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jueves, 18 de enero de 2018

Cóndor negro; Libertad. -1- Novela gratis

Hola amig@:

Acabo de recuperar una novela que tenía guardada en un cajón y me apetece mucho regalártela. La iré poniendo por capítulos y espero que la disfrutes mucho. 
Recuerda que no ha pasado por correctores aunque está debidamente registrada. 
  Este relato, escrito en 2012, no ha pasado por correcciones de ninguna clase. Soy madrileña y queda evidenciado en los laísmos que aporto. Por favor, fijarse tan solo en la historia. En mi historia.
Bree.

              Introducción.
Se hizo un repentino silencio en la sala de espejos y todas las miradas se volvieron hacía el arco de entrada.
Las joyas de las damas relucieron bajo las dos enormes arañas del salón produciendo destellos por doquier. Un buen recibimiento para un grupo bastante bien preparado.
Los seis hombres de peligroso aspecto no pasaron desapercibidos.
 —Damas, caballeros, — un sujeto con uniforme de oficial francés y rostro cubierto por un pañuelo de seda añil, se acercó hasta el límite donde comenzaban los escalones para descender a la pista de baile.  Observó a los invitados con ojo crítico. —Lamentamos mucho tener que interrumpir. Les robaremos tan solo un poco de su ajetreado tiempo…
 —…Y de sus pesadas bolsas—añadió otro, cubierto de negro de pies a cabeza. Un sombrero de ala ancha ocultaba sus ojos de la multitud. —Muéstrense tranquilos y saldremos muy pronto de aquí.
Varias exclamaciones ahogadas se elevaron entre la gente cuando las llamas de los candelabros comenzaron apagarse. Apenas dejaron los suficientes para ver con algo de claridad.
 —¡Esto es un atropello!—gritó el anfitrión, abriéndose paso hasta el centro del salón.
Un par de miras le apuntaron directamente al corazón y el hombre se detuvo, alzando las manos en claro signo de rendición.
Una matrona perdió el sentido cayendo sobre el frio suelo de mármol.
 —No se confunda senador, esto no es un atropello, es un robo.
 —¡no tienen derecho! ¡Están en una propiedad privada!
Las escopetas hicieron un débil sonido al accionar los percusores. Los murmullos y los lamentos que habían comenzado a inundar el salón se vieron interrumpidos por la inminente amenaza de aquellas armas.
 —Por favor—continuó el bandolero vestido de negro—, denles a mis compañeros todo aquello que les sobra, como esa gargantilla bella dama. —Se acercó a una muchacha que dé la impresión, les observaba con la boca abierta. —Por favor—repitió el hombre extendiendo el brazo hacía adelante con la palma abierta.
La joven se llevó las manos al broche con dedos torpes y no atinó con el cierre. No entendía lo que estaba sucediendo. Los ojos de horror con los que miró al bandido debieron ablandarle.
 —No se preocupe—dijo pasando tras ella. El hombre buscaba continuamente las sombras.—Con su permiso. Yo mismo aliviaré su carga. —Se lo quitó rozando la piel de sus hombros con dedos enguantados y ella supo que lo había hecho deliberadamente para asustarla, se apartó de él con prisa.
Los bandidos no tardaron mucho en apoderarse de las Joyas. Pendientes, sortijas, broches, algún camafeo, collares, gargantillas… y el dinero. Sobre todo el dinero, ya que las alhajas muchas veces aparecían de nuevo.
 —Ahora nos vamos a despedir. He apostado a varios de mis hombres por la cercanía para así poder estar seguro de que nadie nos seguirá. —El sujeto forzó la voz al hablar, como un áspero y frío susurro.
Una mano delgada se elevó entre la gente. El hombre de negro, que parecía claramente ser el jefe de aquella banda de salteadores, se giró hacia aquella persona sorprendiéndose de que se tratara de la joven que había tenido que ayudar con su collar.
 —¿Alguna pregunta para mitigar su curiosidad bella dama?
La observó. Era una muchacha hermosa de cabellos tan negros como el tizón y la piel pálida. No la reconoció, probablemente alguna forastera. Llevaba un vestido en tonos cremas con un amplio escote rodeado de una suave puntilla blanca.
La gente que estaba cerca de la muchacha dio un paso atrás. Ella los miró enojada pero cuando sus ojos se alzaron al bandido, le enfrentó con frialdad. Sus discos eran dos gemas del color de las olivas, verdes como las esmeraldas.
 —Me gustaría comprarle la gargantilla que me acaba de robar—dijo  con voz temblorosa pero totalmente clara. Volvió a mirar hacía los invitados por encima del hombro al escuchar alguna exclamación y enseguida regresó su atención al bandido. —Vera, era de mi abuela y es más un recuerdo familiar. En este momento no llevo dinero encima, pero si me espera que pueda ir a recogerlo… —Por mucho que disimulara se notaba a la legua lo asustada que estaba.
El hombre entreabrió los labios con sorpresa. Suerte que se ocultaba en la oscuridad de las sombras pues su rostro hubiera reflejado toda la perplejidad que sentía. ¿Estaba escuchando bien? ¡No podía creerlo!
 Uno de sus hombres soltó una carcajada, pero ella no se amilanó y con el mentón ligeramente desafiante volvió hablar:
 —Insisto. Para mi esa reliquia no tiene precio.
El jefe carraspeó, sin embargo ella le escuchó una risita ahogada. No le importó. Lo fundamental era que no se llevara su gargantilla.
 —¿Está usted hablando en serio, señorita? ¿Qué le hace pensar que voy a devolverle algo?
 —No es que me lo devuelva, yo se lo compro—le respondió con un brillo esperanzador en sus ojos. El tono de verde se había vuelto más luminoso y claro.
El bandido dio un paso atrás. Era el único que no llevaba el arma en la mano, de hecho no la había sacado de su cartuchera en ningún momento. Alrededor de la cintura llevaba un látigo de nueve colas. Era un tipo bastante alto y de aspecto fibroso. Lástima que ella no pudiera ver su rostro por más que lo intentara. Lo que si alcanzó a verle fue el brillo de unos dientes blancos y perfectos.
 —Cuando necesite venderla se lo haré saber—dijo él, girándose a la salida. Estaban perdiendo mucho tiempo. Debían marcharse antes de que dieran el aviso al ejército.
 —¡No! ¡Espere! —La joven caminó tras él pero dos de sus hombres le cortaron el paso. —¡ladrón!—gritó enojada—. ¡Bandido! Haré que le ahorquen. —Su voz hizo eco en el silencioso salón.
Los invitados volvieron a recular, sin embargo el jefe de aquellos salteadores no se dignó en volver la vista atrás, en cambio estudió por encima la joya de la muchacha. Era una filigrana muy hermosa con esmeraldas y pequeños brillantes. Las gemas verdes brillaron y por un momento se le fue a la cabeza los ojos de la joven que seguía mascullando en el salón. ¿Quién sería la forastera? Debía haber llegado mientras él viajaba. Una joven valiente e impulsiva. Iba a ser divertido tenerla en la ciudad. La joya no parecía que fuera muy cara. Se detuvo, lanzó la pieza hacia arriba y la volvió a coger en el aire. No pesaba mucho. La guardó junto a las demás y salió de la casa escuchando como su compañero, el del pañuelo añil, se despedía de los presentes.


Capítulo 1

—¿Por qué nadie ha intentado detenerlos?
 —Tranquilícese señorita. Son unos bandidos muy peligrosos y nosotros estábamos desarmados.
El Senador Jhon Morgan cruzó la sala con furia y ordenó a voz en grito que salieran hombres a buscarlos.
 —¿Cómo me voy a tranquilizar? —La muchacha, exaltada, miró a los hombres del salón que fingían no estar pendientes de sus palabras. «Atajo de cobardes todos» —Necesito recuperar mi gargantilla. —Se llevó la mano al cuello desprovisto de joyas y sintió deseos de llorar.—¿Quiénes eran? Necesito saberlo—exigió.
 —Le llaman el Cóndor negro. Es un bandolero que pertenece a los suburbios más bajos de Nueva Orleans. Nunca había oído que asaltara en casas. —El hombre que le explicaba bajó la voz hasta convertirla en un susurro. —Creo que tan solo quería provocar al senador. Asuntos de política.
La joven elevó sus elegantes cejas con gracia y se dejó caer en un sillón de terciopelo celeste. En seguida la llevaron una infusión de tila que ella aceptó con mano temblorosa.
 —A mí también me han robado y no organizo tal escándalo— dijo una señora, resignada, al pasar por delante de la muchacha.
Ella no pudo evitar oírla y la miró de arriba abajo. Quizá la señora tuviera razón y estaba dando demasiado el espectáculo. Después de todo, lo último que quería era que las miradas y los comentarios se centraran en ella. Cuanta más gente se olvidara de que acababan de ser robados mejor. Pero… tenía todo el derecho a enfadarse, a sentirse insultada, ofendida… ¡Debía recuperar la joya! ¡No tenía más remedio que hacerlo!
 —¿Que sabe sobre ese hombre, sobre el Cóndor negro? —interrogó a su acompañante.
 —Perdone—el caballero la miró con una sonrisa un poco seria, —¿Cómo era su nombre? No recuerdo que nos hubieran presentado.
Ella le observó y se dio cuenta de que era cierto.
 —Discúlpeme, soy Patricia Rey Castro. —Le tendió una mano. — Yo también creo que es la primera vez que nos vemos. Hace poco llegué de España, soy la sobrina de don Alejandro Mayor Bruguer ¿Ha oído hablar de él? —Tenía que saber quién era, pues su tío vivía allí desde siempre. Con un suspiro agitó la cabeza sin esperar contestación, todavía consternada por el asalto.—¡Es horrible! ¡Esto es una pesadilla! ¡Asaltada en casa de un senador! ¡Donde vamos a ir a parar!
El hombre la estudió con interés, posando sus labios en el dorso de su mano.
 —¿Sabe quién le puede explicar mejor sobre ese hombre? — Como ella negó, él prosiguió. Todavía sujetaba su mano. —Su primo Rodrigo. —Súbitamente se puso colorado, la soltó y acercó una silla. No quería que ella pensara que era un curioso. —Don Rodrigo y ese Cóndor negro se llevan a muerte. Su primo no disfrutará del todo hasta no verlo entre rejas o colgado por sus delitos. —Agitó la mano, —en la ciudad el Cóndor negro es como… un salvador. Lucha por el pueblo, por la igualdad, contra la opresión…
 —Robar a los ricos para dárselo a los pobres—dijo ella frunciendo la nariz con gracia. —¡Pero no es justo robar a gente inocente! ¿Es por eso que Rodrigo se lleva mal con ese… rufián? No me extraña.
 —Sí. Su primo no tolera la desobediencia, ni las rebeliones. Según él tenemos un gobernador bastante cualificado y justo. Y lo que está sucediendo con el pueblo son problemas causados por gente como el Cóndor negro que trata de tomarse la justicia por su mano.
Ella asintió.
 — Mi primo no vendrá hasta dentro de unos meses y eso si viene. —Patricia se volvió a pasar la mano sobre el cuello. Era de suma importancia que recuperara la joya, vital, de vida o muerte. — ¿Está seguro que él sabrá quién es ese bandolero? —No quería admitir que no conocía a Rodrigo en absoluto. Tan solo cuando eran críos se habían visto un par de veces. Él era unos cuantos años mayor que ella por lo que nunca se habían prestado atención.
 —Estoy seguro que su tío repondrá la joya—contestó el hombre—. Es mucho más importante que todos sigamos con vida ¿no le parece?
Patricia le miró con la vista nublada. ¿Más importante para quién? Para ella no, desde luego. Si no tenía esa gargantilla en menos de dos semanas, su propio cuello peligraba. Asintió preocupada.
 —No me encuentro muy bien, creo que voy a retirarme. —Se puso en pie con ayuda del caballero y le entregó la taza de porcelana. —Si tienen alguna noticia me avisaran ¿verdad?
Patricia miró la sala. Había algunas mujeres que lloraban asustadas tanto por el asalto como por la pérdida de sus adornos. Viéndolas así la joven no pudo entender tanto dramatismo. Esas damas estaban bien posicionadas y podían comprarse más gemas. Ella, no solo no tenía donde caerse muerta, gracias a dios que su tío la había acogido, su problema era que tenía que devolver la joya a quien se la había tomado prestada.
 —¿Y usted quién era? —le preguntó Patricia. Por el rabillo del ojo vio acercarse a dos jóvenes que últimamente la rondaban mucho. —Al final con todo este lio no me ha dicho su nombre.
 —Soy Arturo Cifuentes. Estoy seguro de que ha oído hablar de mí. En casa de don Alejandro me adoran. Soy uno más de la familia la mayoría de las veces, por no decir que soy el abogado.
Los ojos de Patricia se abrieron con sorpresa observando al hombre. Era un poco más alto que ella y bastante rechoncho. Era simplón con pinta de buenazo. Se cubría la calvicie con varios mechones de cabello oscuro que le quedaba bastante ridículo y nada favorecedor. Seguramente era soltero y a falta de conseguir mujer, y no porque realmente fuera feo, tenía una sonrisa bonita…
 —Es un placer para mí conocerle al fin señor Cifuentes. Es cierto que he oído hablar mucho de usted. Mi tío Alejandro le nombra mucho.
 —Señorita Rey ¿se encuentra usted bien? —les interrumpió uno de los jóvenes que ya había llegado hasta ellos. —Nos han avisado de lo del asalto. En ese momento me encontraba reunido en el jardín con dos caballeros y no nos enteramos de nada hasta hace unos minutos.
 —Sí, claro que estoy bien. —Les sonrió. —Ha sido el susto. Nunca me había sucedido nada igual. En España no pasan estas cosas. —Mintió, pero ellos no podían saberlo.
Patricia Rey Castro era española y había vivido siempre en su amado Ándalus. Era extrovertida y alegre hasta que poco a poco los franceses fueron trasgrediendo sus tierras. De la noche a la mañana sus padres, Don Álvaro Rey Luna y su madre Margarita Castro fueron acusados de traición a la corona.
Se vio desprovista de todo lo que había conocido, lujos, riquezas, todo quedó confiscado por las cortes reales hasta no demostrar la inocencia de sus progenitores.
Los familiares más allegados a Patricia optaron por enviarla al nuevo continente, a Nueva Orleans, donde Don Alejandro Mayor se había ofrecido acogerla hasta que alcanzara la edad de veintiún años, que era cuando la ley estipulaba que Patricia recuperaba sus bienes, o lo que quedara de ellos.
La suerte del destino quiso que en Nueva Orleans viviera una de sus mejores amigas, Valeria Juanés Domínguez. Valeria y ella habían compartido dormitorio en el convento de las Teresitas durante los últimos tres años de curso. Valeria llegó de América, un país que continuaba con sus conflictos y luchaba por la independencia, pero sus padres habían querido que se educara en España. Valeria siempre había sido rebelde e impulsiva, habían pensado que un lugar como un convento  trasmitiría humildad en su hija. No sabían que Valeria no deseaba cambiar.
Desde que Patricia y ella se habían separado la correspondencia había sido fluida y constante. Valeria a su regreso se había encontrado en la misma posición en que Patricia se hallaba ahora. Al menos sus padres no habían sido encerrados, eso sí, despojados de todo por los franceses que en ese momento dominaban Nueva Orleans bajo mandato por orden del nuevo Rey de España, José Bonaparte. La familia de Valeria no abandonó la ciudad pero su ruina era enorme.
Patricia comenzó a conocer algunos de los oscuros secretos de su amiga y poco a poco, sin darse cuenta, se halló sumergida en los negocios de Valeria. Al principio Patricia había sentido miedo, Valeria ya le había advertido que no era legal, y después de decirla cuanto la iban a pagar por ello no pudo desestimar la oferta. Si conseguía toda esa fortuna sería capaz de sobornar al mismísimo rey para conseguir la libertad de sus padres. De un modo u otro se había propuesto sacar de aquel injusto encierro a quienes se lo dieron todo y ayudar a Valeria a recuperar lo suyo, de manera que se había convertido en confidente, agente secreto de su amiga y espía de los franceses que habitaban la ciudad. Si ahora por culpa de la gargantilla había estropeado los planes… ¿Qué podrían hacerla? ¿Colgarla?
En cuanto llegara a la Elenita se pondría en contacto con Valeria. Debía advertirla sobre lo ocurrido. Si la gargantilla no aparecía antes de que la señora Delaware la echara en falta, la acusarían de robo, y lo peor de todo es que no había terminado de hacer un buen boceto sobre la pieza. Solo con el borroso bosquejo que tenía no lograría que la joya falsa quedara perfecta.
De repente su vida se estaba levantando a bases de mentiras. No estaba muy segura de que sus padres vieran con buenos ojos en lo que se estaba convirtiendo gracias a las cortes españolas. Cuando tuviera que darles explicaciones, porque las tendría que dar ¿Qué les diría? Empezaría hablando de su intachable tío Don Alejandro Mayor. Un hombre afable, tierno, justo, pero sobre todo el mejor actor que haya existido sobre la faz de la tierra.
Don Alejandro había calado profundamente en ella. Aparentaba ser todo lo que no era, y la mayor culpa de todo lo tenía su hijo Rodrigo.
Patricia y su primo aún no se conocían, excepto en la niñez de alguna vez que coincidieran. Pero ya sabía cómo era él, egocéntrico. Su padre así lo había descrito. A Rodrigo le importaba un comino que la gente de las aldeas y la ciudad pasaran hambre, o que el gobernador se comportara peor que un tirano, siempre que no fuera él el perjudicado. Ya les pagaba una buena suma de dinero y buenas relaciones con las cortes españolas.
Su círculo de amigos era como él, pensaban como él. La misma muchedumbre que seguía deambulando por la casa del senador esperando que alguien dijera algo.
Don Alejandro le había presentado aquellas personas que la habían acogido excepcionalmente bien por ser familiar de quien era. El Mayor Bruguer era admirado en la clase alta y aristocrática de Nueva Orleans. Pero Don Alejandro llevaba una doble vida. A escondidas de su hijo donaba parte de sus cosechas a la tasca «el tuerto». En ese sitio, regentado por Valeria Juanés, se encargaban de hacer llegar los alimentos a los más necesitados.
En cuanto Rodrigo regresara a casa, Patricia debería fingir que no era consciente de los negocios turbios de su tío. Por otro lado le costaba no poder admitir ante Don Alejandro, la amistad que la unía a Valeria. Cuanto su tío menos supiera de ella mejor. Aunque eso significase luchar por la misma cruzada desde diferentes bandos. Derrocar la injustica de los franceses sobre la ciudad.
A Valeria y a ella difícilmente se les pudiera relacionar de antes de haber llegado al país. Aquello no impedía que se viesen, al contrario. «El tuerto» proporcionaba los mejores espectáculos flamencos del mundo. Grandes cantaores y guitarristas, bailaores famosos llegados desde el mismo Madrid.
Valeria debía reservar incluso mesas, y para dar más publicidad, Patricia cantaba los viernes por la noche, lo cual fascinaba a los amigos de Rodrigo y a la elite. Ver a una honorable dama sobre un escenario siempre llamaba la atención. De modo que la tasca era el punto de reunión.
Después de la jugarreta del Cóndor negro se convertiría en ladrona, o como poco en sospechosa. Muchos testigos vieron como fue ella la última en guardar la gargantilla en el cofre.
Todo estaba saliendo bien, la joya estaba en su poder preparada para hacer la copia perfecta, y en vez de ello ¿Qué había hecho? Decidir lucirla en la reunión. ¡Vaya metedura de pata! ¿Cómo iba a imaginar que podían asaltarla en un sitio público? Desde luego a sus padres les costaría entenderlo, pero rogaba que todo valiera la pena para poder volver a reunirse los tres.
 —Caballeros, espero que me disculpen. —Agitó la cabeza con suavidad, el rodete estaba muy bien ajustado sobre su coronilla por lo que tenía el cabello perfectamente arreglado. —Prefiero retirarme ya. Todavía me encuentro un poco nerviosa.
 —¿Le importa si le acompaño a la Elenita? Me gustaría saludar a Don Alejandro—preguntó el abogado, con cortesía.
  —¡No faltaría más! Me hará bien ir acompañada—le sonrió.
 Arturo se vino arriba cuando ella aceptó su brazo. Profundamente halagado por la elección de la dama, sonrió a sus compañeros con presunción.
Si en la cabeza de Patricia no hubiera estallado una guerra psicológica de voluntades, habría reído al ver el gesto del licenciado. Parecía un gallo de corral con el cuello estirado ante los demás, dispuesto a picar al primero que se acercase. Pero ella pensaba en ese momento, en lo sucedido. Necesitaba alertar a Valeria, averiguar dónde podía localizar al Cóndor negro… negociaría, suplicaría si hiciese falta. Si aquello no funcionaba, debía buscar un nuevo lugar donde esconderse.
 —Ese Cóndor negro…  ¿Alguien sabe quién es?
El hombre negó.
 —¿Por qué le interesa tanto ese hombre? —preguntó Arturo.
 —Él no, pero necesito hablar con él.
 —¿De qué se trata señorita Rey? —El abogado reflejó preocupación en su mirada.
 —Hoy no puedo decírselo. Es un pequeño problema que espero solucionar en breve, pero pudiera ser que en algún momento necesite de su experiencia como abogado. Es agradable saber que puedo contar con usted.
 —Sería un placer para mi poder servirla—dijo alegre, con los ojos brillantes de ilusión. —Si le sirve de consuelo, le diré que muchas de las joyas que roban siempre aparecen.
 —¿Ah sí? —Se extrañó. Su gargantilla no lo haría. En cuanto el bandido supiera en cuanto estaba valorada la joya, posiblemente hasta fuera capaz de retirarse, eso si los hombres de Delaware no lo cogían y lo despedazaban antes. —Quizá he exagerado más de la cuenta, —quiso restar importancia a su inminente problema. —Un collar no es más que un adorno.
 —Y usted es tan bella que no necesita ninguno, aunque claro, sé lo mucho que a las damas les encantan esas cosas.
 —¿Sí? ¿Lo sabe? —rio—.Creo que usted es un poco libertino.
 —Uno hace lo que puede.
Patricia supo que con un poco más de tiempo, Arturo estaría dispuesto a comer de su mano si ella lo pidiera. Compadeció al hombre, había resuelto utilizarle para sus propios fines. Procuraría hacerle el menos daño posible sin que saliese perjudicado.
Patricia había nacido con una picardía ladina. Con solo cambiar la expresión de sus ojos por una mirada de cordero asustado, y sonreír temblorosamente, conseguía lo que se propusiera, al menos eso había sucedido con sus padres y los que la rodeaban.


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