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martes, 21 de junio de 2016

Relato premiado. El último aliento de Sandra. P. Bree

El último aliento.    Sandra P. Bree

Cerró los ojos con fuerza, negándose a regresar a la realidad, al mundo de los vivos.
    Escuchó el débil tintineo del cristal sobre su cabeza. Otra vez llenaban sus venas con suero y calmantes. ¡Como sí eso pudiera evitar sentir los movimientos de su hijo no nato aún!

    Gimió. Apenas llevaba cinco meses de embarazo.
    Hacia tan sólo unos días había agradecido esos movimientos, ese cosquilleo en su vientre.

    La ilusión de ser madre, la ropita, la cunita, el dormitorio...La felicidad había llenado su vida embargándola de nuevas sensaciones, de nuevos sueños, y sin embargo ahora deseaba que todo acabara pronto.

    Hacia oídos sordos al vago latido de su segundo corazón, por miedo a dejar de oírlo, a que se detuviese de un momento a otro. Y lo más cruel, es que sabía que se marchaba, que abandonaba, no sin luchar, por el último aliento de vida.
Una vida aún sin estrenar dejando unos brazos vacíos llenos de amor, un montón de palabras repletas de ternura.

    Abrió los ojos pero no estaba en casa. Aquella habitación blanca, fría, desnuda...
    Una lágrima resbaló por su sien cayendo sobre la cama de hospital.
    Se hacia la fuerte. Luchaba por mantenerse calmada y distante, a veces de un modo casi imposible cuando los sentimientos te aprisionan los pulmones impidiendo respirar con normalidad, y aun así, lo intentaba.
    No podía dejar de acariciarse el vientre, animando a su bebe y fortaleciéndolo con sus palabras.
    Estaba calmada o lo fingía, pero deseaba gritar, llorar y volver a gritar.
    Su bebé se marchaba sólo, sin siquiera sentir el beso de su madre. Tan sólo un único beso.
    Ella quería tocarlo, amarlo, sentirlo. Cualquier cosa menos hacerse a la idea que todo estaba perdido. Que jamás lo conocería porque estaba destinado a la muerte.
    
     No quiso verlo por última vez en el moderno monitor de las ecografias. Se negó a conocer sí era un hombrecito o una pequeña sirena.

     Los dolores comenzaron de nuevo.

―empuja―escuchó decir. A ella no le importaron aquellas palabras.

    Volvió a cerrar los ojos y se mordió los labios con fuerza.
    No haría nada para adelantar la marcha.
    No estaba preparada para la despedida.
   
    No deseaba ver a Su bebe entre batas verdes.
   
    Su mente se negó a reconocer que podía sentir el diminuto cuerpo resbalando entre sus piernas, unos huesos finos y delicados, que ahora sí, habían dejado de moverse para siempre.
    Aquel líquido espeso, caliente y húmedo salía a borbotones de su cuerpo.
    Entonces de nuevo abrió los ojos y vio al doctor con algo minúsculo entre sus manos, como si fuera un pajarillo desvalido. Trató de mirar e incorporarse sin conseguirlo.
    Rompió a llorar. “podría tener más hijos”. Sí, pero ella quería ese.
    Por fin gritó, lloró y volvió a gritar.
    Esa vez Dios no la acompañó, de haber sido así, la habría llevado a ella también.
    La desolación y el miedo la embargaron repentinamente y entonces le vio.
    El padre de su bebé estaba frente a ella, llorando en silencio. Mirándola con todo el amor y la preocupación reflejado en sus ojos pardos.
    Ella tomó las sábanas con ambos puños y se cubrió la cabeza sin importar la aspereza de la tela.
    Ya no podía ocultar sus emociones, ni la vergüenza que sentía al no haber podido retener aquel trozo del amor. Al ser que juntos habían engendrado y que ahora desaparecía por una puerta, por un largo corredor silencioso.
    Sintió las grandes manos que retiraba la sabana de su rostro lloroso. Las manos amadas que aparentaban una tranquilidad fingida.
    Notó su aroma, la calidez de su piel.
    Ambos se miraron fijamente a los ojos, sin hablar, en silencio. Trasmitiéndose un millar de sueños futuros, incapaces de apartar la mirada uno del otro.
    Pasó una eternidad. Ambos cogidos de las manos y perdidos en un extraño silencio, en un mundo creado sólo para ellos. Eran jóvenes y se amaban.

    Ella me miró con una triste sonrisa en sus labios resecos. Yo no quería llorar, no delante de ellos.
    Sonreí a mi vez y acercándome les tomé de las manos. Invadí su intimidad.
    No pude hablar. Un nudo atenazaba mi garganta y mis ojos ardieron en el intento de no derramar ni una sola lágrima.
    Él Asintió. Yo también lo hice.
    Salí en silencio. Consciente de haber presenciado lo... lo más doloroso que una mujer puede llegar a sentir. Que un hombre puede llegar a sentir.
    Antes de cerrar la puerta los escuche decir:


―Siempre juntos.


                                                                                     (Bree) 2008

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