explotar. Dani había vuelto a su posición actual y se acariciaba la melena cobriza como si se quitara algún nudo de su cabello. Los pechos jóvenes y turgentes pugnaban contra el grueso jersey de lana azul, e incluso pudo apreciar los pezones marcados bajo la prenda.

 -Debería marcharme – respondió sin poder apartar de si el sentido del honor y su caballerosidad. Y aun así pensando eso, no pudo reprimir el impulso de enredar su mano en el cabello de Dani para besarla con fuerza en la boca.

 -¡Vaya Carmele! Los Torresino arrasan con tus chicas – volvió a decir el de antes.

 -Metete en tus cosas – contestó Diego apartándose de Dani. Sus dorados ojos chocaron con los de Carmele y vio la secreta amenaza que escondía su mirada.

 -Como la hagas llorar una sola vez te corto los huevos ¿entendido Torresino?

 -Mami, deja que nos divirtamos un rato – intercaló Dani poniéndose en pie e instando a Diego a que la siguiera al piso de arriba.

19

Desde abajo se escucharon voces y vítores animando a la pareja que subía las escaleras.

El cuarto de Dani estaba en sombras con el reflejo de la luna penetrando a través de la ventana.

Diego volvió a sentir la frialdad de la habitación desprovista de adornos y objetos personales pero no le dio tiempo de pensar en ello, Dani le rodeó el cuello con sus brazos apretando contra su pecho. Ella estaba caliente, ardiendo y él, al mismo borde del infarto mientras se devoraban las bocas con ansia.

Sus manos se apoderaron del pequeño y redondeado trasero presionando con su miembro duro de excitación. Se prometió que en su cita sería más dulce pero por dios que en ese momento no era más que un animal en celo deseoso de descargar la pasión que le consumía desde hace tiempo.

Hubo un instante en que la sintió temblar contra sí y Diego apartó su rostro del de ella mirándola con ojos febriles.

 -¿tienes miedo? – susurró tratando de calmarse.

 -Si – asintió ella. – Pero no quiero parar Diego – estaba tan encendida como él. Su respiración era jadeante, sus manos le acariciaban los hombros y la nuca – Hazme tuya Torresino.

Diego pestañeó imperceptiblemente. ¿Le había sonado a orden? No tuvo tiempo de pensar, su cuerpo ya hablaba por él reaccionando a las palabras de Dani.

La magia se desató y ambos dieron vía libre a todas las fantasías sexuales que torturaban sus mentes desde que se conocieron. Embriagados de deseo las ropas comenzaron a volar por el piso sin orden ni concierto.

La luna no tardó en acariciar los cuerpos desnudos, Diego era tan grande y Dani tan menuda a su lado que por primera vez se sintió delicada y femenina con aquellos fuertes brazos morenos rodeando su talle. Él la hacía suspirar y su boca lamiendo uno de sus pechos la enloqueció. Diego era muy tierno a pesar de sus rápidos movimientos. Podía notar como él controlaba su fuerza, como pausaba sus movimientos para volver a lanzarse a la carrera.

 -No me voy a romper Diego – dijo ella enterrando los dedos en su cabello obligándole a que su otro seno recibiera las misma atenciones que el gemelo.

 -Me estas volviendo loco Dani – su lengua abrasó el botón de carne. Estaba tan rica y suave que se convirtió en un hambriento luchando contra la voracidad y los deseos de comerla por entero.

Las manos de Diego iniciaron una lenta agonía recorriendo las largas piernas de Dani. Masajeó el interior de los blancos muslos y las sensibles corvas. Sus dedos alcanzaron la piel oculta bajo los sedosos rizos.

Dani gimió, jadeó y suplicó rindiéndose al hombre del sur. Gritó cuando Diego, olvidado de su poco saber en el tema, invadió su cuerpo con su virilidad. El tiempo se detuvo un instante, Dani aguantó la respiración y Diego cerró los ojos.

 -Mi sirena de ojos grises – musitó con los dientes apretados contra la frente de Dani – No voy aguantarte.

Ella no entendió a lo que se refería, solo sentía una ligera molestia entre sus piernas donde todas las células de su interior se inflamaban con dardos de placer. Dani elevó la pelvis y los músculos de Diego se tensaron como si la piel fuera a rasgarse.

No quería derramarse todavía, no podía comportarse como un chiquillo imberbe que acaba abochornado su primera vez. Para él no era la primera. Suspiró con fuerza y dejó su mente en blanco, en realidad pensó en muertos de esa forma su deseo sexual descendió lo suficiente como para llevarla al orgasmo. Solo cuando sintió que Dani alcanzaba el cielo se enterró en ella por ultima vez y explotó como un condenado.

Los corazones latieron descompasados, las respiraciones jadeantes rompían el silencio de la habitación y fueron conscientes del frio que flotaba en el ambiente.

Dani tembló pero era incapaz de moverse. Nada tenía que ver el enorme cuerpo que aplastaba el suyo, simplemente sus miembros no respondían a sus ordenes. Se hallaba en un estado de total relajación tan envuelta en la bruma de placer, que se molestó con Diego cuando este la apartó tirando de los cobertores para luego volver acomodarla cubriéndose ambos.

De nuevo bajo las mantas Diego se apoyó sobre el colchón arrastrando a Dani contra su costado. La acarició la cadera con las yemas de los dedos y hundió la nariz sobre su cabeza.

 -¿Qué piensas Torresino? – Musitó ella notando una presuntuosa sonrisa en su cabello.

 -No te lo vas a creer – río Diego por lo bajo – pensaba en Viviana.

Dani dio un respingo y se incorporó buscando sus ojos. El rostro de Diego se hallaba oculto por las sombras.

 -¿piensas en otra mujer estando en mi cama? – estaba sorprendida y eso hizo que Diego soltara una carcajada. Comenzó a golpearle con los puños cerrados -¡que te has creído! Eres un cretino, un…

 -¡espera, no! – La risa de Diego era aun mayor por lo que le estaba resultando muy difícil poder sujetar las manos de ella. Dani tampoco ponía mucha fuerza en aquellas ridículas manotadas – Viviana  es la hechicera de mi pueblo – Dani se detuvo.

 -¡Ah, la bruja! Viene alguna vez por aquí. ¿Es de tu poblado? Esta como una puta cabra.

 -Chisssss, no esta bien que una señorita hable así.

Dani se ruborizó y volvió a colocarse entre sus brazos.

 -¿y porque piensas en ella ahora? ¡Si que eres raro!

 -Hace un rato pensaba en muertos pero no me preguntes por favor – su tono de voz cambió y Dani asintió en silencio – la hechicera cuenta una profecía.

Dani se acomodó sobre su torso obligándole a ponerse de espalda sobre el colchón.

 -¿tú crees en eso?

 -Me parece una verdadera chorrada.

 -Venga cuéntamelo, lo estas deseando.

Diego dejó escapar una risilla burlona.

 -La leyenda cuenta – comenzó a decir fingiendo una voz fantasmagórica, Dani rio. – Que el heredero de Torresino Cifuente, en este caso yo, - volvió adquirir su tono de voz normal – gobernaré junto a un Justo, en este caso tú Lady y juntos acabaremos con la opresión. Nunca había tenido mucho sentido…

 -Diego ¿estás seguro de querer asumir esa responsabilidad? Si todos se unen ¿estarías a mi lado?

El trago con dificultad. La luna había cambiado de posición y ahora podían verse el rostro con nitidez.

 -¿Dónde estarías tú, Dani?

 -En lo más alto. Siempre me han inculcado que algún día yo dirigiría mi propio ejercito – se sonrojó de nuevo y apoyó la mejilla en el pecho de Diego – quizá fuera otra profecía.

 -Lo más seguro fue un padre cruel, hijo de… - Diego se contuvo. El Justo era el hombre que lo había comenzado todo después que el gobierno se tambaleara abruptamente.

 -No te cortes – dijo Dani con un suspiro – he oído cosas peores.

Diego no podía creer que ella fuera tan insensible hacia su familia. Puede que se rebelara contra ellos pero seguro que no deseaba la muerte de ninguno de sus hermanos. En un gesto cariñoso la enlazó la cintura con afecto.

 -Seguiría estando siempre donde tú estuvieras Dani – respondió Diego a su pregunta inicial. – Te protegeré de por vida.

 -O yo a ti - Dani se acercó lentamente a su boca y con la punta de la lengua lamió su labio inferior excitándole de nuevo. - Hazme el amor otra vez Torresino – susurró contra su aliento.

20

Era imposible no estar atacada de los nervios y Dani no era menos. Había descartado la mayoría de los vestidos que las chicas le llevaron, no es que fueran feos, simplemente no estaba acostumbrada a ese tipo de ropa.

Que Dani tenía una cita fue una noticia que corrió como el viento y ahora el nombre de ella iba unido al de Diego Torresino en las conversaciones y cotilleos.

Alicia se esmeró en maquillarla de forma natural y Cruz elaboró un precioso recogido soltando varios mechones que enmarcaban su bonito rostro. Con altos tacones negros y un ajustado traje del mismo color, Dani descendió las escaleras del local ante la atenta mirada de ojos curiosos.

Mostrando unas largas y estupendas piernas enfundadas en pantis transparentes se sintió de lo más femenina cuando varios muchachos jóvenes y no tan jóvenes la piropearon.

Diego aún no había llegado. Se había marchado temprano a su poblado para cambiarse de ropa y explicar a su gente que había tomado el mando como uno de los principales cabecillas de la resistencia.

Carmele ultimó detalles en una pequeña sala contigua a la cocina y Dani alabó su buen gusto al ver la multitud de velas que había dispuesto sobre los pocos muebles que decoraban la habitación.

 -Esta todo precioso Carmele. Me siento como una princesa de cuento, Diego se va a sorprender cuando vea todo esto.

 -Se va a fijar en ti solamente. Esta maravillosa cariño y sobre todo me emociona ver ese brillo en tú mirada.

 -Estoy deseando que me vea. No será excesivo ¿verdad? – comentó girándose ante Carmele.

 -Nada puede ser demasiado para ti, jamás podremos agradecerte todo lo que haces por nosotros.

Dani la abrazó con tanta fuerza que Carmele rio extasiada.

 -¡Ha llegado! – Exclamó una de las muchachas observando con una sonrisa el interior de la sala – tantas velas, esa música de fondo… aquí va haber tema.

 -¡es verdad, se me olvidaba! – dijo Carmele entregando una cajita pequeña a Dani.

 -¿Qué es? – Abrió el paquete y se quedó en silencio por unos segundos - ¿preservativos?

 -No queremos que te quedes embarazada antes de enfrentar a los Justos.

Dani creyó sentir una losa de mármol sobre los hombros al evocar la noche anterior. Al menos habían hecho el amor cinco veces y no recordaba haber usado nada.

Algo se agitó en su interior. No necesariamente podía estar embarazada, solo había sido una noche, la primera noche. Sería más cuidadosa en el futuro.



 -Nosotros también deberíamos tener una cita – dijo Seth cruzando las piernas sobre el viejo escritorio.

 -¿lo dices por nosotros?

 -Claro, yo soy un hombre, tú una mujer…

 -Déjalo Seth – le cortó Cruz.

 -Podíamos intentarlo.

 -Vete a la mierda.

Seth se encogió de hombros y dormitó en su silla. Cruz se sentó al otro lado de la mesa y le miró con disimulo. Sabía que él no dormía pero no estaba segura que estuviera vigilándola.

Todo se hallaba en silencio, a veces roto por el murmullo de los Corsos encerrados en el almacén.

 -Puede que no quieras tener una cita conmigo porque a lo mejor te gustan las mujeres.

 -¡¿Qué?! – Cruz rompió a reír con todas su fuerzas y Seth abrió los ojos para observarla.

 -¿te gustan las mujeres? – insistió.

 -¿Por qué eres tan pesado Seth? – Cruz se levantó dándole la espalda. Al principio aquellas bromas de Seth la sacaban de quicio pero a esas alturas la hacían reír con bastante frecuencia. Él no dejaba de decirla cuanto le gustaba e incluso bromeaba con ella alegando que la tenia un cariño especial como de hermano, estaba segura que si ella le incitara no tardarían en encontrar una cama para compartirla.

Cruz no quería acostarse con él, no deseaba una relación donde la base fuera el sexo. ¿Podrían ser novios sin llegar a mantener ninguna relación sexual? Seria una tontería si quiera el preguntarlo conociendo a Seth, ese hombre nunca dejaba de admirar a las mujeres. Cruz no sabía si lo hacía para molestarla, darla celos o qué, pero la jodía en el alma cuando hacía eso.

 -No me has contestado Cruz ¿te gustan las mujeres?

 -Depende para que.

 -No te hagas la tonta, sabes bien en que sentido te lo pregunto.

 -Soy heterosexual ¿conforme?

 -Si, me deja más tranquilo – asintió volviendo a recostar la cabeza hacía atrás. No duró mucho en esa posición y terminó por levantarse aburrido. Seth no era un hombre que pudiera estar quieto mucho tiempo seguido y comenzó a deambular por el despacho.

Cruz le vio sacar algo de un rincón:

 - ¿Qué es?

 -Una guitarra española – él sopló la pieza y una espesa nube de polvo se elevó durante unos segundos. Tocó varias cuerdas – esta desafinada.

 -¿sabes tocar?

Él asintió, se sentó de nuevo y estuvo enredando con las cuerdas mientras Cruz lo esperó con paciencia hasta que comenzó a tocar una melodía.

 -Somos dos locos, dos locos de amor… - su voz grave comenzó a cantar entonando los acordes con dulzura.

De forma inconsciente Cruz se fue acercando poco a poco a él fascinada con la canción sin darse cuenta que Seth bajaba el tono de voz adrede.

El pequeño despacho estaba en penumbras y solo el lejano aullido del viento se mezcló con las notas musicales.

Cruz se dejó llevar por la hermosa letra de amor con la vista perdida en el rostro del hombre. Seth era muy guapo, más incluso que aquel Justo traicionero.

No todos los hombres eran iguales, de hecho, aquel que Cruz tenía ante ella era amable, divertido y cabezota. Si Hubiese conocido a Seth tiempo atrás todo hubiera sido distinto, o puede que no…

Ella nunca se había sentido atraída por nadie hasta que apareció Javier de los Justos. Cruz era muy joven pero se sintió dichosa cuando por primera vez, el hombre más guapo de todos los que frecuentaban el pub se había fijado en ella.

Sus amigas se sorprendieron pero no porque Cruz no fuera bonita si no porque nunca llamaba la atención en los muchachos y aquella era su primera vez. ¡Que importante se había sentido bajo la mirada de aquellos ojos grises! Los ojos de su violador.

Cruz despertó del trance que Seth había creado. Él ya no tocaba y la miraba preocupado.

 -¿te ha ocurrido algo?

 -¡no! – Se enderezó y con velocidad se colocó de nuevo al otro lado del escritorio – Me quedé pensando, esa canción me trajo recuerdos.

 -No debieron ser muy buenos – respondió devolviendo la guitarra a su lugar.

 -Te equivocas – mintió con un nudo en la garganta – en aquel momento era el mejor de los recuerdos – comenzó a tragar saliva y se aferró con una mano a la mesa. No podía echarse a llorar como una tonta estando Seth frente a ella – No sé para que tocas esa mierda – le gritó atragantada con las lagrimas – Eres un estúpido Seth ¡Un estúpido! – la ultima palabra fue un gemido de lamento antes de salir del despacho al desamparo del día.

Corrió por un lateral del edificio y se dejó caer contra la pared envuelta en sollozos. Hubiera dado cualquier cosa por poder estar con Seth libre de culpa y remordimientos pero no podía. No dejaba de olvidar lo sucedido y las imágenes se sucedían en su mente una y otra vez. ¡Ella era la estúpida! Ella había creído que a pesar de ser enemigos Javier la amaba. El Justo cambiaria todo con una alianza con los poblados del sur ¡cobarde! Después de hacerla prometer que su noviazgo era un secreto para todos, dio un golpe devastador secuestrándola junto a una muchacha que no conocía pero que también afirmaba ser novia del Justo. Lastima que esa joven no tuviera la misma suerte que Cruz y cuando Lady llegó ya era muy tarde para ella.

Lady nunca la preguntó quien fue el causante de su desdicha y Cruz tampoco se lo hubiera dicho, pero lo iba a matar. En cuanto le cogiera le iba hacer suplicar su perdón y aún así lo iba a matar. Y mientras tanto Seth…

Algo pesado cayó sobre su cabeza silenciando su llanto. Se dio cuenta enseguida que se trataba de su cazadora lanzada por una de las ventanas situada justo encima de ella.

 -¡te vas a quedar fría, joder! – escuchó decir a Seth desde dentro.

Cruz… sonrió.



Seth no estaba de buen humor desde que le informaron que debería hacer guardia vigilando a los Corsos. Había esperado echar un partida de naipes en el “muro” y quizá algunas risas con los  amigos. Puede que su mal humor fuera el culpable de haber enojado a Cruz y lejos de entretenerse como había previsto, habían terminado en una nueva discusión.

Repasó en silencio los últimos minutos. Desde que había lanzado la cazadora a Cruz no volvió a escuchar su llanto desgarrador, no por ello estaba más calmado, ahora se paseaba furioso en el despacho esperando la más mínima provocación por parte de los Corsos para descargar en ellos la ira que sentía.

Procuraba ser paciente, lo intentaba de todo corazón pero el terreno que ganaba durante unos minutos lo perdía en un suspiro. A veces no estaba seguro de sus sentimientos por Cruz. Si la trataba con ternura le tildaba de tonto y llevarla la contraria suponía escuchar sus alaridos. Ignorarla era el método que más parecía funcionar y aun así ella lograba sacarle de sus casillas. Comenzaba a estar harto de callar continuamente.

Cruz en muchos aspectos era como su hermano, o todo era blanco o negro, no barajaban la posibilidad de un punto medio. Diego se había volcado con su poblado desde siempre y después de evitar toda clase de liderazgo ahora se convertía en él manda más del Sur del país. Diego no esperaba a ascender gradualmente, él se alzaba sobre ellos.

A Cruz la ocurría lo mismo y Seth llegaba a pensar que sus metas no eran las mismas que las de ella.

No la miró cuando Cruz regresó de nuevo al despacho. La habitación se hallaba caldeada por un pequeño calefactor que daba más ruido que calor.

 -Lo siento Seth – la escuchó decir como si la costara disculparse. Sin saber que decir él asintió con los dientes apretados con fuerza.

21

Dani esperó impaciente que Diego entrara en la habitación. Estaba deseando ver su cara cuando la viese y cada segundo que pasaba su corazón latía con más fuerza. Ni siquiera cuando iba a la ciudad se ponía tan nerviosa. ¿Cómo era posible que aquel hombre la subyugara de aquella manera? Solo su presencia alteraba sus sentidos.

Trató de tranquilizarse paseando por la sala. Observó como la puerta se abría y ensayó una sonrisa de bienvenida. Cuando él entró no dejó de estudiar las emociones que cruzaron el rostro varonil, sorpresa, asombro y fascinación.

 -¿no me vas a decir como me encuentras? – le preguntó mordiéndose el labio inferior con timidez. Él seguía parado con una botella de vino en la mano. La miraba con ojos centelleantes y la boca entreabierta.

Diego asintió, carraspeó y volvió asentir.

 -¿tú eres Dani?

Ella disfrutó con su reacción y soltó una ronca carcajada.

 -No, a Dani la he dejado encerrada en su dormitorio –le respondió en un murmullo provocativo.

Diego la estaba mirando de arriba abajo con deliberada lentitud. Sus ojos dorados se detuvieron en las piernas torneadas que el corto vestido dejaba a la vista.

 -¿te has quedado sin habla Torresino? – se acercó a él con una sonrisa ladina. Estaban muy juntos el uno del otro.

 -Sabía que eras preciosa pero… Uff! Esto supera todos mis sueños – susurró atrayéndola con el brazo libre contra su cuerpo. Bajó la cabeza apoderándose de los suaves labios rosados en un beso apasionado al tiempo que posesivo.

 - Tú también estas muy elegante – le dijo apartándose un poco de él. Le tuvo que quitar la botella de la mano para ponerla sobre la mesa. - has cambiado los vaqueros por el cuero, no esta mal, me gusta.

Y era verdad, Diego llevaba unos pantalones oscuros que se ajustaban a sus piernas. Tenía un cuerpo estupendo, grande, alto, fuerte. Su rostro moreno era hermoso, sus rasgos fuertes.

Él por fin apartó la vista de ella por unos minutos para observar la habitación. Con un respingo retiró una de las sillas ofreciéndosela.

 -¿has traído tú el vino o te lo ha dado Carmele? – le preguntó sonriente.

 -¡no me ofendas! Los mayores se han puesto como locos al enterarse que tengo novia y han sacado la única botella que nos queda en la bodega.

Ella sonrió alegre. La hubiera gustado ver los rostros de los Torresino.

 -¿Qué te han dicho? ¿Les has comentado que estas al mando?

Diego asintió nervioso. Después que ella se sentara él la imitó.

 -Llevan celebrándolo toda la mañana.

 -¿entonces que pasa? – le preguntó. Su sexto sentido, infalible, la advirtió de que no todo andaba bien.

 -No les he dicho quien eres tú Dani – ella abrió los ojos sin comprender. Diego soltó un suspiró – Creo que es mejor que ellos tampoco sepan aún que eres Lady de los Justos.

 -Lo comprendo – no era cierto. ¿Acaso Diego se avergonzaba de ella? -¿tienes espías en tu poblado?

Diego debió notar el repentino tono de tristeza en su voz y se apresuró a explicarla:

 -Prefiero no arriesgarme. Hay algunos miembros que no sienten especial simpatía por tu apellido.

 -Ni por mi sangre – musitó. Cogió la botella de vino pero él se la quitó de las manos para abrirla. Dani le acercó las copas.

 -No es lo que piensas Dani. No quiero ponerte en peligro, has mantenido en secreto mucho tiempo tú identidad…

 -No me aceptarían.

 -¡no digas eso! ¿Quién es su sano juicio no te aceptaría? – la miró con seriedad. – es solo que prefiero que las cosas sigan así de momento. Bastante me preocupa lo que pueda pasarte en manos de tu familia como para estar pendiente de lo que dice mi gente. Dani, no eres invencible.

 -Soy fuerte.

 -Vulnerable.

 -Sé luchar.

 -Prefiero que me hagas el amor.

 -Torresino no voy a cambiar.

 -Ni yo lo quiero – respondió sirviendo el vino – solo pretendo ser prudente. Tenemos a varios Corsos encerrados en un almacén y los Castro-Irún vienen de camino con algunos Justos que se adentraron en las tierras en busca de liberar a los Corsos.

Dani se puso en pie repentinamente:

 -¿Por qué no me han dicho nada? ¿Dónde están?

 -Dani, siéntate – la ordenó alzando su copa. Ella obedeció desconcertada. ¿Cómo podía estar Diego tan tranquilo sabiendo aquello? – En cuanto lleguen nos avisaran, mientras, tú querías una cita y eso te estoy dando.

 -¿sabes quienes son esos Justos?

 Él negó con la cabeza y se encogió de hombros.

-¡eres más bonita de lo que recordaba! – las mejillas de Dani se tiñeron de rosa. Diego la miraba de nuevo con ojos fascinados – Esta ropa te hace sensual y provocativa. – Estaba cambiando la conversación adrede y eso la molestó un poquito.

 -Torresino, que estemos juntos, que yo te haya dejado al mando, no significa que puedas mandar sobre mí.

Él se tomó el vino de un trago y clavó sus ojos en ella.

 -Dani, he aceptado el mando – repitió -. Ahora estoy al frente y eres tú quien tiene que delegar en mí. Quiero estar informado de todo lo que suceda, necesito saber cuando la loca de mi novia prepara una incursión en mitad de la noche. ¿Entiendes lo que quiero decir? Que estemos juntos no significa que puedas hacer lo que te venga en gana siempre que quieras.

  -¡Me estas apartando de…! ¡No te confundas Diego! Yo…

 -Tú eres mi general, mi mujer, mi amante. Ahora lo eres todo…

 -¿Por qué nos hayamos acostado crees que tienes derecho sobre mi? Yo soy…

 -Sé quien eres pero yo estoy al frente – su ultima frase no dejó replicas de ninguna clase. Se levantó para accionar el aparato de música en el momento que Carmele entraba con una bandeja de alimentos. Ambas mujeres intercambiaron una mirada preocupada.

 -En cuanto lleguen los Justos nos avisas.

 -Si, Diego ya nos ha advertido – respondió la mujer mirándole.

Dani se sintió ligeramente desplazada y se giró para observar al hombre:

 -De acuerdo – le dijo cuando Carmele salió. Oírle decir que era su mujer la había embargado de una emoción desconocida – pero no puedes mantenerme apartada Diego.

Él volvió a sentarse y comenzó a servir los alimentos con manos diestras.

 -Por supuesto que no lo haré ¿Por qué no disfrutamos aunque sean un par de horas? – sonrió burlón.

 - claro – Dani se levantó muy despacio de su silla y se acercó a él. Diego la miró embelesado cuando ella se sentó a horcajadas sobre sus piernas. - ¿tienes mucha hambre? – le susurró contra el cuello. Olía muy bien y aspiró su aroma lamiendo la piel.

 -Hambre de ti – respondió plantando las palmas de las manos en su trasero. La falda se había subido hasta la cintura.

La sensación del cuero bajo sus muslos la excitó. Se apretó contra él y de no ser por las ropas Diego se la habría clavado hasta el fondo, de hecho la movía contra él con firmeza.

 -¿quieres que subamos a mi cuarto? –le preguntó mordisqueándole la oreja.

 - O atrancamos la puerta – la besó.



La cita estaba siendo un éxito, habían comido, habían brindado y Diego la había convencido para bailar. Ella no sabía pero se divirtió mucho intentando aprender y lo encontró sumamente fácil. No deseaba que el día acabara sin embargo  terminó cuando les informaron que los Justos habían llegado.

-Parece que esta todo bajo control – dijo Vaquero antes que Dani y Diego entraran a ver a los intrusos – No los hemos juntado con los Corsos todavía.

Alicia les interceptó el paso con una mano enguantada alzada hacía Dani.

 -No vayas Lady – se volvió a Diego – Ve tu mientras, yo debo hablar con ella.

 -¿Por qué? – Dani esquivó a Diego pero Alicia la sujetó con fuerza del brazo - ¿Qué pasa? ¿Quiénes son? – Entró en el cobertizo aunque su prima no la dejo dar más de dos pasos al interior. Sus ojos claros observaron el cuerpo tendido ante los pies de Cruz. Seth estaba situado tras ella. -¿Qué ha ocurrido? – insistió.

Alicia la sujetó con fuerza de los hombros en un intento porque Dani no se acercará más.

Ella se tensó y tragó con dificultad. Dudó por unos minutos. ¿Seria realmente alguno de sus hermanos el que estuviera allí? Aspiró el aire frio  que penetró en sus pulmones insuflándola fuerza y valor. Alicia no insistió y la dejó pasar, Diego caminó a su lado.

Lo hubiera reconocido en cualquier lado a pesar de tener la cabeza metida entre sus brazos. La sangre empapaba sus ropas.

 -¿esta muerto? – preguntó con frialdad. Ni ella quería mirar a Cruz, ni Cruz a ella.

 -todavía no– respondió.

 -¿has sido tú?

 -Si – volvió a repetir.

 - El Justo la atacó – explicó Seth que apuntaba al reducido grupo con una escopeta. Varios hombres se hallaban arrodillados con las manos sobre sus cráneos.

Dani agitó la cabeza con firmeza y llegó hasta Javiche. Se acuclilló cerca de él y cerró los ojos con fuerza luchando por no matar a Cruz. ¡Era su hermano! ¡Al único que había amado en su vida!

 -¿Qué ha pasado? – le preguntó Diego a Seth.

Seth apoyó la mano sobre el hombro de Diego y le llevó aparte para contarle lo sucedido.

Dani observó a su hermano y con ternura le acarició el cabello. Javier alzó la vista y la sonrió con tristeza.

 -Hola – la susurró en un murmullo ininteligible. Se estaba muriendo, su rostro se hallaba ceniciento por la falta de sangre.

 -Hola – le respondió con un nudo sofocante en la garganta. Estaba inclinada sobre él con los rostros muy juntos.

 -Te he echado de menos hermanita.

Javier hablaba entre temblores incontrolados. Ni siquiera Cruz que seguía en pie mirándole con odio podía escucharle, tan solo Dani entraba en su campo de visión.

 -¿Por qué lo hiciste Javiche? – una solitaria lágrima cayó sobre la frente de su hermano. Él sonrió tan solo para confortarla. -¿eras tú quien las raptaba? – no sabia ni para que preguntaba eso si ya conocía la respuesta.

 -Lady, me… estoy muriendo ¿verdad? – Ella asintió hundida en la pena – me duele… mucho.

Dani le cogió una mano con fuerza y alzó la vista mirando a Cruz.

 -No me dijiste que era él.

 -¿hubiera cambiado en algo?

Javier soltó una risa cargada de dolor al mirarla a las dos. Se sintió traicionado.

 -Acaba conmigo Lady – la imploró. Ella negó con la cabeza y suspiró retirando las lágrimas que empañaban sus ojos. Le soltó lentamente y se puso en pie frente a Cruz.

 -Termina lo que empezaste – les dio la espalda sin volver a mirarlos.

 -¡No! – gritó Seth cuando vio a Cruz apuntar a la cabeza del justo.

El ruido ensordecedor del arma al dispararse les paralizó a todos.

22

 -¡Estas loca! – Un Seth muy furioso desarmó a Cruz y comprobó que el Justo estaba muerto - ¿pero que diablos te sucede?

La fiereza con la que Seth la miró fue como un cuchillo clavándose en su corazón. Ante ella tenía al hombre que destrozó su vida, muerto, sin aliento, y no se sentía feliz por ello. Creía haberse liberado al fin y no era así. Había visto los ojos de Lady, de su amiga, una mirada gris cegada por el odio y sin embargo no se arrepentía de lo que había hecho.

Seth la cogió de los hombros y la zarandeó.

 -¡estaba indefenso! ¡Has matado a un hombre!

 -¡suéltame Seth! – Gritó alejándose de él - ¡no entiendes nada! – salió al exterior.

El hombre la seguía totalmente furioso. La detuvo y señaló al cobertizo:

 -¿Por qué Cruz? Podías haberle dejado vivir ¡por todos los demonios!

 -¡ya estaba muerto! No iba a salvarse.

 -pero ¿Por qué tú? – ambos gritaban en medio de la calle pero todos estaban más interesados en lo que ocurría dentro del edificio.

Carmele los miró una vez sin hacer ningún esfuerzo por mediar entre ellos. No sabia quien era ese Justo pero tampoco quería saberlo.

Cruz apretó los puños con fuerza.

 -¡él me secuestró! Abusó de mi ¿lo entiendes? Si, lo he matado ¡ojala se pudra en el infierno! – rompió a llorar presa de los nervios – Esta mejor a tres metros bajo el suelo.

 -¿y quien eres tú para decidir la vida de una persona? – preguntó mirándola con desdén. Bajo su mirada Cruz se había convertido en una asesina – Es por eso que nos tratas a los hombres como si fuésemos una mierda – el cinismo de su voz sonó como el rugido de un lobo – Puede que él fuera un desalmado pero tú, Cruz… tú no tienes corazón.

Le abofeteó con todas sus fuerzas. Seth tan solo movió ligeramente la cabeza por el impacto. En ningún momento apartó sus ojos de ella.

 -No quiero seguir estando contigo Cruz. Le diré a Diego que me asigne con alguien que me merezca más la pena y sepa aportarme algo.

Cruz le miró asfixiada. No podía controlar las lágrimas que escapaban de sus ojos.

 -Si eso es lo que quieres – jadeó con fuerza dejando escapar la angustia y sorbió ruidosamente. Se enjuagó el rostro con una mano – Eres libre de hacerlo.

 -Si, eso es lo que quiero.

Le vio marcharse hacia el “muro” y ella corrió a refugiarse en algún sitio donde nadie pudiera verla ni oírla.



Diego alcanzó a Dani antes que ella se metiera en el Citroën verde.

 -¿Dónde crees que vas Torresino? – le gritó por encima del fuerte viento que se había levantado.

Diego miró el cuerpo del Justo que ocupaba el asiento trasero del vehículo.

 -Voy contigo.

 -No, esto tengo que hacerlo yo sola.

 -¿Por qué no me has dicho que era tú hermano? – Ella no le escuchó bien y Diego volvió a repetir su pregunta.

 -porque es irrelevante – se frotó la frente con las manos enguantadas como si con ello pudiera despejar la presión que sentía. Diego acercó su cabeza contra su cara para oírla mejor. El viento se llevaba sus palabras – debo llevarle a casa.

 -Yo conduzco – la apartó de la puerta. Dani entró por la otra y le miró apoyando la mano sobre su pierna.

- déjame que vaya sola.

Diego negó, arrancó el motor. Al salir al camino principal les esperaba un ejército de motos negras. Dani exclamó emocionada.

 -¿creías que ibas a ir tú sola? – Con el mentón, Diego señaló a Cruz que se había situado cerca de la ventanilla de Dani – Están todos.

 -Ella no debería estar aquí.

 -¿Por qué? Cruz siempre ha estado de tu lado.

 -¿has hablado con ella? – Asintió - ¿Qué te ha contado?

 -Supongo que lo mejor seria que hablarais vosotras.

 -¿y que nos decimos? – Su voz tembló ligeramente - ¿Qué lamento todo el daño que Javiche le causó? Si hubiera sido otro…no importa quien, cualquier otro – se mordió la lengua con rabia y miró al frente – Yo la prometí que no me interpondría en su venganza pero debió advertirme quien era él. Jamás la habría permitido que acabara con Javiche.

 -Pero lo hiciste – la miró unos segundos y volvió los ojos a la carretera.

Dani negó con la cabeza.

 -Estaba herido de muerte. Ya no podíamos hacer nada por él y en el fondo Cruz le hizo un favor a él y a mí, yo no hubiera sido capaz de aliviar su sufrimiento.

Diego apretó los labios con fuerza.

 -Seth dice que el Justo la atacó creyendo que Cruz no se defendería.

 -Javiche siempre ha visto a las mujeres débiles. -Dani miró a Cruz y frunció el ceño pensativa: - ¿Dónde esta Seth? ¡Eh! ¡¿Por qué maneja mi moto?! – se quejó al verle en la cabecera.

 -Relájate nena – apretó el pedal hasta el fondo – Si te la jode te birlo una para ti.

 -Ya bueno, pero ¿mi moto? – Diego se echó a reír al verla resoplar como los caballos. Cada minuto que pasaba con ella más orgulloso se sentía. Dani era espectacular, puede que no en el sentido del feminismo fingido. Le había encantado verla con un vestido tan atrevido. Su mirada había viajado continuamente a la cremosa carne que asomaba bajo la falda preguntándose si habría tanga y si se quitarían bien los pantis, pero admitía que esos vestidos le gustaban solo para él. Dani estaba maravillosa con su ropa de motero y las horribles botas negras.

Había estado hermosa con aquel peinado que le asemejaba a una delicada flor sin embargo él prefería el cabello suelto cayendo sobre sus hombros.

Dani era femenina como él quería y donde a él más le gustaba. ¿Que importaba que se hubiera cansado de llevar los altos tacones de aguja cuando por fin se pusieron a comer, y acabara lanzándolos contra uno de los muros? fue un milagro que no atizara el altavoz.

Para algunos hombres puede que aquello fuera un defecto, para Diego no.  Encontrar a alguien tan apasionado como él mismo pasaba solo una vez en la vida y a veces ni pasaba.

No dejaba de admirarla, no todo el mundo se tomaba la muerte de un pariente querido con la entereza y la frialdad con lo que ella lo hacía. Por un lado, muchos aliados no entenderían que Dany, la chica de Carmele, se apenara por la muerte del Justo que los había aterrorizado. Comenzarían a sospechar de ella y lo peor es que podrían querer cogerla para vengarse de todas las demás ofensas, sin pararse a pensar que ella los hubiera ayudado.

Por otro lado, Dany evitaba mostrar su lado más débil ante los que la rodeaban, incluido a él. Quizá es que nunca había tenido posibilidad de demostrar sus sentimientos a nadie.

 - Háblame de tu hermano – la dijo. El aire se calmaba paulatinamente y comenzaba a nevar.  -¿te apetece?

 -no mucho.  – se acomodó en el sillón colocándose un pie bajo el trasero, la rodilla quedaba doblada rozando la guantera. Diego podía ver su perfecto perfil en actitud pensativa. No pudo resistirse a besarla en la mejilla y ella le miró con una sonrisa y los ojos encendidos. Soltó una carcajada y se concentró en la conversación: – Javier conmigo siempre se portó bien aunque era un poco regañón… - Continuó hablando de su hermano pero todo el tema se centraba en la guerra y en la lucha. Le contó como había sido uno de los mejores artificieros especialista en hacer explosivos. A ella misma le había enseñado como elaborar los detonadores, como desactivar una bomba de reloj, la cantidad de dinamita suficiente para volar una gasolinera… Todo lo que Dani contaba era horroroso, como si hubiera estado viviendo en una batalla desde que tomo el primer biberón. Cuando ella acabó de hablar Diego no supo que decir. Según su criterio Javier Justo se había merecido el final que había tenido.

Se detuvieron en los límites y Dani le miró confusa.

 -¿Por qué paras?

 -No vamos a entrar. Las motos no podrán regresar si nos quedamos mucho tiempo.

 -¿y que piensas hacer?

 -Liberar a un Justo y a un Corso. – Dani arqueó una ceja - Ellos llevaran un mensaje, si quieren a tu hermano deberán tratar conmigo antes.

 -¿piensas entrevistarte? – medio gritó asustada – Diego…

 -No les voy a dar opciones Dani. Intentaremos un acuerdo y si no resulta, al menos lo habremos intentado.

 -Es esa maldita conciencia que tenéis los del Sur – se echó a reír. - ¿y que harás con Javiche? Aunque haga frio, si lo dejamos mucho tiempo con nosotros comenzara a oler.

 -¿Qué? – la miró atónito y ella le dedicó una sonrisa triste.

 -Solo bromeaba. ¿Dónde le dejareis?

La puerta trasera se abrió y un hombre joven ayudado por Alicia sacó al Justo. Dani miró ansiosa a su prima.

 -Lo llevaré con Manuela, tienen cámaras.

Diego observó el cruce de miradas entre ambas. Dany preguntaba en silencio a su prima si estaba de acuerdo con los planes y Alicia se lo afirmaba con convicción. 

 -¿no confías en mi Dani? – la preguntó al cerrar Alicia la puerta de nuevo. La vio tragar con dificultad y sintió un escalofrío en la columna vertebral. Si Dani le decía que no, tendría que reprimir las ganas de llorar (no recordaba haber llorado desde que era niño), si le decía que si…

 -Si, claro que confío en ti –  Dani soltó un suspiro tan nervioso como el suyo propio y Diego advirtió el brillo de amor que inundaban los ojos grises al decirle: – Es a ti a quien elegido proteger Torresino.

 -O yo a ti  - la besó impidiéndola decir nada más.



23

 -Llevamos años para liquidar a un puñado de pueblerinos donde apenas les quedan víveres para subsistir. ¿Me estas diciendo que te retiras Bernardo? – El Justo le miró sorprendido.  -¡No puedo creerlo! después de todo lo que hemos esperado. ¿Es posible que estés hablando en serio? Por dios, ¡envían un mensaje de un Torresino que ni conocemos y te entra el miedo!

  -No es miedo. Mi gente se ha aburrido de la gente del Sur y tienen razón. Total ¿para que? Allí no hay nada de valor.

 -¿Pero que valor hablas?

- De las minas de turquesas repartidas en las montañas – Bernardo se encogió de hombros – Están muertas, agotadas, vacías – fue enumerando con los dedos y sus ojos oscuros se clavaron en el Justo que había perdido el color de la cara, cerró el puño con fuerza delante de sus narices – Esas tierras ya no valen para nada y ya no deseo tenerlas.

 -¿lo hacías por las minas? –  recuperado soltó una carcajada llena de cinismo - ¡pues claro que no hay nada! Lo que hubo una vez esta a buen recaudo. ¿Pensabas conseguirlas? ¡Esta si que es buena! – Siguió riendo sin advertir que el rostro de Bernardo adquiría un tono rojizo - ¿no me digas que por eso tu padre aceptó la boda con Lady? ¿Por qué tu padre te habló de esas minas, verdad?

Bernardo no contestó, se limitó a sacar una de sus dagas que acarició con mucha suavidad.  El Justo se calló tomando asiento en un amplió sillón de piel color café y se cruzó de piernas.

 -Yo por ejemplo deseo las tierras porque de ese modo el país entero sería nuestro. Podía haber elegido a cualquiera de mis hijos para que quedaran de gobernantes pero te elegí a ti Bernardo.  La única que podría manejar algo sin dejarlo caer hubiera sido la mocosa. Ella era la que estaba destinada por mi.

 - Veo que tus informadores no han hecho bien su trabajo -Bernardo levantó los ojos de la afilada hoja –Ya no hay Gobierno. No hay nadie al mando de nada, ni ministros, ni presidentes, los países vecinos se están volviendo locos con los saqueos incontrolados, con los robos…

 -¡Por eso! ¡Ahora es el momento!

 -¡claro que lo es! Pero no para atacar a los del Sur – se guardó el arma – Ya no existen las fronteras, no hay nadie que pueda detenerte, los militares se han dispersado. – se acercó hasta el sillón y colocó su pie sobre el reposabrazos del Justo obligándole apretarse contra el respaldo – El Sur ha tenido mucho tiempo para entrenarse, para prepararse al igual que han hecho otros en varias zonas de Sudamérica. El resto no es tan fuerte como nosotros Justo. Firmemos esa tregua con Torresino, que nos devuelvan a los hombres y a tú hijo – El Gesto de dolor que cruzó por la cara del Justo no fue más que un fogonazo – Cuando seamos más, cuando tengamos más, nos ocupamos de ellos. ¡Dejémosle unos años tranquilos!

 -¿por donde sugieres que comencemos? – Se inclinó de nuevo hacia adelante cuando Bernardo se apartó con una sonrisa presuntuosa – Lo has pensado bien ¿verdad Bernardo? Querías traicionarme.

 -¡claro que no! Cierto que en este momento el Sur se me queda pequeño. Había pensado en una potencia grande y cercana.

 -¿Ginebra? – cuando lo preguntó le pareció una locura pero la idea se fue formando en su cabeza.

 -Así es. Si no quieres estar de nuestro lado no pasa nada, quédate aquí y sigue peleando con la escoria. – Bernardo se dirigió a la puerta para marcharse.

 -¡espera! El Torresino ha pedido que estemos los dos en la reunión. ¿Vas a ir?

 -Si, estoy deseando conocerle. Imagino que debe ser alguien muy inteligente como para haber entrado en tu casa las veces que le ha dado la gana.

El Justo dejo los ojos en blanco, si hubiera tenido a Bernardo más cerca le habría agarrado del cuello.





Era muy temprano para tener una reunión, pero Diego Torresino lo había exigido así.  El Justo y el Corso se desarmaron al llegar a la puerta del Pub donde unas guapas muchachas les pidieron sus armas. No pensaban hacer nada que provocara un ataque inesperado. Imaginaban que los sureños se habían desplegado por todo el perímetro para evitar emboscadas.

 -No llevo más, guapísima – Justo abrió las manos y giró en plena calle para que todos observaran que no llevaba nada extraño encima. Vio varias sombras en los tejados así como en la ventana del edificio del frente.  -¿puedo pasar lindura?

La muchacha se echó hacía atrás y él entró al abrigo del pub frotándose las manos con vigor. Observó a los hombres que se hallaban sentados alrededor de una mesa de póquer. Solo uno se hallaba de pies esperándole.

 - Soy Diego Torresino – se presentó con voz firme. Su rostro no expresaba nada, era un tipo joven, alto, tendría la edad de Bernardo o su hijo Tony.

 -Justo – le respondió tendiéndole la mano. Su mirada debía haber amedrantado algo al joven pero Torresino no demostraba ni siquiera nervios – dame a mi hijo.

 -Quiero la rendición.

 -¿Cómo? – elevó la voz un terció – le escuchas Bernardo, no quiere la paz, quiere que nos rindamos – miró al resto de los hombres que seguían sentados con los ojos puestos en ellos. Adivinó que serían los representantes de los siete poblados pero solo reconoció al hombre más mayor que llevaba un extraño sombrero de cowboy – Vaquero, no sé porque te daba fuera del país.

 -¿os conocéis? – preguntó el Torresino mirando al hombre.

 -Si nos conocemos. Cuando éramos jóvenes…

 -¿pero fuimos jóvenes alguna vez? -No le gustó que Vaquero le ignorara apartando la mirada hacía su líder – Le salvé de morir ahogado cuando reventó la presa.

 -Cuando reventaste la presa para hacerte con todas la subvenciones.

 -Si, es verdad. – se acercó hacía una de las sillas libres y se sentó – no nos vamos a rendir Torresino. Si tocas un solo pelo de los nuestros…

 -Mi hermano no quería decir rendición – dijo otro hombre levantándose. Se parecía mucho al líder solo que esta tenia el cabello largo cayendo sobre la espalda. Sin duda otro Torresino, ¿primo, hermano?

 -Te escucho.

Los parientes se miraron.

 -La rendición y una disculpas, los caminos abiertos…

 -¿Y todo eso solo a cambio de mis hombres? – miró a Bernardo.

 -Yo te dije antes de venir lo que pensaba.

Justo apretó los dientes con fuerza haciéndolos rechinar. Se encontraba solo, el idiota del Corso le traicionaba.

 -Tengo algo que ofrecer – Torresino seguía de pies, apoyó las palmas de las manos sobre la mesa y le miró de tal manera que por primera vez a Justo se le secó la saliva en la boca – A Lady.



Las cosas no se sucedieron tan fáciles como Diego había pensado en un principio. El cabeza de familia de los Justos era un hombre frio de mollera muy dura y Bernardo Corso… de solo pensar que aquel hombre hubiera sido el esposo de Lady de no haber huido le ponía los pelos como escarpias. 

Al menos la reunión fue bastante sensata y pacifica. El Justo no se dejaba doblegar por nadie, Diego le iba a la par cuando cruzaron duras palabras de amenaza.

Si Dani no temió por Diego, mentía. Durante las dos horas que los hombres se encerraron en un oscuro y pequeño pub de la ciudad, la muchacha se había mordido todas las uñas de las manos y casi las tenía ensangrentadas. No creyó que su padre aparecería pero llegó con su soberbia y orgullo.  Lo había visto de lejos, escondida en el primer piso del bloque situado frente al local. Dani utilizaba la mira de un rifle para observar las siluetas a través de la ventana. Un movimiento en falso y no hubiera dudado en apretar el gatillo.

La posible emboscada que los de Sur esperaban no sucedió y cuando todo acabó, los hombres desplegados por las azoteas suspiraron de alivio.

Durante el regreso hasta el “muro” Diego no había abierto la boca ni una sola vez y estaba furioso. Dani no quiso presionarlo adivinando que no había llegado a ningún acuerdo con su padre. Tampoco quiso detenerle cuando la dijo que aquella noche dormiría en su poblado. Más tarde ella buscó a Vaquero para sonsacarle algo de la reunión porque Seth también había desaparecido. Fue frustrante cuando vaquero se disculpó diciendo que no tenía tiempo y Dani llegó a sospechar que no querían hablar con ella adrede.

Encontró a Cruz en su habitación y aunque al principio las palabras fueron frías, poco después se hallaban riendo disfrutando de lo poco que faltaba para el triunfo.

De esta guisa las encontró Alicia que se unió a ellas con una extraña mueca. Dani la vio guiñarla el ojo antes de decir:

 -¡que morro tiene Seth! – Cruz se envaró.

 -¿Por qué lo dices? – preguntó Dani siguiendo su juego.

 -¡Pues no se acaba de encerrar en el cuarto de Elisabeth!

 -¿¡que?! – dijo Cruz.

 -¡no me digas! – Siguió picando Dani - ¿y si pegamos la oreja en la pared? Puede que les escuchemos… ahh… ahh… – jadeó.

Alicia y Dani rompieron a reír al ver a Cruz salir del dormitorio para ir directamente al de Elisabeth. Se callaron de repente:

 -Alicia ¡la has liado!

 -Lo sé, pero mola ¿no?

24

Cruz golpeó dos veces la puerta y esperó impaciente. ¿Estaría Seth de verdad allí? Y si lo estaba ¿Qué decía? Mil imágenes pasaron por su cabeza, los imaginó desnudos sobre la cama… ¡maldita Alicia! ¡Y Eli! ¿Cómo podía hacerla eso a ella? 

Fue a golpear de nuevo pero se contuvo ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Qué la importaba que Seth estuviera allí? Tragó con temor e inició el regreso a su dormitorio. La puerta se abrió. Elisabeth la sonrió quitándose la cazadora. Acababan de llegar. Cruz suspiró inconscientemente, había llegado a tiempo.

 -Hola Cruz ¿necesitas algo?

 -Mi madre quiere verte abajo – mintió procurando que su voz no delatase la ansiedad que sentía.

 -Vale ¿te importaría decirla que ahora bajo?

 -¿crees que soy tu correo? – se arrepintió de decirlo en el mismo momento que escuchó su tono de voz. Una bruja, así es como se estaba comportando. Y la pobre Elisabeth la miraba sin entender.

 -Perdona Cruz, pensaba que tú ibas a bajar – la joven terminó de abrir la puerta colocándose el abrigo de nuevo. Seth sentado sobre la cama se hallaba inclinado hacía adelante.

“¡se esta quitando las botas! – pensó mirando disimuladamente. ¡Maldito cabrón!

 Seth estaba de perfil y el largo cabello caía sobre su cara por lo que no pudo verle el rostro.

 -Vengo ahora Seth – dijo Elisabeth.

 -No pasa nada, vengo más tarde. –respondió él levantándose.

 -¡no! Vete mirando la colección seguro que te gusta alguno – Cruz logró ver el borde de una caja de cartón que se hallaba tras la cama, justo donde Seth había estado inclinado – Son discos de vinilo de la década de los ochenta. Ya nadie tiene de estos pero Seth ha encontrado un tocadiscos y queríamos probar algunas canciones.  – Contestó Elisabeth a la silenciosa pregunta de Cruz - ¿te apetece mirar alguno?

 -No… gracias. - negó. En aquel instante Cruz deseó que la tierra se la tragase. Se había convertido en una rastrera, en una arpía, una mala persona. Elisabeth era una de sus amigas y jamás se liaría con Seth. La culpa era de Alicia y suya, por dejar que la otra la malmetiera.

 -Vengo en otro momento – repitió Seth. Cruz se apartó de la puerta para dejarle pasar, pensó que al menos la miraría, esperó algo, una mueca, un gesto…

 -Nos vemos Cruz – se despidió Elisabeth caminando tras de Seth.

Cruz fue incapaz de moverse mientras miraba la espalda del hombre, el cabello acariciaba sus hombros mientras caminaba hasta la escalera. Le echaba muchísimo de menos, se arrepintió una y otra vez de su última discusión. Debería haber hablado con él, hacerle entender que el Justo ya estaba muerto aunque no hubiera disparado. Debía haberse abierto a él en vez de ser una hija de puta y estar machacándole desde el mismo día en que le conoció. Si ella hubiese sido Seth habría actuado igual que él, pero ella era Cruz y estaba enamorada del hombre que en aquel momento más la odiaba. Ni siquiera se dio cuenta que estaba sola en el corredor hasta que Dani salió por la puerta y la abrió los brazos. ¡Su salvadora! Dani siempre estaba allí.

Se arrojó a ella rodeando su cintura y rompió a llorar deshecha en angustiosos sollozos. No supo como llegó al dormitorio ni lo que Alicia y Dani la decían, solo podía pensar que Seth no la había dirigido la mirada, no era digna de él y otra vez volvió a sentirse como el día que Lady la salvo la vida. Destrozada por dentro.

 -¿quieres que yo hable con él? – la preguntó Dani limpiándola el rostro con una sabana que poco antes había arrancado de su cama. Trataba de animarla – Seth es buena gente.

 -Prefiero que no le digáis nada, además tampoco querría estar conmigo después de lo que sucedió.

 -Por favor Cruz, la era de las mojigatas y las vírgenes desapareció hace mucho tiempo. Mujeres al poder – el cojín que lanzó Dani impactó con puntería en la cara de Alicia.

Cruz sonrió divertida, había sido gracioso tanto el golpe como el lanzamiento. Alicia se dejó caer con una carcajada sobre el suelo.

 -No escuches a esta pazguata querida. Os recuerdo que yo era virgencita hasta hace poco, luego apareció Diego y…

 -¿una cerveza Cruz? – preguntó Alicia poniéndose en pie, Dani seguía hablando hasta que se dio cuenta que ambas salían al pasillo. - ¿Por qué me habéis ignorado? – caminó con prisa tras ellas.

Cruz se sintió mejor, escuchaba relatar a Dani tras suyo, Alicia la había cogido de un brazo y descendían juntas la escalera.

En el salón se produjo un repentino silencio y todos los ojos se clavaron en ellas.

Cruz se detuvo haciendo que sus compañeras se parasen. Todos los presentes eran conocidos pero había algunos que no iban al “muro “desde hacía años. La sensación de que algo malo sucedía la llenó de un miedo súbito. No la miraban ni a ella ni Alicia.

Dani se había dado cuenta y había reculado varios pasos en la escalera. Cuando estaba en el local nunca iba armada, pero aquel momento era el ideal para estarlo.

Cruz miró a su madre y Carmele enseguida sacó la escopeta que había tras el mostrador.

 -¿Es verdad que eres un Justo? – gritó un hombre mayor con mirada furiosa. Varios se pusieron en pie amenazantes.

Cruz también subió un par de peldaños de espalda, aunque la fuera la vida en ello nunca dejaría que hicieran daño a Lady. Alicia se quedó en el sitio con actitud amenazante.

 -¡responde! – gritó otro, las voces comenzaron a elevarse con tonos nerviosos.

 -¡El primero que de un paso adelante le vuelo la cabeza! – gritó Carmele saliendo tras la barra. Los ánimos estaban demasiados caldeados.

 Vaquero y Seth entraron en el muro en ese momento.

 -¿Qué esta pasando aquí? – Se unieron a Carmele. Vaquero llevaba un par de revólveres en las caderas, bajo el largo abrigo que rozaba sus piernas al caminar.

-¡Es un Justo!

 -¡un maldito Justo! – sonó una voz ronca desde el fondo. Los que aun seguían sentados se pusieron en pie.

Cruz sintió miedo por Dani y por Alicia. El local estaba lleno y ellas desarmadas. Se puso tan nerviosa que incluso llegó hacer planes para escapar por la ventana que daba al tejado del cobertizo, una tontería porque Dani no tenía pensado huir. Lo notó en su apostura recta y orgullosa mirando a la gente desde lo alto.

  -¡espía! ¡Traidora!

 -¡No mereces seguir con vida!

Los gritos siguieron sucediéndose, cada vez menos y más relajados pero de un modo continuado formando varias discusiones dispersas, los que estaban a favor de Lady contra los que no.

Cruz miró de reojo a Dani, no podía creerlo pero… lloraba. Lady de los Justos estaba llorando. No movía ni un solo musculo de su rostro, tan solo gruesas lágrimas se deslizaban por sus mejillas. La dolió verla así después de todo lo que Dani había echo por el Sur. ¿Qué más daba su apellido si lo que importaba eran sus acciones? En ese momento Lady se debía sentir traicionada, dolida…

 -Ella rescató a mi hija – Un hombre  seguido de cinco sujetos más se unieron a Seth formando barrera en la escalera – Se lo debo.

 -No me debes nada – contestó Dani sin moverse del sitio. El hombre asintió y enfrentó al resto con la cabeza bien alta.

Unos tan solo miraban, otros parecían pensárselo, algunos más se unieron a Vaquero pero todavía quedó una pequeña minoría que la miró con ira.

 -Vuestra gente estaba dispuesta a este pacto – les dijo Vaquero. Se elevaron murmullos de disconformidad.

 -¿Qué pacto? – preguntó Alicia con firmeza. Nadie la contestó y los minutos se alargaron lentamente, con pesadez. ¿Estaban hablando de la reunión que habían tenido con el Justo y el Corso? Ella tampoco había escuchado nada sobre los términos o si habían quedado en algo. Pensó que el corazón la saldría del pecho, Alicia se había sacado un cuchillo de la bota y lo había apoyado en el cuello de Vaquero mirándole con hostilidad. - ¡el pacto! – Le gritó furiosa -¡háblame de él!

 -¡Alicia por dios! – exclamó Carmele perdiendo el color de su cara.

Cruz notó la intensa mirada de Seth sobre ella.

 -¿Qué pacto Seth? – Se atrevió a preguntarle - ¿Quién les ha dicho que ella es Lady de los Justos?

 -Mi hermano.

 -¿Qué? – escuchó preguntar a Dani en un hilo de voz.

 -No puede ser…- Cruz la miró a ella y de nuevo a Seth - ¿nos ha vendido?



 25

Se estaba comportando como un cobarde, lo sabia. No debía haber ocultado a Dani nada relacionado con su padre. A priori le había parecido buena idea pero ahora las dudas le asaltaban y analizando la situación fríamente comenzaba a descubrir ciertos escollos en su plan, no obstante era hombre de palabra y no iba a dar marcha atrás en las negociaciones.

Estaba decidido, a primera hora de la mañana esperaría a los Justos y los guiaría hasta Dani. El encuentro no iba a ser muy agradable pero él estaría allí apoyándola en todo momento, total, el Justo solo iría a confirmar que ella se encontraba donde Diego había dicho.

Seguramente esa noche nadie seria capaz de dormir. Él, porque no podía dejar de imaginar la reacción de Dani, el Justo por el próximo encuentro con su hija y la pobre Dani seguramente que tenía su cabeza apunto de explosionar tratando de averiguar que era lo que sucedía con exactitud. Ella no era ninguna tonta, al contrarió, era Diego casi el que esperaba que Dani enviara todo al diablo con alguna extraña maniobra.

Ella le había dicho que confiaba y Diego esperaba de todo corazón que así fuera, porque lo que iba a suceder el día siguiente seria algo importante.

Por otro lado en el “muro” se hallaba Vaquero y Seth, ellos le habían dicho que Dani no sabría nada por sus bocas, no prometían mantenerse callados si el acero de Dani amenazaba sus gargantas pero intentarían alargarlo todo lo posible. Además si ella se enteraba antes se negaría a tener una entrevista con su viejo y ni él, ni nadie, podrían obligarla a lo contrario.

De haberse quedado a pasar la noche con Dani, ella le hubiera sonsacado toda la verdad, pero tener que estar solo, en su dormitorio, viendo pasar las lentas agujas del reloj que colgaba de su pared, le parecía la manera más horrible de perder un tiempo precioso.



La bolsa de piel oscura cayó con fuerza sobre el piso con un ruido seco y pesado.

 -Vámonos Lady, nos queda mucho por recorrer – advirtió Alicia corriendo de un lado a otro mientras guardaba más pertenencias.

 -He preparado algo de comida para que os apañéis los primeros días.  Son cosas fáciles de llevar en las motos – Carmele se acercó hasta Dani que había centrado su mirada en la bolsa del suelo – también te quiero dar esto – la mostró un paquetito de tela y abrió una esquinita para que Dani lo mirase – son algunas joyas, no tienen mucho valor pero seguro que os sacaran del paso en algún momento – se inclinó sobre la bolsa para guardarlo.

 -Eso os va hacer más falta a vosotros – dijo Alicia pasando a su lado – Cruz no tienes por qué venir.

 - voy a ir.

 Carmele cogió del brazo a su hija:

 -Quédate. Ellas pueden enviar algún recado con Juan o con Manuela cuando estén instaladas en un sitio más seguro.

 Cruz volvió a negar con cabezonería.

 -No voy a ir a ningún lado – la voz fría de Dani detuvo tanto las conversaciones como los movimientos de Alicia. Todas se volvieron a mirarla con sorpresa. – Lo habéis oído bien. No pienso marcharme de aquí. – Había tenido toda la noche para pensarlo, o por lo menos desde que ella supo que la habían descubierto. No iba a huir, conocía demasiado bien a Vaquero y si ella corriera peligro sería el primero en decirla que se marchara, él mismo seria capaz de llevarla por el mismísimo mar si hacía falta. No, no podía desconfiar de Vaquero y tampoco de Diego.

No entendía muy bien los motivos de Diego ni que plan tendría preparado pero esperaba que tuviera el éxito esperado, si no ella se veía criando malvas.

 -¡claro que nos vamos a ir! Y ahora mismo además, venga, recoge las cosas Dani.

 -Al menos hasta que se calmen un poquito por aquí o sepamos bien de que va todo este asunto – intercaló Carmele de acuerdo con Alicia.

 -He dicho que no – repitió Dani colocándose el cinturón plateado y afianzando la catana en la funda de cuero – Estoy deseando saber que va a pasar y no pienso perdérmelo.

 -¡Si no te lo vas a perder! estarás como siempre en primera fila – Alicia estaba de muy mal humor y otra vez se dispuso a terminar de recoger – Si confías tanto en ese maldito de Diego ¿Por qué no nos da la cara?

 -Ella tiene razón, todos los hombres…

 -No Cruz, él es diferente. - ¿y porque sintió tantas dudas de repente? Se suponía que tenía que fiarse de él porque no habían fingido y se amaban de verdad. Buscó entre sus recuerdos hasta hallar aquel trozo de conversación murmurada en la oscuridad “Yo siempre estaré a tú lado, Dani, junto a ti”

 -¡de verdad chica! Me gustaría tener la seguridad que tienes tú pero es imposible. Ya todos saben quien eres…

 -Te recuerdo que anoche acabaron apoyándome todos. – replicó. Había alguno que todavía no la miró con buenos ojos cuando salió del muro, pero no era peligroso.

 -Por nuestra gente no debes preocuparte Alicia, me da más miedo saber porque Diego la ha delatado – dijo Cruz.

 -Eso es lo que yo quiero averiguar – Dani se encogió de hombros y golpeó la pesada bota en el suelo como si estuviera desentumeciéndose los pies. No sentía miedo por lo que pudiera pasar, al contrario, estaba deseando que lo que fuera, sucediera y terminara con su incertidumbre – Vaquero dijo que hoy nos lo explicarían y no pienso marcharme de aquí sin saber por qué. Puede que salga perdiendo – dijo en el mismo tono de “te lo advertí” que probablemente la hubiera dicho su prima – pero si yo caigo Diego caerá conmigo. – y su promesa se reflejó en el acerado brillo de sus ojos grises.

Horas antes, cuando estaba parada en la escalera observando a las personas que la increpaban, se había sentido pisoteada, traicionada, como si todo lo que hubiera hecho por aquella gente no hubiera tenido valor alguno. ¡Ella había robado para alimentarlos! Había llenado sus depósitos e incluso los había defendido. Pero lo peor de todo había sido la traición de Diego, de la persona que más amaba. Al enterarse de lo ocurrido había sentido ahogo en el pecho, rabia, incredulidad. Tras pensarlo con calma había sido peor. ¿Qué tramaba el hombre para andar con tantos secretos?

Dani era una guerrera con mente fría y era capaz de soportar las cosas más crueles y horribles. Esperaba no cambiar de parecer cuando supiese la verdad.



 -Me alegro que esto se acabe padre – dijo Tony con sinceridad. La noticia de la muerte de Javiche había sido un mal trago para la familia. Pensaban que eran invencibles y una vez más la vida les demostraba que no.- Al final las cosas han salido como esperabas. Desde luego que tendría cuidado con Bernardo…

 -olvídate de ese pringado que tiene agua en el cerebro. ¿Te dije porque quería las tierras…?

 -Si, por las minas – asintió. Ya se lo había dicho unas cuantas veces pero a su padre le encantaba repetir las cosas una y otra vez, a veces hasta contadas de diferentes maneras  - Pero entonces no nos uniremos a él. ¿No?

 -No por el momento. – sus ojos brillaron al pensar en algo divertido pero la expresión de su cara siguió tornándose seria. Tony le había visto reír en muy poquitas ocasiones y aunque descifraba que en aquel momento era un hombre feliz, no lo demostraba. –Yo sabia que Lady sería la única que podía conseguir lo que no hemos hecho nosotros – Tony se acomodó para volver a re escuchar lo que tantas veces el Justo decía. Puede que a ella nunca se lo hubiera dicho o incluso que ni si quiera lo supiese, pero el Justo había estado muy orgulloso de la fuerza y la destreza de Lady, tanto que por eso la obligó a ejercitarse como ellos, a luchar como un verdadero general y a sacarse las castañas del fuego ella solita sin ayuda de nadie. Si, sabia que Lady conseguiría lo que se propusiese –  Todo este tiempo pensando que esa cabrona había huido… y estaba metida en el ajo de todo. ¡No lo puedo creer! Ese Torresino me gusta, ha sabido jugar bien sus cartas.

Tony le miró con respeto como siempre hacía.

 -¡diría que le admiras!

 -En cierto modo si. Ha tenido los suficientes cojones como para enfrentarnos, nos ha burlado…

 -Padre, era Lady la que entraba a saquear, no el Torresino.

 -¿Qué más da? El hombre ha dicho qué están juntos en esto.

 -Que lastima que Javiche no halla podido enterarse – dejo caer Tony con un ligero tono de reproche.

Su padre cerró los ojos con fuerza ahogando su pena. Jamás les demostraría el dolor que esa muerte le producía. Prefería quemarse en el infierno a que los demás pudieran encontrar su debilidad, pero Tony sabía donde era débil y que le producía más daño. Cuando lady había desaparecido el Justo se había vuelto loco buscándola, incluso llegaron a pensar que los mismo del Sur se habían atrevido a secuestrarla. Luego se dieron cuenta que Alicia la acompañaba junto a las motos después de haber liberado a una joven que Javiche mantenía encerrada. Tony nunca había visto bien que su hermano hiciera aquellas barbaridades con las mujeres, él mismo era un guerrero, un hombre que le gustaba pelear, pero jamás, en ningún  momento y bajo ningún concepto se hubiera atrevido hacer daño a una mujer, lo que no sabía era porque su padre lo había consentido, de no ser que estuviera ignorante frente a los caprichos del hijo menor.

Recordó como había maldecido a Lady tachándola de cobarde, ahora el Justo sonreía olvidándose de todas las ofensas que Lady le había hecho escondida bajo la fachada de escoria. ¿Deberían de dejar de llamarlos así ahora que su hermana gobernaría  la mitad del país?

 -Si, por fin he conseguido lo que quería Tony. Te dije que esas tierras nos pertenecerían y lo hemos conseguido sin derramamiento de sangre, como tú querías ¿no?

 Llevaba razón. Tony igual que amaba la guerra, le gustaba enfrentarse con gente bien preparada pero no con seres indefensos que no habían cogido un arma en su vida o que se desmayarían con solo oler la herrumbre de la sangre. Si hubiese querido acabar con la gente del Sur, hace tiempo que habría acabado con ellos sin embargo últimamente varias bandas nuevas habían tratado de penetrar por el norte y él se había hecho cargo de no permitirlo.

 -Padre nosotros no hemos conseguí…

 -nosotros no pero lady si. ¿Qué más da si en vez de Bernardo de los Corsos y Silva, es Diego Torresino? Solo he cambiado de yerno pero el fin es el mismo. Esta guerra la ha ganado un Justo. Diego tiene pinta de saber por donde ponerse los pantalones y será un buen apoyo para nuestra niña.

-Mi hermana no querrá verte.

 -Lo sé Tony, pero si quiere la paz para su gente no tendrá más remedio que soportarme de vez en cuando, después de todo, ellos me informaran de todos sus pasos y nosotros de los nuestros.

 -¿Entonces dejaremos a Bernardo en su afán de conquista que se largue solo?

 -¡anda, que se vaya y no vuelva! Menudo maricón de mierda. El Torresino le dio la oportunidad de luchar por Lady y él dijo que ya no le interesaba.

Tony rio con cinismo:

 -Solo le interesaba el poder, no sé de que te extrañas.

 -No me extraño, solo me sorprende que se haya dado cuenta tan tarde, Lady era mucho más fuerte que él y lo habría liquidado en la primera discusión que tuviese. Ahora que no hay gobierno nos limitaremos a defendernos de los intrusos y por supuesto cercar la zona para que nadie pase sin permiso. Lady dirigiendo el sur y tú… el norte, nos convertirá en una potencia importante.

Tony le miró con la boca entreabierta. ¿Su padre había dicho que él dirigiría…?

 - has oído bien muchacho. Ya va siendo hora de que me releves, estoy perdiendo facultades.

Tony sonrió con amplitud, después de todo debería agradecer a su hermana el rápido ascenso que acababa de conseguir.

 -Se lo que voy hacer en primer lugar – cogió una copa de vino que su padre le sirvió y después de dar un sorbo corto continuó hablando emocionado –Daré la orden de que abastezcan los comercios y podemos volver abrir las rutas marítimas. Puede que haya algún país dispuesto a negociar con materias primas. – No vio a su padre saliendo de la habitación con la sonrisa en los labios – Mi hermana y yo… prefiero tratar con el Torresino ¿crees que será posible?

Al volverse se encontró solo.

26

Dani volvió a mirar por la ventana pero esta vez, en vez de regresar hasta la estufa de leña, se quedó en el sitió con los ojos clavados en la furgoneta de Diego.

Dio un paso atrás para no ser vista desde el exterior, desde hacía unas horas los sureños habían comenzado a reunirse en el aparcamiento. Niños, mujeres, ancianos, gente que conocía de vista al cruzar las aldeas, todos acudían como gotas de agua formando un gran charco en una procesión que no había cesado desde primera hora.

En ese momento Dani no se preocupó por la gente, solo deseaba ver el rostro de Diego y sus gestos, si le veía tranquilo todo iría bien, desde luego más le valía que todo saliera bien porque era la primera vez que el muro se llenaba de tantas personas indefensas y débiles.

Salió Diego y como si supiera que ella estaba allí levantó la mirada hacía la suya. Fue tan solo unos segundos que parecieron detener el tiempo, creyó ver  la preocupación en el semblante del hombre a pesar de su mirada tranquilizadora.

Vestía con vaqueros y cazadora de piel con los bordes en lana de borrego, estaba tan atractivo como siempre pero esta vez parecía rodeado de un aura enigmático y peligroso.

Dani se acercó más al cristal de la ventana en cuanto el Justo descendió por el lado del copiloto.

 -¿esta loco? ¡Qué diablos está haciendo! – se giró abruptamente buscando a Carmele – Él esta aquí.

 -¿El Torresino? – Alicia se levantó y caminó hacía la ventana. Dani fue tras ella pero ya no podía verlos, debían haber entrado en el  muro.

 -Mi padre – la contestó mirándola. Pudo sentir la tensión y el miedo como se reflejaban en el rostro de su prima.

 -¡¿estas segura?! – medió chilló Carmele.

Dani atravesó la habitación con rapidez y descendió los escalones saltándolos de dos en dos. Seth la esperaba en el final y ella se detuvo con ojos interrogantes. No sabía si la estaba deteniendo o…

 -Han pasado a la sala de la bodega – la dijo.

Dani le rodeó y con paso seguro se dirigió allí apenas echando un vistazo a los que ocupaban el lugar. ¿Habría venido su padre solo? ¿Por qué? No terminaba de entender muy bien. ¿Su padre solo?

Entró sin llamar empujando la puerta con fuerza, los goznes temblaron y un trozo de pintura blanca cayó al suelo.

Diego y su padre se hallaban en pie mirándola como si la llevaran esperando toda la mañana.

Nadie habló, Lady con los ojos fijos en su padre, no había cambiado nada, quizá tenía más acentuada las comisuras de los ojos pero por lo demás seguía siendo un tipo grande, alto y cuadrado. Vestía  una guerrera Alemana con coderas negras donde lucia todas las estrellas y condecoraciones que el ejército le dio en su tiempo joven, estaba igual, solo que ahora con el cabello cano.

 Él la miró largamente y Dani contuvo la respiración. La estaba estudiando… lo había hecho muchas veces y conseguía ponerla nerviosa con tanto escrutinio. Su corazón aleteaba como una mariposa en su pecho e inconscientemente esperó a que él asintiera conforme. No lo hizo.

 -¿Cómo te va Lady?

No la daba la gana contestar, no quería hablar con él y no pensaba hacerlo, si Diego le había llevado que hablara con él.

Diego la detuvo antes que saliera de la sala:

 -Espera Lady.

Se volvió hacía él enojada.

 -¿Por qué? ¡No quiero hablar con él! – ignoró a su padre deliberadamente sin advertir el nudo que el Justo pretendía tragar. –No se para que le has traído, si has hecho un pacto me parece muy bien, si no… - miró a su padre que se hallaba erguido en toda su estatura mirándola con una semi sonrisa. Se enojó, ese gesto la pareció presuntuoso, volvió sus claros ojos a Diego de nuevo – lo que tengáis que discutir lo podéis hacer vosotros solos.

 -Lady…

 -Déjalo Diego Torresino – El Justo dio un paso hacía ella – He venido porque quería verte – la explicó. – Creo que tendríamos que hablar ¿no crees?

Lady estuvo a punto de  morir ahogada con su propia saliva. Su padre quería hablar. ¿Cuando habían hablado ellos?

Diego la entregó un vaso de agua acompañado de una pequeña palmada en la espalda.

 -Escúchale Lady, por favor, si no te gusta lo que oyes – se inclinó más sobre su oído y Dani se estremeció al sentir su aliento sobre el cuello – le matamos.

Le buscó la mirada, Diego sonreía con tranquilidad, mentía.

Dani miró a su padre todavía dudando durante unos minutos silenciosos y eternos, por fin se sentó frente a una mesa haciendo el grandísimo esfuerzo de escucharle.





Cruz corrió a toda velocidad por el estrecho camino de tierra. La asfixia, la falta de aliento la ahogaba y secaba su garganta pero no dejó de correr. Le habían dicho que Seth se marchaba fuera del país y debía alcanzarle antes que fuera demasiado tarde. No sabía siquiera que le iba a decir, pero quería despedirse, verle por última vez antes que se marchara y saliera de su vida definitivamente.

Se detuvo solo unos segundos para tomar aire y se lanzó de nuevo a la carrera.  El sol que penetraba entre las hojas de los arboles que bordeaban el camino daba sobre sus ojos de forma intermitente y molesta. Hacía un precioso día de invierno, soleado, frio, sin aire y tranquilo. El día ideal para iniciar un viaje sin retorno ¡Seth No podía haberse ido sin avisarla!

Salió del camino antes de tomar la curva para atajar lo más posible, sobre una pequeña cima vería con seguridad si Seth aún estaba con el grupo despidiéndose de ellos, rezó para que estuviera allí. ¿Por qué había tenido que ser la ultima en enterarse?

El ultimo trozó de cuesta lo alcanzó ayudándose de las manos y entre jadeos buscó a Seth con la mirada.

Las praderas blancas y extensas con diminutas casitas aisladas se abrían ante sus ojos como una postal navideña, más a la izquierda el mar se unía al cielo. No había nadie a la vista.

Sus labios comenzaron a temblar en el mismo momento que sus ojos se abnegaron en lágrimas. Seth estaba muy lejos en la carretera general con rumbo al norte, cargaba tras él un enorme macuto.

Cruz se dejó caer de rodillas y le siguió con la vista hasta que no fue más que un punto negro en el horizonte. Seth se había marchado y no la había dicho nada, ni un adiós, ni una mirada… No iba a llorar, la ardían los ojos, la dolía la garganta pero no iba a llorar. Su corazón retumbó en sus oídos con la fuerza de un tambor y las uñas se clavaron en las palmas de sus manos de apretar los puños con fuerza.

Su corazón la decía que no abandonara, que luchara por él ¿para que? Seth no la pertenecía.

De haber sabido todo lo que iba a sufrir a causa de rechazarle una y otra vez. ¡Por dios! ¿Seth no se daba cuenta que ambos sufrían? Porque no podía verle la cara pero lo sabia. Seth había sentido algo por ella, y aquello que ella había ignorado ahora se esfumaba como el humo de una chimenea, se iba para no volver, pero Cruz no lloró.

Al cabo de unas horas se levantó del suelo, sentía las piernas como corcho de no haberse movido de allí esperando que Seth regresara, que se le hubiese olvidado algo, que hubiera recordado que no se había despedido de ella… por el camino no apareció nadie y el sol comenzó a ocultarse en un precioso atardecer.

La vinieron a la mente muchos de los momentos que compartieron, cierto que no fueron muchas risas, se mordió el labio pensativa, demasiadas pocas risas y muchos mosqueos y broncas. ¿Por qué iba Seth a querer algo así cuando él era totalmente distinto? Alegre, jovial, caballeroso… No iba a llorar ahora tampoco. ¡No lo haría! Aspiró con fuerza y soltó el aliento intentando que no temblara. ¿Por qué su estomago se contraía y se agitaba? ¿Por qué su garganta tenía que hacer esos extraños ruidos? ¿Por qué sus mejillas se hallaban húmedas?, pensó limpiándose con la manga de su chaqueta. ¡Había jurado no volver a llorar después de acabar con Javier!

Como una sombra penetró en el muro, no respiraba porque la angustia del pecho amenazaba con estallar. Se deslizó a su dormitorio en un paso lento y cansado, sin prisa.

Si escuchó a Dani reír con Diego al  otro lado de pasillo lo ignoró, era incapaz de escuchar o ver nada. Se arrojó sobre la cama con temblores incontrolados, pero… no lloró.



 -Una cerveza guapo – la camarera rubia de la gasolinera le había guiñado el ojo en dos ocasiones, de modo que Seth ya sabría donde iba a pasar esa noche, en la mañana continuaría hacía el norte, quería comprobar con sus propios ojos como estaba el  mundo.

Bebió un gran trago de cerveza y apoyó los codos sobre la mesa. Se había sentado muy cerca de un gran escaparate desde el que podía observar a la gente pasando o terminando de cerrar los negocios que aun funcionaban.

La ciudad era un caos total, pintadas y grafitis llenaban las calles sucias y embarradas. Cubos de basura envueltos en llamas calentaba a la cantidad de personas que deambulaban por allí en busca de algunas monedas o a lo sumo algo que llevarse a la boca.

 -¿quieres otra, guapo? – la muchacha se había inclinado mostrándole unos senos blancos y redondos por el hueco de su blusa.

 -Solo si me acompañas – la sonrió seduciéndola, la chica abrió los brillantes ojos con entusiasmo.

 -Media hora y me marcho – asintió ella - ¿me esperas?

Seth asintió con una sonrisa y retomó la jarra de cerveza. Sus ojos siguieron a la camarera observándola con interés. Hacía mucho tiempo que no estaba con ninguna mujer, y esta, a pesar de ser rolliza tenía un rostro muy dulce de mofletes sonrosados y ojos celestes.

Por un momento el recuerdo de Cruz invadió su cabeza y la sonrisa desapareció como por arte de magia.

No había podido despedirse de ella, le había faltado el valor para hacerlo, porque no estaba seguro de querer irse o querer quedarse aunque tuviera que suplicarla que estuviera con él. Desde que el Justo murió, las cosas cambiaron radicalmente entre ellos, Quiza fuera él al juzgarla como lo hizo, o ella al demostrarle que jamás aceptaría a un hombre.

Sin ella el mundo se le quedaba grande, demasiado grande y austero. Si al menos supiera que Cruz iba a ser feliz, pero no, ella estaba encerrada en un vacío hermético donde el corazón se la había vuelto de hielo, sus ojos cristales encendidos.

Buscó en su memoria un momento en que ella sonrió y lo atesoró muy dentro de él, siempre la recordaría con un gran cariño.

 -¿Nos vamos guapo? Por cierto me llamo Estefanía, pero me llaman Estefi. ¿Tú?

 -Seth Torresino, si me llamas amor tampoco me molesta – ella soltó una carcajada y se tomó de su brazo.







27

-¿te das cuenta que finalmente mi padre ha vencido?

Dani se hallaba bajo las frazadas por lo que Diego solo escuchó su voz ahogada.

 -Te repito que no vamos a estar bajo sus órdenes.

Dani sacó la cabeza, sus ojos brillaron significativamente al observar el torso desnudo de Diego antes que este terminara de colocarse el grueso jersey de lana.

 -No me mires así nena, estamos hablando de algo serio.

 -No en nuestra cama, a partir de ahora queda terminantemente prohibido hablar de esos asuntos en nuestro espacio y por cierto ¿Dónde vas con tanta prisa? – se estiró perezosamente sobre el colchón y él siguió sus movimientos con deseos de volver a entrar en la cama, pero no lo hizo y ella frunció los labios haciéndole saber que la molestaba.

 -Tony dijo que abriría el centro de comunicaciones y que abastecería las tiendas, quiero echar un vistazo.

Ella suspiró decepcionada, si por ella fuera ese día no se habrían levantado de la cama.

 -Diego, ¿nos tenemos que casar de verdad?

 -Hablas de ello como si fuera algo horrible – se encogió de hombros y agitó la cabeza con una sonrisa burlona – si total, tarde o temprano nos hubiéramos unido.

 -¡nos hubiéramos unido! ¡Tú lo has dicho! Pero no entiendo porque la tontería de casarse – soltó una risa cristalina que empapó los sentidos de Diego – No existe el registro tal y como lo conocemos, posiblemente seamos las primeras personas en casarse después del cese del gobierno. – Dani volvió a reír – Los letrados y funcionarios fueron los primeros en dejar sus puestos, los hospitales del norte atienden a las personas según sus urgencias y necesidades y porque los médicos se han ofrecido sin obtener nada a cambio… – se incorporó de la cama y tiritó en contacto con el frío del dormitorio.  Cogió lo primero que tenía a mano que fue la chaqueta de cuero, y se la puso sobre la piel desnuda. Los dientes castañearon – Torresino hemos estado malviviendo, o sobreviviendo si prefieres llamarlo así. Los Justos tampoco lo estaban pasando tan bien…

 -Ahh! Prestaste atención a tu padre.

Dani torció el gesto.

 -Lo que quiero hacerte entender Diego, es que la vida no será igual, debemos partir de cero. Hazte a la idea de que todo es como el principio de los tiempos – él frunció más el ceño todavía – como las historias esas de medievales, del mago Merlín, Ivanhoe… Tenemos que resucitar un país.

 -Dani, de verdad, yo solo quería saber si ya funcionan los ordenadores, nada más – contestó medio balbuceando.- ¿Por qué no regresas a la cama y descansas? – La besó en la frente y salió por la puerta, sin embargo se volvió a mirarla antes de cerrar  – Podrías ir buscando… un escribiente, por que nos casamos. Ese fue el trato.

 -¡Tú trato! – gritó ella para que la escuchara, Diego ya había cerrado la puerta. -¡tendrá morro! Y encima dice que mi padre fue más educado que yo. ¡Ja! – bufó enojada buscando sus ropas.

El Justo al final se había salido con la suya, Lady iba a ser la alianza, y ahora lo era. Claro que Diego no era lo mismo que Bernardo y Diego no se iba a dejar manejar con facilidad. Además era un alivio el saber que su padre cedía el cargo a su hermano mayor, y esté no parecía llevarse demasiado mal con Diego. Ella ya les había advertido la noche anterior, no pensaba tratar ni con su padre ni con ningún familiar, Diego quería casarse, ¡pues que él apechara con las consecuencias!



 -¡Carmele! ¿Dónde esta Cruz? – Dani llevaba un rato buscando a las chicas sin hallarlas y comenzaba a pensar que habían salido sin ella. A lo mejor se pensaban que porque ella y Diego se iban a casar debían dejarla de lado. ¡Pues estaban equivocadas!

 -Deben estar en alguna de sus habitaciones porque vi a Alicia subir varias botellas.

Dani arqueó las elegantes cejas.

 -Mi prima no bebe… - se miró el reloj de pulsera para terminar decir – a estas horas. – Carmele se encogió de hombros y volvió a su tarea.

Dani ascendió al piso superior y enseguida vio la trampilla del desván abierta con las escaleras desplegadas. Juraría no haberlo visto en las dos veces que se recorrió el pasillo. Al llegar hasta allí escuchó las voces de las chicas que llegaban bastantes animadas.

 -Hola – saludó subiendo – ¿os habéis olvidado de invitarme a vuestra fiesta?

Las miró y la sonrisa que tenía pintada en su boca desapareció por arte de magia al ver a Cruz llorar como una madalena sobre el hombro de Alicia.

 -¿Qué ha pasado? – preguntó.

Elizabeth era la chica que más cerca tenía y la que contestó:

 -Es por Seth. La hemos dicho que no la queríamos dejar sola, y aquí estamos como tontas llorando. – al decirlo se retiró una lagrima.

 -Y bebiendo.

 -pero llorando también – replicó la chica. -¿y tú? ¿No estas con tu chico?

 -¡que va! La tecnología hoy es mucho más importante.  – cogió la botella que alguien la entregó. La miró como si fuera una serpiente a punto de atacarla y luego bebió un buen trago. El líquido bajó por su garganta prendiendo todo lo que tenia, ella jadeó simulando echar fuego por la boca -¿pero que es esto?

 -Aguardiente.

 -¡oh vaya! ¡Esta malísimo! – volvió a beber, esta vez entró algo más suave, las demás veces ya no lo fue notando mucho. El cuerpo adquirió una calidez muy especial, era como la sensación de caminar volando a ras del suelo.

 -¿Qué haces Dani? – la preguntó Alicia.

 -¡mira! Parece que las botas no pesan – giró por la habitación varias vueltas seguidas – Pruébalo Ali, veras no pesa.

Alicia soltó una carcajada y desprendiéndose de Cruz la imitó entre risas. Elisabeth se unió a ellas y entre todas convencieron a Cruz.

Charlaron y bebieron, bailaron y bebieron, lloraron y bebieron.

 -Que tire la primera piedra la que no vaya borracha.

No fueron piedras las que rompieron el cristal de la única ventana del desván, unas gafas de sol, unos guantes, un casco, varias botellas vacías. Rompieron a reír escandalosamente y Dani se dejó caer sobre una vieja alfombra, Cruz la siguió.

 -¡no puedo creerlo chicas! Estoy destrozada, echa polvo y vosotras habéis logrado animarme. ¡Sois autenticas!

 -¿ya te has olvidado de él?

 -No – Cruz se encogió de hombros con una mueca divertida – pero habéis estado conmigo en todo momento y…

 -¡Vamos a buscarle! – Dani se puso en pie al cuarto intento. – Venga vamos.

 - ¿a buscar a quien? – rio Alicia viendo a su prima trastabillar hacía la trampilla. La imaginó cayendo por las escaleras y se acercó para cogerla la mano.

 -¡pues a Seth! Vamos Cruz, no te quedes hay como tonta…

 -Estoy aquí Dani, detrás de ti – contestó Cruz dándola con el dedo en el hombro.

Alicia volvió a soltar una de sus sonoras carcajadas. Se había dado cuenta que Dani había confundido a Cruz con un alto perchero que habían colocado en un rincón del desván.

 -¿has visto el moco que tenemos? ¡Si ni siquiera podemos llevar las motos!

Dani se rascó la frente asintiendo:

 -¡es verdad tenemos que coger las motos! ¿Por qué no las compramos con piloto automático?

 - A lo mejor porque aún no existen – respondió Cruz - ¿Por qué no existen, verdad?

 -Yo no las he visto nunca. – negó Alicia repentinamente seria.

 - es porque son muy rápidas – se inventó Dany.

 - Pues le decimos a Vaquero que nos lleve. A ver ¿alguna sabe donde iba Seth? – dijo Cruz agitando la mano.

- ¡esperar! Voy hablar con Diego ahora mismo, él tiene que saber donde esta. – todas escucharon el golpetazo que se dio Dani cuando aterrizó  las posaderas sobre el suelo del pasillo. Se asomaron con distintas miradas, todas a punto de volver a echar a reírse.

 -Podías haber utilizado la escalera – dijo Alicia reteniendo la risa en la garganta.

 -Esto es más rápido –contestó Dani con orgullo queriendo hacerlas creer que lo había echo adrede.







28

  -¿Dónde vas nena?

Dani había pasado de largo la puerta de su dormitorio, se paró al escuchar a Diego girándose lentamente hacía él.

 -Te estaba buscando.

 -¿estas bien? –la preguntó acercándose a ella. En cuanto llegó a sus fosas nasales el olor de alcohol la miró incrédulo -¿has bebido?

 -¡No! ¡Que va! – agitó la cabeza con tanta fuerza que estuvo a punto de marearse, con disimulo se agarró al marco de la puerta y le sonrió con ojos brillantes – Alicia estaba consolando a Cruz y me quede un rato con ellas. -¿la creería?

Diego alzó ligeramente las cejas y se apartó para que ella entrara en el dormitorio.

 -pasa Dani.

 -Tú primero – le dijo ella con un  pequeño hipo.

 -No pasa tú – insistió él con una sonrisa. Quiza Dani pensó que Diego no se había dado cuenta de que había bebido, pero Diego no solo tenía un fino olfato. Ella casi era incapaz de sostenerse sobre sus piernas y su cuerpo se balanceaba peligrosamente en el hueco de la puerta.

 -Como quieras – respondió Dani soltando un largo suspiro. Concentrada caminó hasta la cama rezando por no desviarse de su objetivo, si guiñaba un ojo era capaz de ver con normalidad, en cambio con los dos abiertos veía todo doble, se sentó con tanta fuerza que todo el colchón  vibró.

Diego había cerrado la puerta y la miraba con la espalda apoyada en el muro y los brazos cruzados sobre el pecho.

 -¿Qué has bebido?

Ella hizo una mueca de asco cuando levantó la cabeza para mirarle:

 -Aguardiente, pero… creo que me ha sentado fatal – hundió la cara entre las manos.

Diego se acercó hasta ella y la rodeó los hombros con un brazo.

 -Eso creo yo. ¿Has comido algo? – Ella negó con la cabeza igual que una niña - ¿quieres que te suba algo? – volvió a negar.

Diego la ayudó a recostarse sobre la cama y ella forcejeó entre risas:

 -¿te quieres aprovechar de mi?

 -Pudiera ser –  logró tumbarla boca arriba y él se sentó a horcajadas sobre ella cogiéndola de las muñecas. Muy despacio acercó su boca a la de ella y Dani cerró los ojos, la besó ligeramente. - ¿quieres un café? ¿Más aguardiente?

Dani se soltó una de sus manos y  la puso sobre la boca al tiempo que trataba de levantarse. Diego se apartó corriendo.

 -¿vas a vomitar?

Ella asintió.



Las sombras de la noche se cernían en el exterior con un frio helado, al menos no nevaba y llevaba varios días sin llover.

Dani se despertó con un buen dolor de cabeza, la boca seca y el estomago revuelto. Como Diego no estaba por allí aprovechó para borrar la huella del consumo abusivo de aquella mañana. ¡La última vez que bebía! Se sentía como si un tren hubiera pasado por encima, no una vez, si no unas cuantas.

¡Pobre Diego! ¿Cuántas tonterías le había dicho? Porque recordaba algunas pero otras no… Sonrió. El chorro de la ducha golpeó su rostro y ella se explayó con deleite, la fuerza del caudal del agua era más fuerte de lo normal, así como la potencia de la luz que los últimos años la había tenido al mínimo.

Estaba tan relajada que no supo que Diego había regresado hasta que no metió la cabeza en la bañera.

 -¿Cómo estas? – él parecía serio quitándose la chaqueta.

 -Como nueva – extendió las manos mojadas hacía él - ¿quieres entrar?

Él miró el hueco dudando, se desnudó bajo los atentos ojos de Dani y ella se apartó para dejarle pasar. Se abrazó a él en cuanto tuvo oportunidad.

 -Llegué a pensar que moriría.

Diego rodeó su cintura y la atrajo contra él, la mano libre la enredó en la media melena cobriza. El agua caía tibia sobre sus cabezas y hombros.

 -Como mucho un coma etílico – tiró del pelo levantando su cara para absorber el brillo de la mirada gris y cristalina. – Ya me ha contado Alicia vuestro plan.

 -¿Qué plan? – abrió los ojos con sorpresa. ¿Habían planeado algo que ella no podía recordar?

 -Lo de ir a buscar a mi hermano.

 -Ahh, si, era eso – le regaló una trémula sonrisa - ¡que susto! Ahora no me acordaba de nada. Recuérdame que no vuelva a beber como una cosaca. – Alzó sus manos para rodear el cuello masculino y apoderarse de su boca  - por cierto – murmuró contra sus labios de miel -¿sabes donde esta tu hermano?

Diego la tomó de las caderas y la levantó contra él haciendo que las largas piernas rodearan su cintura.

 -iba a pasar un par de días en la ciudad y luego viajaba hacía el norte – la aplastó contra la blanca pared de azulejos, ella le miraba con la boca entreabierta y las mejillas teñidas de rosa. Sentía las fuertes manos masajeando sus nalgas – en una hora aproximadamente saldremos a buscarle.

 -Humm.

 -¿te sientes bien para venir? – ella volvió a gemir. En ese momento no sabía de lo que estaban hablando, era muy difícil pensar cuando aquellas manos la acariciaban el trasero y sus senos se frotaban eróticamente sobre el torso de él. La incorporó un poco más y Dani exclamó cuando la tomó un pecho con la boca. Dejó caer la cabeza contra la pared, sus manos se aferraron al cabello de Diego y se estremeció cuando el hombre la invadió con todo su ser.

 -Te quiero Diego – le susurró antes de volverse loca de excitación.



Tiempo después Dani, vestida de cuero, se acercó hasta las motos donde Cruz y Alicia la estaban esperando. Diego tenía ese gusanillo especial por la aventura, había tomado un casco negro y esperó a que la muchacha subiera ante él. Ya sabía por Seth que Dani era una conductora magnifica y aunque había intentado convencerla de ser él quien llevara el vehículo, Dani se había negado confesándole que nunca iba de paquete, sentía pánico cuando no era ella quien conducía.

Se apretó contra la delgada espalda, otra vez estaba excitado y es que estar con Dani tan cerca era un peligro constante. Durante el viaje intentó pensar en otra cosa que no fuera aquel cuerpo caliente y suave que olía a cuero con una mezcla de hierbas frescas.

Los arboles pasaban a su lado con velocidad sin poder mantener la vista sobre un punto fijo, prefería su furgoneta mil veces, es verdad que admiraba los moteros y las piruetas de las que tanto les gustaba presumir, pero él era un poco receloso en cuanto a la seguridad de ese aparato con dos ruedas.

Tenía una pequeña idea de donde podía estar Seth, al menos le había estado ayudando a señalar el itinerario que iba a seguir. Miró a Cruz que viajaba muy cerca de ellos, Alicia se había adelantado ligeramente.

No estaba muy seguro de como reaccionaria su hermano cuando les viera llegar, quizá lo más lógico sería que solo él se acercara para advertirle de la presencia y por su puesto, las intenciones de las chicas. De seguro, Seth iba alucinar.





 

Muchas gracias por esperar. Ya estoy aquí más centradita. Un besazo para todas.

29

Tan solo faltaban un par de horas para que despertara la mañana y el dueño de la chocolatería aún no había podido cerrar el negocio.

No tenía ni idea de quienes eran aquellas personas que habían ocupado los bancos cercanos al escaparate, las motos de fuera eran suyas, así como los cascos apilados en una de las mesas vecinas. Daba igual porque no había ni un solo cliente que no fueran esa pandilla de moteras y el hombre alto y castaño que las acompañaba.

Al verlos entrar se había asustado y cinco minutos más tarde se había ofrecido hacerles un pastel. ¡Eran tan agradables esas mozas que hubiera sido capaz de prepararles una cena en condiciones!

Pero el tiempo había pasado, las chicas se habían acomodado y el único que parecía despierto era el hombre que observaba todo con ojos entrecerrados.

 -¿le apetece un café? – le preguntó cuando sus miradas chocaron.

Él asintió, acarició la cabeza de la pelirroja que tenía al lado y se acercó hasta el mostrador.

- ¿no habrá visto por aquí a un tío que se parece a mi pero con el pelo largo? – pregunto él joven tomando asiento en una banqueta alta.

¡Claro!

 - Estuvo aquí, si – afirmó totalmente convencido- ¡No podía dejar de mirarle y era por eso! ¡Se parecen muchísimo! – La cafetera comenzó a pitar y se dio la vuelta a recoger la taza. El aroma del liquido caliente y amargo lleno la chocolatería – Ese hombre es un familiar ¿verdad? Me preocupé cuando se marchó con Estefi – el motero arqueó las cejas – Es la camarera del local de al lado, se fueron juntos a primera hora de la noche.

Una de las chicas pareció despertarse, si es que había dormido, y se acercó al mostrador observando al dueño con atención.

 -¿sabe si se aloja en los apartamentos de la esquina? – preguntó la joven con voz áspera y ronca.

 -Claro que esta ahí Cruz, vimos la moto – contestó su compañero.

- Ya pero pensé que podría estar durmiendo y que si iba, le molestaría – dio un sorbo al café que había sobre la barra – ahora me da igual lo que este haciendo – ella se giró pero el motero la cogió del codo.

 -Déjame que yo hable con él primero.

El camarero se retiro al ver la furiosa mirada de la muchacha, aun así la dijo:

 -Señorita, Estefi es una buena chica, ese hombre… - Tenía miedo por que la ingenua Estefi se viera envuelta en alguna bronca.

 -Cállese – la voz del amigo le sonó a orden y obedeció.



 -Espera Cruz – Dani la alcanzó antes que golpeara la puerta de la habitación - ¿has pensado bien que le vas a decir cuando te pregunte que haces aquí? Escúchame, ¿si en verdad no esta solo? No tienes ningún derecho sobre él.

 -¿Qué pretendes Dani?

 -Quiero evitar que Seth te avergüence. Espera a que estéis solos…

Cruz golpeó la puerta, Dani aguantó la respiración.

 -¿estas segura Cruz?

La muchacha negó.

Al cabo de unos minutos escucharon la voz de Seth y el ruido del percutor de una automática rompiendo el silencio del corredor.

 -¿Quién es? – la voz ronca del hombre llegó ahogada por la madera.

 - Dile algo – murmuró Dani mirándola fijamente. No se cambiaria por Cruz en ese momento por nada del mundo.

 -¿a través de la puerta? – susurró ella. Dani asintió.

 -Si no contestas ¡lárgate! – continuó diciendo la voz de Seth.

 -Soy yo, Cruz – medio gritó irguiéndose en la posición de firme.

Se hizo un silencio espeso, pesado, hasta que finalmente Seth abrió la puerta. Se había puesto rápidamente unos ajustados pantalones y llevaba el botón desabrochado mostrando una fina línea de vello oscuro, el torso estaba totalmente descubierto y era digno del mejor escultor. El arma estaba sobre una mesilla.

 -¿se puede pasar? – preguntó Cruz con frialdad y los labios apretados con disgusto. Seth se encogió de hombros apartándose para que entraran.

Dani cerraba el paso fingiendo que le interesaba más la decoración del cuarto que saber si había alguien en la cama de su fututo cuñado. La cama estaba revuelta y vacía, gracias a Dios y Dani soltó un suspiro de alivio.

No habiendo terceras personas las cosas podrían arreglarse fácilmente. ¿No?

Cruz se volvió a él entre feliz y sorprendida, Dani en cambio carraspeó nerviosa deseando salir de allí. Solo había acudido por si la tal Estefi tenía problemas con Cruz, pero al parecer Seth estaba solo.

 -¿ha sucedido algo? – preguntó de repente Seth asustado. Se restregó los ojos y caminó para observar a través de la ventana.

Cruz miró a Dani esperando que ella dijera algo, no pensaba hacerlo desde luego, la idea de estar allí, de haberlo despertado… había sido de Cruz, aún así con las mejillas sonrosadas, saludó a Seth.

 -Seth – Dani le señaló la cintura del pantalón – se te ha olvidado el botón.

El joven no presto mucha importancia al detalle abrochándolo  y Dani se lo agradeció. Que hubiera comenzado una relación con un hombre al que por cierto adoraba, no significaba que no se ruborizara con esas cosas.

 -¿Por qué estáis aquí? – preguntó confuso.

 -Hemos venido a buscarte – dijo Cruz con decisión, Dani tragó con dificultad, realmente ella no pintaba nada allí.

 -¿Por qué?

 -Tu hermano se casa, deberías haber esperado al menos hasta la boda para marcharte.

 -¿Qué? – Seth estaba atónito.

Dani no podía cerrar la boca de la impresión. Aquella era la excusa más tonta y mala que había escuchado en su vida. ¿Pues no pensaba recriminarle el no haberse despedido de ella? ¿Por qué Cruz se inventaba las cosas?

 -Pero por mi…. – se calló cuando Cruz la hizo una señal. – Quería decir que a Diego le haría mucha ilusión que te quedaras hasta… después - ¿Por qué le metía a Diego en esos líos? – Uff ¡que calor hace aquí! ¿No? – rápidamente comenzó a pensar un modo de escapar de allí.

 -A ver, no entiendo nada, ¿me decís que venís hasta aquí a las cinco de la mañana para decir que este presente en la boda de mi hermano? – Seth se volvió a Dani con el rostro más incrédulo que ella hubiera visto - ¿sabe mi hermano que estas aquí para llevarme…?

 -¡No! ¡Si! ¡Claro que sabe que estoy aquí! – Dani frunció el ceño cuando observó a su amiga - ¡esa chorrada que has contado es patética, Cruz! – Buscó la mirada de Seth con una clara advertencia – Cruz esta aquí porque te quiere – escuchó exclamar a la muchacha pero no quiso mirar no fuera a ser que la pegara – y sé de buena fuente que estas hasta la medula por Cruz – ahora fue él quien exclamo.

 -¡Yo no le quiero!

 -¿hasta la medula? ¡No me hagas reír!

 -Espero abajo.

Seth y Cruz siguieron farfullando durante un buen rato pero Dani no les prestó atención cuando salió del cuarto.

Ella no era ninguna celestina, tampoco ninguna tonta como la estaba haciendo quedar Cruz ¡nada de eso! Ella les había allanado el camino y ahora que hicieran lo que les diera la gana.

La sensación de haber estado metida en un campo de minas que por un mal paso que diera podía salir herida, se calmó en cuanto vio al amor de su vida apoyado sobre la moto. Alicia y él charlaban jocosamente y Dani sonrió emocionada, eran las personas que más quería y admiraba, era una satisfacción enorme saber que ellos se llevaban tan bien, sobre todo sabiendo que su prima se marcharía pronto y que ella podría compartir su preocupación con Diego. Y Dani no podría evitarlo, lo sabía y la apenaba, Alicia todavía no encontraba su sitio.

 - ¿ha cerrado la churrería?

 -El pobre hombre estaba deseando marcharse a descansar, se ha quedado a dormir dentro porque abre en un rato. ¿Qué ha pasado por ahí? – preguntó Diego alzando la mirada a las ventanas superiores.

 - De momento están un poco nerviosos – les explicó Dani – creo que les he dejado suficientemente claro el tema del que deben hablar. Les damos media hora y después les robamos la habitación ¿no?

 -Nosotros habíamos pensado que con cuarto de hora es suficiente. Hace frio y tenemos sueño. – gruñó Alicia.

  - es verdad – Dani rodeó la cintura de Diego y se apretó modosamente contra su pecho. - ¿hacemos apuestas?

 -Se lían – respondió Alicia.

Diego asintió con la cabeza:

 -Si, se lían ¿Por qué? ¿Tú vas a decir lo contrario?

 -Y os voy a ganar – Dani chasqueó la lengua – No me gustaría pero no veo a Cruz sincerándose con Seth.

Diego la rodeó los hombros con su brazo:

 -Puede que mi hermano este lo bastante furioso como para dejar aclarado más de un punto.

 -¿Qué quieres decir con eso Torresino?

 -Que la paciencia tiene un límite y Seth ha sido el santo Job desde que conoció a Cruz. – miró el reloj de pulsera y Dani lo miró con él. Ya no quedaba mucho.





Cruz bajó la cabeza y alzó la mirada cuando Seth se infló ante sus ojos. Su furia le ampliaba el pecho y la tensión de aquellos fuertes músculos le hacían parecer más alto.

 -Me gustas mucho Cruz – admitió con voz sincera – pero… no… - negó con la cabeza – Tú jamás estarás preparada para llevar una relación. ¡Y no es que lo invente! Tú misma me lo has dicho en muchas ocasiones.

 -¿Por qué te has marchado Seth? – le preguntó en un hilo de voz. – Estuve esperando que vinieras a despedirte de mí. – no se atrevía a mantener la cabeza levantada.

 -No quise hacerlo.

La frialdad de Seth era espeluznante. Admitía que la gustaba pero se marchaba sin intentarlo.

Ella asintió alejándose de él hacía la ventana, más que nada para darle la espalda porque no podía soportar todas las emociones que cruzaban por el rostro de Seth, angustia, desconfianza…

 -Yo me enteré muy tarde. – Clavó la vista en el cristal de la ventana donde ambos se reflejaban como en un espejo.

-Simplemente no me gustan las despedidas Cruz.

 -Pero los demás…

 -No me dañan tanto como tú.

Cruz luchó lo indecible contra las lágrimas.

 -Lo comprendo.

 -No, Cruz, no lo comprendes – se puso tras ella, tan cerca, que Cruz adsorbió su calor corporal a través de la chaqueta. – Quiero verte sonreír y me tratas de payaso, deseo ayudarte y solo recibo tus gritos. ¿Me ves como a un estúpido? ¿Es eso? – podía sentir el aliento de Seth sobre su cuello. Ella negó con la cabeza - ¡No me das oportunidad de mostrarme como yo soy! Si me rio te molesta y si me voy con otra… - ambos pensaron en el día que él y Eli revisaban los discos - ¿Qué quieres de mi, Cruz? Mírame y dime ¿Qué pretendes que haga ahora?

Cruz le enfrentó por fin, sus ojos brillaron apenados.

 -No sabía como te sentías.

 -¡no, por supuesto que no! ¿Sabes porque? Porque te has quedado bloqueada en una etapa de tu vida y todo lo demás no te interesa – Cruz quiso gritarle que él la interesaba pero la cobardía frenó su lengua - ¿quieres saber que es lo que pienso de ti? ¿Qué opino después de saber que te sucedió?

 -No – musitó dolida.

 -¿Por qué?

 - Porque me da miedo – soltó un suspiró tembloroso. La dolía la garganta y la costaba respirar – porque puede que no me importe lo que piensen los demás pero no lo que pienses tú.

 -¿Pero no quieres saberlo? Siempre has sido muy sincera conmigo, siempre a cuchillo con todo lo que decía, y tú, la valiente Cruz que me enseñó muchas artes que yo desconocía, no es capaz de escuchar lo que considero de este asunto. – Seth fue a recoger su jersey y lo pasó por la cabeza – Cuando estés preparada para oírlo…

 -Dímelo – le imploró con voz áspera tomándose de su brazo - ¡dímelo y acabemos con esto!

30

 - De acuerdo – Seth tomó una silla, con mucha agilidad la levantó en el aire y la depositó en el suelo ante ella con un golpe seco – siéntate.

La vio titubear, creyó que no obedecería pero se confundió cuando ella se quitó la cazadora y se sentó con la espalda erguida.  El cabello caía revuelto en su espalda y un grueso mechón rozaba su mejilla, un mechón que Seth estuvo tentado de colocar tras su oreja, se retuvo, tocarla en aquel momento era peligroso, sobre todo después de dejar marchar a la simpática camarera sin haber satisfecho sus necesidades.

Cuando Estefi se fue se maldijo mil veces, si ella no hubiera abierto la boca en el mismo momento que iba a penetrarla hubiera seguido imaginando que era Cruz quien se hallaba bajo él retorciéndose de placer. ¡Había sido un cabrón con la chica! Se había disculpado con ella a sabiendas del deseo que pintaba sus ojos.  Y ahora tenía a Cruz ante él y la excitación se hizo tan evidente que la única manera de estar con ella era sentándose en la cama con las piernas ligeramente abiertas y el cuerpo inclinado hacía adelante uniendo las manos ante sí.

Cruz estaba nerviosa, él mismo lo estaba.

 -El día que te conocí no me fijé en ti. Me gustaba Dani.

Ella le miró sorprendida, con la boca entreabierta.

Seth asintió con la cabeza:

 -Dani me confundió – soltó una carcajada carente de humor - ¡no pensé que fuera una maquina de matar!

 -No mató a nadie – susurró Cruz.

 “En cambio tú si” – pensó Seth. No quiso continuar por ahí, no tenía ganas de escuchar sus gritos. No estaba dispuesto a dejar que montara un alboroto allí, eran las tantas de la mañana y había gente que continuaba durmiendo.

 - ¿sabes que es lo que me atrajo de ti?

Ella se encogió de hombros expectante.

– La mala leche que tienes – “tú hermosa boca de fresa” – el desagradable tono de tú voz – “como mueves el culo al andar” – la pinta machorro que tienes – “tú cuerpo”

 -¿Cómo te puede atraer esas cosas?

 -Son defectos horribles que deseaba eliminar de ti – Seth hizo una estudiada mueca con la boca, se paseó la lengua sobre los labios sabiendo que los ojos de Cruz repasaban sus gestos con atención – No sé porque pensé que te abrirías a mí, que dejarías al menos que fuera tu amigo…

 -Y lo fuiste.

 -¡no! ¡No lo fui! – se ofendió – “Seth ¿has quitado la llave de la moto?”  “Seth limpia las armas” “Seth” “Seth” Nunca me trataste como a un amigo, sabías de sobra que hubiese hecho cualquier cosa que me pidieras solo para que aprendieras a confiar en mi, pero no… No podías porque te sentías engañada, traicionada, porque estas obsesionada con que te ocurrirá otra vez. ¡Yo no tengo la culpa de que conocieras al hombre equivocado! Por mucho que te duela yo no soy culpable de eso y tampoco voy a decir que lo fueras tú porque eras muy joven, muy niña ¡Pero yo no soy el Justo! ¡No soy como él! Si te digo que no me importa lo que te sucedió estaría mintiendo – la vio tragar con dificultad – Me importa porque sé que sufriste, que te hicieron daño… He querido darte tiempo Cruz pero no puedo. ¡Cada vez que te veo siento que necesito besarte! Necesito que me sonrías y ver en tus ojos que confías en mí…. O que podrías llegar hacerlo. ¿Lo harías?

Cruz cerró los ojos con fuerza y una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla.

Seth alzó los ojos al techo y soltó un suspiro tembloroso.

 -Yo ya lo he intentado – se puso en pie y caminó hacía la ventana - ¿esta mi hermano abajo?

 -¿Te gustaría hacerme el amor?

 -¡¿Qué?! – giró la cabeza hacía ella. ¿Habría escuchado bien? Cruz tenía los puños apretados sobre las piernas. ¿Sería capaz de entregarse a él solo para que no se marchara?

 -¡no joder, no es eso lo que quiero!- se acercó hasta la silla y se dejó caer de rodillas ante ella. Buscó su mirada. – No así, no en este lugar ni de esta manera.

Cruz le apoyó las palmas de las manos en el rostro, sus dedos eran suaves, cálidos. Su faz era un cuadro de emociones, temor, nervios, deseo.

Seth se incorporó y al hacerlo la tomó en brazos. Cruz se aferró a su cuello con los ojos tan abiertos que amenazaban con  salir de las orbitas.

 -¿Dónde me llevas? – escuchó que ella le preguntaba.

 -A la cama, es tarde y si mañana regresamos al “muro” tendremos que descansar. – la notó temblar e incluso esperó que ella se opusiera, le sorprendió que no abriera la boca. Con cuidado la dejó sobre el colchón y como si estuviera acostumbrado hacerlo siempre se dedicó a desatarla los cordones de las botas. Poco después se acostó junto a ella en la cama – Cruz si no respiras te morirás.

Ella jadeó soltando el aire y ambos sonrieron.

Faltaba mucho para que Cruz se relajara pero conseguir que estuviera quieta junto a él fue un pequeño avance. La acarició el cabello como al descuido, enrollando un dedo sobre uno de los mechones. No pensó besarla pero sus labios se acercaron a la boca de fresa. La rozó con dulzura, ella no respondió. Seth no se dio por vencido, lamió, besó y mordisqueó sus labios hasta que ella con timidez le dejó pasar. Sabía a café y chocolate.

Fueron varios minutos en que sus bocas se retorcieron y sus lenguas se acariciaron. Seth apartó la cabeza para mirarla:

 -¿estas bien? ¿Te he hecho daño?

 -No.

 -Ahora vamos a dormir un poco Cruz – se amoldó al cuerpo de ella cruzando un brazo por la estrecha cintura.

 Después de un rato de estar en silencio Cruz se atrevió a pasarle un brazo por el costado ya que estaba echado de lado.

 -¿Vendrás solo por la boda o te quedarás? – le preguntó con la cabeza apoyada contra su pecho. Seth estaba embriagado por el aroma que desprendían los cabellos femeninos.

 -¿Tú que deseas que haga?

 -No quiero que me dejes sola Seth, llévame contigo.

-¿Por qué? – Su corazón golpeó exuberante en su pecho. Quería escuchárselo decir.

 -Porque te quiero más que a mi vida y sé que si te dejo de ver me moriré. Seth, tú crees que soy muy fuerte pero no es cierto. Desde que pediste que te separaran de mi te he echado mucho de menos – sus ojos brillaron emocionados cuando alzaron la cabeza para mirarle – pero cuando me entere que te marchabas y yo corría a buscarte, rezaba en todo momento porque te quedaras conmigo. No sé como hacer para al menos intentarlo… ¿me ayudaras?

Seth sonrió feliz y chocó su frente contra la de ella sellando un pacto.

 -Lo haré Cruz. Estaré junto a ti siempre.

 -¿y me tendrás paciencia?

 -No lo preguntes con miedo, tendré paciencia.

 -¿y que pasa con todas las cosas que te disgustan de mi?

 -Tienes otras que las compensa – la dio un casto beso en los labios - Duerme un poco que yo… - Atónito observó la puerta que se abría despacio y en silencio. ¡Estaba seguro de haber cerrado con llave! De hecho la llave aún seguía en la cerradura.

 -Perdón – Alicia agitó una diminuta ganzúa y los miró curiosa - ¡Dani, te toca pagar!

 -¿pero que coño haces… - Seth se sentó sobre la cama - … hacéis aquí? - ¡no podía creer que hubieran arrastrado a Diego hasta allí! pero no era imaginación suya porque el cuerpo de su hermano ocupó todo el hueco de la puerta antes de cerrarla.

 -No podíamos dejar que viniera sola- contestó Diego observando la cama con el ceño fruncido.

 -¿Qué ocurre? – se mosqueó Seth pensando que su hermano desaprobaba que Cruz estuviera recostada junto a él.

- Es una cama un poco pequeña.

Dani fue la primera en subirse al colchón por la parte de Cruz:

 -Esta blandita.

 -¿Qué creéis que estáis haciendo? – Seth estaba flipando, ¡pues no se estaban acomodando todos en su cama! -¿no veis que no cabemos?

 -Tienes razón – contestó su hermano cogiendo a Dani en vilo. La dejó despotricando en silencio en la silla que antes había ocupado Cruz - ¡has perdido la apuesta nena! Te toca dormir ahí, y no me pongas ojitos que hoy no me convences, si no sabes perder no apuestes.

Pasados veinte minutos, Seth y Diego estaban tumbados en mantas que extendieron sobre el suelo. Las tres muchachas ocupaban la cama felizmente.



31

La imagen del espejo devolvió una Dani elegante. El cabello recogido en un sobrio y estirado moño hacía que sus facciones se marcaran casi con fuerza. Ojos grandes y grises, labios carnosos… incluso ella elevaba el mentón desafiando a la mujer reflejada. Iba a casarse ante un cura y de blanco, igual que lo hicieran las mujeres  antes que comenzaran a formarse las bandas territoriales y las resistencias, antes que la humanidad estallara en grandes revueltas tan difícil de salvar que la decadencia en los países era palpable. Ella, Lady de los Justos, a regañadientes todavía por saber que los planes de su padre habían salido como él esperaba, acudiría a su boda por no defraudar a Diego y porque lo amaba. No por ello les daría el gusto de verla relajada.

 -¡No me mires así, Carmele! – sus ojos se encontraron a través del espejo.

 -¿No te gustaron los vestidos que te consiguieron las muchachas? Hombre alguno era anticuado pero seguramente…

 -¿tan mal me veo?

 -No, te ves igual que siempre pero en blanco. ¿Cómo has conseguido aclarar el cuero?

 -No lo he hecho. Obsequio de Alicia – respondió con una sonrisa.

 -Pero no irás armada ¿verdad?

 -Por su puesto que si. ¿Crees que mi padre no lo hará? – No esperó contestación – No te preocupes Carmele, confió en él y sé que su pacto no se romperá pero eso no quiere decir que no me apetezca tenerlo intimidado lo que dure todo esto.

Carmele se sentó erguida en una de las sillas.

 -Lady, sé, aunque no quieras reconocerlo, que has echado en falta a tu madre en más de una ocasión. Es admirable como tú y Alicia os habéis cuidado la una de la otra durante todo este tiempo, sin ninguna mujer a vuestro lado que os… ayudara, que os explicara.

Dani se volvió a mirarla repentinamente incomoda y Carmele la tranquilizó con una sonrisa.

 - Si Cruz me da una alegría y sigue tus pasos se convertiría en tu cuñada, a mi me gustaría que me vieras como a una madre.

 -¡Pero mami! ¡Siempre te he visto así! – se inclinó abrazándola con cariño.

 -Hablo en serio Lady.

 -Yo también…

 -Por eso creo que deberías usar faldas el día de tu boda. Hay un vestido largo y ajustado en el armario.





Dani accedió que la llevaran hasta la iglesia de los Damales en automóvil, entre otras cosa porque habían desaparecido todas las motos, seguramente para que no se sintiera tentada.

A medida que se iban acercando al poblado sus nervios comenzaron a dispararse de manera peligrosa. ¡Por dios, tan solo era una boda! ¿Qué la costaba escuchar a un sujeto predicando las palabras sagradas? ¡Un completo aburrimiento! No había ido a la iglesia en su vida, no era atea pero sus creencias religiosas no eran firmes ni solidas. No concebía la idea de un dios poderoso cuando tantas desgracias acuciaban al mundo existente al exterminio.

El día, aunque frio, estaba soleado. Un sol resplandeciente se suspendía del celeste firmamento abrazando el pequeño poblado de los Damales, el único que se había esmerado en mantener la iglesia intacta y en buenas condiciones desde hacía décadas.

La gente ocupaba tanto el interior como el exterior con ojos expectantes esperando que Lady de los Justos hiciera su presencia. A partir de ahora ella seria la esposa del nuevo gobernante Torresino y su mano derecha en la milicia.



Diego escuchó los murmullos de la entrada y supo que Dani había llegado. Se estiró la chaqueta y cruzó las manos tras la espalda.

Sus ojos se abrieron con sorpresa. Dani estaba preciosa, los pantalones blancos se ajustaban a sus piernas largas y torneadas como un guante, casi deseaba que se girara para admirar a placer el perfecto trasero que le tenía completamente loco.

La cazadora de cuero, también blanca, terminaba sobre su cintura ajustándose hasta el inicio del pecho con un profundo y sugestivo escote. Botas blancas hasta las rodillas, no la bastas de motera si no unas brillantes de altísimo tacón. Y por supuesto, la larga catana colgando de sus caderas en el cinturón plateado.

Diego sonrió y con disimulo acarició la navaja de mariposa que guardaba en el bolsillo. Eran tal para cual, cada día estaba más seguro de ello. Sentía cierta duda sobre quien protegería a quien, desde luego ella estaba más preparada. Él aprendería.

La ceremonia se le hizo cortísima. El reverendo había hablado mientras él acariciaba la palma de la mano de quien se estaba convirtiendo en su esposa. Pensar que no habría reparado en ella de no ser por Seth le hizo comprender lo ciego que había estado durante todo aquel tiempo, siempre pensando en su gente y en evitar los problemas cuando lo único que debían hacer era enfrentarlos. Los Justos los necesitaban tanto como ellos de su protección.

 -Vámonos – Dani le cogió la mano y lo arrastró hacía las escaleras. Estaban de nuevo en el Muro donde habían celebrado una agradable reunión. – Vamos a dejar que se diviertan que en breve todos estaremos muy atareados. Además te he preparado una sorpresa.

 -¿Quién tú? – preguntó incrédulo ascendiendo las escaleras tras ella. Sus ojos viajaron desde las botas hasta las nalgas admirándola fascinado hasta que alcanzaron el ultimo escalón.

La escuchó reír y con un brazo la atrapó la cintura atrayéndola hacía si.

 -¿Quién ha preparado la sorpresa?

 -En realidad se les ha ocurrido a las chicas, un regalo de boda.

Entraron en el dormitorio donde habían colocado una enorme bañera sobre una espesa alfombra. Los vahos del agua se elevaban al techo incitándolos a hundirse en su deseada calidez.

Se desnudaron lentamente, prenda por prenda entre besos robados terminando ambos en la tina. Dani a horcajadas sobre él.

 Ninguno de los dos sabía lo que el futuro les podía deparar. Que ellos hubieran conseguido la paz no significaba que no debieran enfrentar nuevas guerras. Todo un país dependía de ellos pero esa noche no quisieron pensar en ello, no deseaban estropear la felicidad que les embargaba en aquel momento.

 -Sabes que tienes razón ¿Dani?

 -¿En cuanto a qué? – preguntó ella en un murmullo apagado contra su pecho.

Diego la tomó de la cintura y la elevó hasta que sus labios se rozaron.

 -Nos encontramos como al principio de la historia.

 -¡no! – Rio ella con una sonrisa ladina -¡no es igual que antes! ¿Sabes porque? – él se encogió de hombros – Porque esta vez, es una mujer la que manda.

 -Una mujer… una mujer… - relató Diego haciéndola callar con sus besos.- la hija, la esposa, la madre, la abuela. Las fundadoras de la vida.





Cruz se estremeció al sentir los fuertes brazos de Seth rodeando su cintura, el cuerpo grande pegado a su espalda, la lluvia de besos que regaba su nuca.

Extrañamente no sentía miedo al contacto, admitía que hasta la agradaba cuando la acariciaba de forma tan dulce y tierna. ¿Cómo era posible que unas manos tan grandes y fuertes pudieran ser tan suaves como el roce de una pluma?

Buscó sus ojos dorados y enredó sus dedos en el largo cabello obligándolo a mirarla.

 -Seth ¿Harías algo por mi?

Él alzó las cejas fingiendo pavor.

 -¿con quien debo pegarme?

Cruz soltó una carcajada, llevaba unos días que había probado a exteriorizar sus sentimientos y estaba feliz por ello. Exultante, sería la palabra que mejor la describía.

 -¡con nadie tonto! – Se sintió tímida – Quería saber si me podrías cantar la canción de la otra vez. La de somos dos locos…

 -… dos locos de amor.



Muy cerca de allí, Alicia terminaba de preparar la moto. No llevaba muchos bultos, una mochila oscura y sus armas.

Terminó de guardarse el mapa en el bolsillo exterior de la guerrera. Ya se había despedido de todos sin embargo alzó los ojos hacía la ventana superior. Dani y Diego estaban allí, observándola.

Tragó con dificultad, aspiró hondo y puso el vehículo en marcha. Quizá algún día regresara al Muro, cuando hubiera encontrado su propio destino.

Lanzó la moto sobre el negro asfalto… y aceleró perdiéndose en la silenciosa noche.

Fin.










No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada